‘La Cueva de La Múcheres, por Ignacio Carnero

Quizá y sin quizá; es decir: con absoluta seguridad, pueden contarse con los dedos de ambas manos los habitantes de la Ciudad del Tormes que saben a ciencia cierta dónde se ubica la cueva con nombre tan extraño que hoy ocupa estas líneas viajeras.

Si bien la citada gruta hace ya un buen puñado de años se encontraba bastante apartada del núcleo urbano, hoy por hoy, como consecuencia de la expansión propia del progreso, por sus proximidades y en jornadas lectivas transitan a diario cientos de estudiantes, camino de las aulas de sus respectivas Facultades. Pues referido rincón, resultante de algún cataclismo mientras se transformaba el caos primero del universo en el mundo más o menos principio del actual, por nadie sabe qué capricho geológico, se halla situado en el límite sur del recinto del campus Miguel de Unamuno, mirando al apacible Tormes, que se desliza a sus pies.

Aunque sólo sea a título de curiosidad, es menester airear al respecto que dicho recinto universitario honra con tal nombre, con todo merecimiento bien es cierto, al más glorioso rector de cuantos rigieron los destinos del viejo Estudio, y de cuyo fallecimiento se conmemora en 2012 con diferentes actos culturales el septuagésimo quinto aniversario. Mas otro mandamás universitario, de cuyo nombre nadie quiere acordarse, bastante más reciente, harto nefasto, funesto, abominable, nefando, etcétera, adjetivaciones y no insultos, sino definiciones todas ellas sin excepción, ganadas a pulso por sus diversas arbitrariedades lesivas para la Universidad y para nuestra ciudad, pretendió bautizarlo fatuamente con su propio nombre y apellido, considerándose con infinidad de méritos más que el ínclito profesor vasco para ostentar dicha denominación. Merecimientos tales, por ejemplo, como encenagar en un desprestigio nunca visto a la ocho veces centenaria institución académica, primero; y, después, barrer y borrar a la más noble y genuina institución financiera salmantina, extendida no ya sólo a nivel local y provincial, sino hasta regional e incluso nacional e internacional. La cual, por desmor de la ineptitud, la vanidad y el afán desmedido de su presidente en forrarse con euros fáciles, ha desaparecido de la faz de la tierra entre las garras y la codicia de políticos de tres al cuarto, defensores a ultranza de sandeces tales como músculos financieros o la millonaria campaña publicitaria ¿Qué pasa cuando un río se cruza en tu vida?, que aún están en mente de todos. Amén del fichaje, también espléndidamente pagado, de ¡un ex futbolista!, argentino por más señas, para desasnar con símiles futbolísticos, confundiendo de nuevo el tafanario con las témporas, a los empleados de la entidad crediticia tan infelizmente fenecida.

Pues bien; tras este inciso, acaso demasiado largo, pero absolutamente necesario para poner los puntos sobre las íes a un asunto aún sangrante en la ciudad y que interesa a tantísimos salmantinos ignorantes del mismo, es menester contar que la brujesca gruta fue morada mucho tiempo, durante la primera mitad del siglo XX, de cierto personaje medio novelesco, medio tragicómico y un punto salpimentado de poético cuyo inexplicable nombre era invocado con frecuencia por las personas mayores para meter miedo en el cuerpo, amansar y encarrilar a los pequeños más díscolos, revoltosos y berreones: “¡Mira que, si no eres bueno, llamo a la Múcheres!” “¡Que viene la Múcheres, como no te calles!”, en lugar de los clásicos Sacamantecas, Tío del Saco, Camuñas o Coco.

