‘Exquisitos peces del Tormes’, por Ignacio Carnero

Meterse en la boca del lobo es exponerse cualquier persona, sin necesidad alguna, a un peligro cierto, de la índole que sea. Es igual que cuando se dice, más o menos finamente, tentar a Dios, buscar pan de trastrigo, jugar con fuego o buscarle tres pies al gato. Pero cuando se quiere manifestar cualquier indignación en grado superlativo, el pueblo llano utiliza otras frases más subidas de tono, rotundas y crujientes. Como, por ejemplo, tocar las partes nobles o los epidídimos, por no decirlo de manera más populachera o chabacana, tal que tocar los cataplines, etcétera…

Muy ricos

Y eso, ni más ni menos que tocar los cojones, algo que no se le ocurriría ni al que asó la manteca, fue cuanto se permitieron en la pacífica villa ducal de Alba de Tormes (Salamanca) el autoproclamado papa Gregorio XVII, fundador y pontífice máximo de la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz, ¡aten esa mosca por el rabo!, de El Palmar de Troya (Sevilla), Clemente Domínguez Gómez en el DNI, acompañado por ocho de sus obispos, en la tibia tarde del 17 de mayo de 1982.

Plaza de Alba de Tormes

Pues, luego de retirar por su cuenta y riesgo una señal de prohibición del acceso de vehículos a la plaza Mayor, y una vez en el interior del céntrico y próximo templo del convento carmelitano que guarda veneradísimos recuerdos de Santa Teresa de Jesús, dicen que el invidente mandamás se enfrentó al prior de los carmelitas que por allí estaba, al cual increpó y con el que, según se comenta, forcejeó, sin que el asunto llegara a alcanzar mayores consecuencias, gracias a la mediación de varios peregrinos catalanes, devotos de la santa andariega y doctora de la Iglesia Católica.

Pero, enconados de nuevo y cada vez más los ánimos, y los nervios a flor de piel de los contendientes, parece ser que alguien echó por fuera la llave de la puerta, dejando encerrados a los herejes. Y hubo toque a rebato de campanas, a cuyo enloquecido sonar se dispararon por todos los puntos cardinales de la villa los más inquietantes rumores, en el sentido de que aquellos intrusos pretendían llevarse las preciadas reliquias de la patrona de la localidad. Que Clemente y sus satélites habían insultado a la Santa, a las madres y al pontífice Juan Pablo II, cuya visita se preparaba ya para medio año más tarde, a primeros de noviembre.

Iglesia de Alba de Tormes

¡Y ahí sí que pudo ser Troya! Varios centenares de vecinos armados de ira, zapatillas, coraje, alguna que otra sartén, badilas, piedras, indignación, palos y cayados acudieron hasta los aledaños del escenario de la tropelía que estaba teniendo lugar en aquellos momentos para defender a ultranza las reliquias seculares y las entrañables madres, las religiosas encargadas de su custodia, contra aquel puñado de desalmados, sacrílegos y blasfemos forasteros con sotanas indignas que estaban amasando y cociendo un pan como unas hostias, y a los que les iba a salir el tiro por la culata.

Mal que bien protegidos por miembros de la benemérita, que se las vieron y se las desearon para evitar males mayores, pudieron aquéllos abandonar el recinto sagrado y llegar entre amenazas e insultos hasta sus automóviles aparcados en la plaza. Si bien al final aquella muchedumbre de alrededor de mil albenses, volcó los dos vehículos, golpeando a sus aterrorizados ocupantes, alguno de los cuales es de suponer que pensó en medio de aquella barahúnda engrosar esa tarde, inolvidable en la historia palmariana, la nómina de su martirologio particular.

Alba de Tormes

Sin embargo, no llegó la sangre al río, aunque todos aquellos nueve esperpentos, como escapados de cualquier página valleinclanesca, tuvieron que recibir asistencia sanitaria por las descalabraduras y heridas de toda laya de que fueron objeto, acogidos a la hospitalidad de otro convento cercano, a instancias del párroco y el alcalde en funciones, quienes, junto con la guardia civil, lograron rescatarles y librarles de un más que seguro y trágico linchamiento.

Pero si la sangre no llegó al Tormes, uno de los dos automóviles que utilizaban para su viaje quienes tan felices se las prometían aquella tarde, festividad de San Pascual Bailón, fue empujado y después arrojado hasta la misma orilla desde el pretil del puente medieval por los más exaltados de la multitud. Incluso uno de éstos prendió fuego al Seat-1430 beis, que no volvería a sentir las gruesas posaderas de Clemente Domínguez Pérez en sus asientos, propiciando un espectáculo que los defensores de la mística patrona de los escritores contemplaron no sin cierto alivio. Hasta que sólo quedó la chatarra del vehículo mientras un vozarrón se levantaba sobre el violento crepitar del fuego:

“¡Tenían que habernos dejado matarles -exclamó a voz en cuello-, porque insultar a la santa es como hacerlo a nuestra propia madre!”

Santa Teresa de Jesús

A última hora de la tarde el juez puso en libertad al papa Gregorio XVII y a su séquito, quienes, mohínos y sin que les llegase la camisa al cuerpo, emprendieron el largo viaje de regreso al Palmar de Troya en el coche que se salvó de la quema y en un taxi. Al abandonar el pueblo, cuentan que alguno de los obispos se lamentó:

“¡Y nosotros que pensábamos habernos comido al final de la tarde unas cuantas raciones de exquisitos peces fritos de Alba, que de tanta fama gozan! Y resulta que, por poco, nos los comemos vivitos y coleando o nos devoran ellos a nosotros… Así que a ver si volvemos algún día, de incógnito, eso sí, y nos hartamos -pedanteó- de ese bocatto di cardinali”.

Autor: Nacho Carnero