‘Fuentes de Candelario’ (I), por Ignacio Carnero

“Siempre hay nieve en la sierra”… comienza diciendo Eugenio Noel en el maravilloso artículo Cuernos en Candelario, escrito en el primer tercio del pasado siglo, en plena efervescencia de sus campañas antiflamenca, antitaurina, anticlerical y anti todo, en busca de antídotos para tantos males como afligían entonces al país de nuestros pecados, bastante más que cuantos nos aquejan en estos días cada vez más inquietantes.

Después de tantos y tamaños desvelos, pudiendo decirse que en el pecado llevó la penitencia, Eugenio Noel murió en la miseria más absoluta el 23 de abril (¡mal día para morir un escritor de raza!) de 1936, a los cincuenta años de edad, en una cama de alquiler costeada por algunos novelistas y periodistas amigos en cierto hospital barcelonés. Al enviarse a Madrid su cadáver en el ataúd, éste se extravió en una vía muerta de la estación ferroviaria de Zaragoza. Hasta que se descubrió el esperpéntico, rocambolesco,  y macabro suceso, y el infortunado autor, recién muerto y ya olvidado, acaso como premonición de cuanto le sucedería a partir de entonces con el devenir de los lustros y los decenios, pudo, por fin, ser enterrado en el cementerio civil de la capital de la machadiana España, “de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María…”, aunque sin la solemnidad y boato con que pensaban agasajarle la víspera sus colegas, cuando era esperado y no llegó aquella primera vez…

El propio Noel, tan poco proclive al ditirambo, en general, sino todo lo contrario, prodiga y canta excelencias en su ya citado artículo, tales como “Candelario vale la pena de un viaje. Los que no hayáis estado en este pueblo sólo sabréis de él que allí se aderezan los mejores chorizos del mundo. Pero si un día os decidís a visitarlo, aprovechando el ‘encanto irresistible’ de una corrida de toros, tal vez se os olviden los incidentes de la lidia, pero Candelario no se os olvidará jamás, estad seguros. Os habéis de detener ante cada casa, aunque no queráis. Sólo en ciertos dibujos de artistas extravagantes, pero geniales, se ven imágenes parecidas”, etc. Elogios que cualquier otra localidad se ufanaría en proclamar a los cuatro vientos como timbre de gloria.

“Siempre hay nieve en la sierra”…, decía, y ¡ay del día en que aquélla desaparezca no de las crestas serranas, las siluetas, los perfiles y contornos a cual más caprichosos y hermosos que se columbran a simple vista desde aquel pueblo, “maravilla de los artistas”, sino la que no se descubre más que desde el interior de las mismas alturas inmensas! Las que cada año, indefectiblemente, y en toda su magnitud de leguas y más leguas por todos los horizontes, cubren con su aparente levedad y su blancor deslumbrante, borrando de la faz de la tierra durante meses del crudísimo invierno todas las anfractuosidades que conforman las grandes montañas; los despeñaderos pavorosos y los riscos sobrecogedores; las bucólicas praderías, majadas y brañas de estío; los barrancos, cuevas, simas y cavernas sin cuento, henchidas de misterios brujescos. Incluso las lagunas de caudales sin fondo, en el solsticio hiemal sólo frecuentadas por águilas, buitres y gavilanes altaneros; algún que otro quebrantahuesos; alcotanes, halcones y el resto de avechuchos más o menos gigantes; así como por fieros lobos legendarios; y, ¡cómo no!, por jabalíes con sus camadas de cochastros, conejos, liebres y mil otros animales que deleitan los más selectos paladares.

Hasta cuando se despiertan los cálidos alientos del buen tiempo, y aquellos rigores invernizos a los que se asoman todos los silencios, se trastruecan en placidez de égloga, en resurrecciones de alegría por entre los sudarios de muerte y nieve reventando primaveras, y reaparecen los canchales con musgos de siglos y líquenes vírgenes montañeros. De unas montañas plagadas de millones de perlas de rocío, reverberos de nieve bajo los soles y las lunas. Las cuales, si ayer estaban coronadas de nubes algodonosas, hoy son de fantásticos rosicleres cervantescos; mañana, de rayos y relámpagos magníficos y truenos horrísonos, que abren aquellas entrañas preñadas de corrientes de aguas subterráneas, que comienzan a derramarse, pletóricas y vivificantes, por todos aquellos abruptos contornos, siguiendo por regaderas, acequias o regatos perfectamente canalizados a lo largo de las orillas de las calles candelarienses, por donde las aguas de los neveros bajan cantando la seductora canción de las ondinas, invisibles a simple vista, y sobre las que se cuenta que en los conticinios -esas horas mágicas de la noche en que todo está en silencio- se corporeizan, desnudas, tiesas las cumbres de sus turgentes gracias femeniles por las dentelladas del frío.

Rústicas fontanas sin tritones ni sirenas, sin angelotes mofletudos o meones, ni  monstruos marinos de bronce o piedra jugando con las aguas de plata, como en los palaciegos jardines y los grandes parques de las metrópolis más antañonas.

Si bien el firmante ya peina canas, y aun cuando, como dijo el poeta, tiene más al alcance de la mano los pámpanos de octubre que las rosas de abril, todavía bebe a diario los vientos por las musas. A todas las cuales, mientras vaga, divaga y sueña por estas laberínticas, sinuosas, pinas y empedradas callejuelas, persigue en su soledad, envuelto en la melancolía de sus añoranzas bajo las sombras de castaños, nogales, tilos, robles, fresnos, abedules, pinos, alisos y arrayanes, así como bajo los vuelos de chirlomirlos y aguzanieves; de nada venerables urracas y murciélagos enloquecidos; y bajo los irisados revuelos de libélulas, mariposas y fosforescentes luciérnagas.

Son numerosas las fuentes de nombres hermosos desparramadas por doquier en este Candelario, que cada día que amanece cautiva con renovado embrujo, hechizo y fascinación… Como las del Parque, el Arrabal, el Barranco, las Ánimas, los Perales, la Romana, la Hormiga, la Cruz de Piedra, la fuente Chica, la de la Carretera, etcétera, en todas las cuales se bañan, seductoras, las ondinas, esas ninfas que moran en las aguas. O las mitológicas náyades, que habitan en los ríos y las alfaguaras; las dríadas, esas sílfides de los bosques, cuya existencia dura lo que la vida del árbol al que se suponen unidas; las diosas, esas falsas deidades femeninas; o las musas, cada una de esas divinidades que protegen a las ciencias y a las artes liberales, en especial la poesía, que alientan a raudales en este paraíso perdido…