Es realmente asombroso que aún se conserve este espacio en la ciudad, y que las piquetas o las excavadoras hayan respetado este hueco mientras cimentaban los grandes edificios que conforman en la actualidad el campus salmantino. Como no sucedió, por ejemplo, con la aceña donde, según es fama, nació nuestro impar Lazarillo, con la bucólica fuente de la Zagalona, el Teatro Bretón, el Cine Moderno o el Taramona…

En Santiago de Compostela, sin ir más lejos, guardan como oro en paño la Casa de la Troya, plagada de placas conmemorativas, tanto en honor a la simpática estudiantina protagonista de la novela cuanto al autor de ésta. En Madrid, otras recuerdan la casa en que falleció Galdós; en donde escribió o murió Lope; en la que Fígaro se levantó la tapa de los sesos descerrajándose un tiro, etcétera.

Dicen que por las noches, a altas horas de la madrugada, cuando es pleno el conticinio y la ciudad y sus alrededores duermen, de la cueva solitaria salen susurros de cantes flamencos, fandangos, jipíos, palmas y taconeos… Tal vez sean los espíritus jaraneros de cuantos antiguos moradores habitaron allí alguna vez, acogiéndose a la hospitalidad de la tal Múcheres, que ofrecía para dormir el santo y duro suelo de tierra junto al fuego, que malamente caldeaba la espaciosa estancia y todos sus recovecos en los crudos fríos esteparios de aquel paraje inhóspito, y calentaba los míseros pucheros, con los que también se abastecían de agua de la cercana fuente hace años desaparecida, conocida como La Zagalona, aumentativo de zagala, pero convertida por obra y gracia de la ignorancia más grosera en La Cagalona.

Acompañaban a la enigmática vieja murciélagos, ratones, cucarachas, arañas, sapos, ranas; y hasta quién sabe si algún que otro gallo negro, alguna lechuza, algún búho y telarañas, hormigas y escarabajos por doquier, como si se tratara del escenario ideal para la celebración de algún aquelarre. Pues aquella especie de bruja, aunque su escoba, que nunca debió de barrisquear el tugurio y sus aledaños, fuera más rápida que el viento, no iba a desplazarse por los aires hasta los antros de Zugarramurdi…

Accesible a todo el mundo la covacha tras la muerte de su legendario ocupante, y después de albergar durante escaso tiempo cierto establecimiento hostelero mientras, allá por septiembre de 1965, aquel extrarradio se convirtió en asentamiento de la I Feria Monográfica de Ganadería, fue luego refugio constante de mendigos, gentes sin techo, drogadictos, y acogió toda suerte de amores y desamores, turbulentas fogosidades, caricias y besos de parejas rijosas, que en aquella soledad apagaban sus ardentías. Sirvió también de evacuatorio perenne de gentes sin civilizar y testigo de otros menesteres, hasta el extremo de que las dos aberturas que constituyen la entrada principal y la secundaria tuvieron que enrejarse en evitación, a rajatabla, de semejantes desmanes.

Hoy es vecina del Centro de Investigación del Cáncer, en unos de cuyos peldaños de la escalinata de acceso por la puerta trasera, no pocos estudiantes, estudiosos e investigadores se sientan por turnos a fumar sus cigarrillos. Esos que aseguran ser mortales por sus cargas de nicotina, alquitrán, arsénico, benceno, cadmio, polonio y otro cuarto de millar, a lo que dicen, de sustancias carcinogénicas que contienen los malos humos del tabaco y que empodrece desde los pulmones hasta los tuétanos del alma…

En esa caverna malvivió y feneció la portadora de apodo tan misterioso como “La Múcheres”, derivado nadie sabe cómo ni por qué, o si con algún parentesco con mujer, muxer, mulier o mucher. Ocurrió su óbito en fecha imprecisa, a partir de la cual parece ser comenzaron a declinar los temores y respetos de la chiquillería salmantina, llegando al máximo las cuchufletas aquella tarde en que una criatura de las de entonces, al ser conminada como era costumbre por algún mayor -“¡Si no eres bueno, aviso a La Múcheres!”-, el mocosuelo exclamó con toda la desvergüenza del mundo: “¡La Múcheres esa toca al nene pilila!”

