Los viajes con mi padre por el País Vasco

Los que me conocéis bien sabéis que soy una enamorada del País Vasco más que de ningún otro lugar de este país, con permiso de Salamanca. Desde pequeña he veraneado por la zona de costa con mi familia y no tengo más que buenas palabras para su gente, gastronomía y paisajes. Después he regresado casi cada año con mi padre a los lugares que más nos gustan: Zarautz, Deba, Mutriku, Getaria y, cómo no, la fascinante Donosti. Él, al volante, y yo disfrutando de los verdes valles con la música de Enya como única compañera de viaje.

En una de nuestras últimas visitas contamos con unos anfitriones de lujo, Marian y Joserra, dueños de Izenbe. Este restaurante de comida casera es cita obligada en Deba para degustar unas buenas alubias de Tolosa y un jugoso txuletón de ternera con una botella de Remelluri. Fueron ellos quienes, previa excursión por el valle de Aranerreka, nos descubrieron Landa, en Mendaro. Un local referente para todo aquel que aprecie la buena mesa, a 15 kilómetros de Eibar.

Excelente producto de temporada cocinado de manera sencilla en un establecimiento que rezuma cercanía y trato familiar. El secreto del éxito de los hermanos Juan Mari y Asier Landa reside en comprar la mejor materia prima y ofrecerla al cliente tal cual, sin florituras de ningún tipo. Como el imponente rodaballo de casi tres kilos que compartimos entre seis personas, cocinado a la parrilla y aliñado únicamente con un sofrito de ajo y guindilla. O las excelentes anchoas de preparación artesanal.

Anchoas caseras, en ‘Landa’ (Mendaro)
Hongos, en ‘Landa’ (Mendaro)
Pulpo, en ‘Landa’ (Mendaro)
Rodaballo, en ‘Landa’ (Mendaro)
Aita y servidora, felices tras una comida inolvidable en ‘Landa’

La ruta que une Deba con Zarautz

Una de nuestras rutas favoritas es la que une Deba con Zarautz por la carretera de la costa. Para disfrutar del mar en todo su esplendor y del simpático Ratón de Getaria. El recorrido tiene varios miradores que invitan a la fotografía y a dejar que la vista se pierda en la inmensidad del paisaje. Si el tiempo acompaña, nada mejor que un baño en la playa de Zarautz, la más extensa del País Vasco y una de las más largas del Cantábrico. Que tan bien reflejó Sorolla en algunos de sus cuadros más famosos.

La ciudad está llena de sitios en los que gozar de la buena mesa. Muchos de ellos con interesantes menús al mediodía, como el que ofrece Txiki Polit. Es, además, una pensión en la que suelen pernoctar algunos de los surferos que acuden a la zona para practicar este deporte.

Revuelto de hongos y ensalada de langostinos, en ‘Txiki Polit’ (Zarautz)
Kokotxas en salsa verde, en ‘Txiki Polit’ (Zarautz)

Nosotros seguimos camino para comprar anchoas, atún y ‘mugalas’ en una conservera de Mutriku. Y por muchos años más…

(Dedicado a Nacho, mi padre, por todo lo que me ha dado y me sigue dando cada día)

‘El primer mar’, por Ignacio Carnero

Por primera vez en su vida, aunque bien es cierto que sin pesar alguno y huyendo del mundanal ruido, el articulista no vivirá en la Salamanca de sus amores las ferias y fiestas septembrinas, que están a la vuelta de la esquina. Disfrutará esos días en tierras norteñas, a la vera del primer mar real que, si bien demasiado tardíamente, pues ya contaba 19 añazos, maravilló su vista, sobrecogió y hasta paralizó sus sentidos durante unos instantes, por la emoción, y cautivó su espíritu desde entonces para siempre jamás.

¡Qué asombro aquella mañana de un julio harto remoto ya, en la recoleta villa de Deva, al salir del túnel bajo el monte sobre el que se erige la ermita de Santa Catalina! Según iba asomado a la ventanilla del vertiginoso tren de cercanías que une San Sebastián con Bilbao, disminuyendo su marcha para detenerse en la estación, cuando el columnista, siempre junto al Tormes, descubrió el fascinante espectáculo de un río inmenso, cuya otra orilla no se descubría de tan distante, y que resultó ser el mar…

Desde entonces, aquella Deva -hoy Deba en eusquera y oficialmente-, con sus debarras o debatarras, no bien pisó sus calles y su playa y se sumergió en sus aguas, el autor, en compañía de su novia de siempre, convirtió a la noble y leal villa devaresa en una especie de segundo amor, al cual guarda fidelidad desde hace casi medio siglo y al que torna con entrañable unción tantas veces le brindan las circunstancias.

Y aunque ya ha desaparecido, recuerda con nostalgia al hostal “Celaya” y sus menudas y pulcras propietarias, asomando sus balcones a la carretera por la costa entre “Sansestabién” y la industriosa capital vizcaína y, más allá, deleitosa y refrescante, invitando a ternezas y dulces susurros de amor, la romántica alameda de Calbetón…

Así como cuando, caminando a trechos y a trechos hasta bailando “yenka” -izquierda, izquierda; derecha, derecha; adelante y atrás; un, dos, tres-, recorrían los cuatro sinuosos quilómetros de la carretera que bordea los vertiginosos acantilados del Cantábrico y que separan Deva de esa otra localidad de la que dice el refrán: “Motrico, puerto rico, se entra con una mula y se sale con un borrico”. Pintoresco pueblo, donde años más tarde, sin advertirlo, el columnista se adentró en la zona nudista de su playa de Saturrarán, y tras doblar por entre unas rocas, al toparse con una mujer y un hombre en cueros, con las manos se cubrió sus propias partes pudendas, ya tapadas por un púdico bañador.

Y cómo no, también evoca aquel concierto fantástico del Orfeón Donostiarra en la plaza Mayor de Deva, cuando, poniendo el vello de punta, sus cien largos miembros entonaron en eusquera, ya noche lóbrega y bajo un temblor de estrellas, la inmortal canción de Sorozábal: “Maite, yo no te olvido ni nunca, nunca, te he de olvidar, / aunque de mí te alejen leguas de tierra, de tierra y mar… / Maite, si un día sabes que he muerto ausente de tu querer / del sueño de la muerte para adorarte despertaré.”

El azar después brindó al firmante la amistad de Joserra Zulaika y Marian Juaristi, en cuya nunca bien ponderada y hospitalaria “Casa Izenbe”, la mujer, amén de otras excelencias culinarias, prepara las más exquisitas tortillas de patata del anchuroso universo mundo, regadas con ambrosíacos caldos vascos y riojas.

Cuenta una antigua fábula tejida en torno a la recoleta ermita de Santa Catalina y su campana, encumbradas en una de las más altas atalayas devaresas, que quien tañe el bronce en aquellas alturas edénicas volverá otra vez al bucólico lugar.

Por cuanto el articulista, aun cuando no crea en leyendas ni consejas, subirá alguno de estos días a tirar del manido badajo del campanil, porque desea regresar en otra y otra ocasión, y desde allí arriba embelesarse de nuevo con su primer mar, su gran pasión…

Autor: Nacho Carnero