Histórico.

‘Fuentes charras y coritas’ (II), por Ignacio Carnero

Tal vez para verificar la certeza del adagio de Ovidio ¿Qué cosa más dura que la piedra? ¿Qué cosa más blanda que el agua? Con todo, las duras piedras se taladran con el agua blanda, el articulista se siente impulsado con relativa frecuencia, durante sus cotidianos deambuleos por toda la rosa de los vientos de la entrañable Salamanca, a acercarse hasta las fuentes más o menos ornamentales que existen en esta ciudad.

A bote pronto, el paseante recuerda la de La Alamedilla, con sus cisnes tontivanos y presuntuosos y sus simpáticos patos. La vetusta fontana del Caño Mamarón. La del paseo y jardines de Las Carmelitas, casi a la sombra del Niño del Avión. La antañona del franciscano Campo de San Francisco, así como la de más reciente creación en la plazuela del Oeste, y la también poco antigua de la Puerta de Zamora, ubicada sobre uno de los refugios antiaéreos que se usaron durante la Guerra (in)Civil española.

La fuente de la recoleta plazuela de Los Sexmeros, esa que luce sendas placas de pizarra con dos muy severas inscripciones varias veces centenarias: Los q dan consejos ciertos a los vivos son los mvertos y AD 1792 Aqvi mataron a un homvre, rvegven a Dios por el. La ignorada por casi todo el común de los mortales no sólo forasteros, sino incluso habitantes de la Ciudad del Tormes, en un rincón único, ameno como pocos, fascinante y paradisiaco, novelesco y poético del Huerto de Calisto y Melibea. En el cual, durante las soledades crepusculares parece que aún transitan, redivivas, las sombras de los personajes de la tragicomedia por excelencia, nacidos a la Literatura por arte de Fernando de Rojas.

Además de las fuentes cantarinas en las plazas de Santa Teresa, de Los Bandos, de La Libertad y en la Glorieta de Béjar, el paseante añora el manantial de La Zagalona -no Cagalona, según el vulgo-, venero hoy desaparecido de la faz de tierra, y que estaba ubicado como a un tiro de piedra de la embrujada Cueva de la Múcheres.

Pocas más, cuyo recuerdo se pierde entre los recovecos de la memoria, pudiendo contarse, pues, con los dedos de ambas manos dichas fontanas, y eso que la capital de la provincia, cuando menos, centuplica en extensión y habitantes a la pequeña población serrana de Candelario, que hoy nos ocupa.

Aparte las regateras que surcan el suelo casi siempre pino y empedrado del lugar, y las auténticas alfaguaras que brotan, reventonas y salvajes, en los montaraces alrededores, ¿cuántas fuentes corren y cantan en su reducido núcleo urbano?

También a bote pronto y a vuelapluma, sin orden ni concierto, bien es cierto, a la memoria del ‘bitacorista’ acude el nombre de la fuente en la cuesta de la Romana, casi a la misma sombra del sol recién estrenado del magnífico edificio del Ayuntamiento. Con sus dos caños cantando día y noche, relajadores, no fue así bautizada porque por esos pagos estuviera avecindada ninguna hija ilustre de la impar Ciudad Eterna, Roma, también conocida por alguno como Salamanca la Grande, sino porque se deseaba honrar con dicha denominación al clásico instrumento llamado romana, que servía para pesar, habiéndose utilizado tal herramienta principalmente cuando la industria chacinera era floreciente en la villa candelariense o corita, que también así es mentada.

La fuente de Las Ánimas, a los pies del cementerio local, con sus aguas risueñas y cantarinas cuando los deshielos primaverales, pese a la gravedad del melancólico recinto que le brinda la sombra de las sombras, de los decrépitos recuerdos y de los olvidos, de las cenizas y el polvo de los que fueron un día, de las cruces, de los rosales, de las siemprevivas y de los lúgubres cipreses y sus murmullos…

La de la Hormiga, en otro cruce de callejas, en honor del minúsculo insecto, cantado en el refranero con paremias como Imita a la hormiga si quieres vivir sin fatiga, Hasta una hormiga muerde si la hostigas, Hormigas con alas, tierra mojada, etc.

Las fuentes, todas rotuladas en bellos azulejos talaveranos, bautizadas con las gracias de Cruz de Piedra, Calle Mayor y la Carretera, sin echarle más imaginación a la cometa, como vulgarmente se dice, sin encerrar más malicia ni intríngulis alguno, son así conocidas por la enorme cruz pétrea que la preside, una; por estar ubicada en dicha vía pública, la segunda; y por encontrarse, a las afueras de la localidad, en la carretera que conduce a Béjar, la tercera.

La de Perales, no sombreada por estos hermosos árboles de la familia de las Rosáceas, productores de peras, como parecería lógico, sino por grandes ramos de hortensias; y la del Barranco, que medio agoniza desde hace bastante tiempo durante los otoños y los inviernos, mientras las nieves cubren la sierra, en la amena cuesta del mismo nombre, que desciende desde el Mirador.

Y por último, la más dilecta para el viajero, que no es otra sino la fuente del Parque, formando monumento al nunca bien pagado benefactor José Agustín Jáuregui. Quien, además de socorros sin cuento a la Asociación Salmantina contra la Mendicidad y alivios de cuantas miserias y dolores de las clases humildes llegaban a su conocimiento, costeó por su sola cuenta en el Cerrado de Pita o Corrito de las Eras, allí en Candelario, la construcción de un magnífico albergue para solaz veraniego de los niños más menesterosos de Salamanca, tanto de la capital como de la provincia, sin escatimar gastos para enseñanza y alimentación de aquéllos durante su permanencia de un mes en la colonia. El cual Jáuregui fue el ‘inspirador’ del Callejero Histórico Salmantino, libro nacido a consecuencia de residir el autor de éste, el firmante del presente, en la vía pública dedicada al prohombre, del que nadie, en absoluto, ni los más sabios y viejos de la Ciudad del Tormes, sabía dato alguno acerca de quien daba a aquella calle su nombre.

En pago, sin embargo, a tamaña munificencia, cierta noche de malos vinos unos vándalos beodos, de esos a los que había que concederles, si existieran, condecoraciones y medallas por imbéciles, por duplicado, porque una de ellas se les perdería, sin duda, de puro mentecatos y borrachos, destruyeron aquellas esculturas que tanto daño debían de hacer al pueblo… Restaurado no hace muchos años el grupo escultórico, cabe confiar que nuevos incivilizados o gamburros no tornen a las andadas en su empeño de echar por tierra la máxima de Ovidio citada al principio, pretendiendo que sus cabezas son más duras que las piedras y que su ignorancia hace más daño que las blandas aguas.

‘Fuentes de Candelario’ (I), por Ignacio Carnero

“Siempre hay nieve en la sierra”… comienza diciendo Eugenio Noel en el maravilloso artículo Cuernos en Candelario, escrito en el primer tercio del pasado siglo, en plena efervescencia de sus campañas antiflamenca, antitaurina, anticlerical y anti todo, en busca de antídotos para tantos males como afligían entonces al país de nuestros pecados, bastante más que cuantos nos aquejan en estos días cada vez más inquietantes.

Después de tantos y tamaños desvelos, pudiendo decirse que en el pecado llevó la penitencia, Eugenio Noel murió en la miseria más absoluta el 23 de abril (¡mal día para morir un escritor de raza!) de 1936, a los cincuenta años de edad, en una cama de alquiler costeada por algunos novelistas y periodistas amigos en cierto hospital barcelonés. Al enviarse a Madrid su cadáver en el ataúd, éste se extravió en una vía muerta de la estación ferroviaria de Zaragoza. Hasta que se descubrió el esperpéntico, rocambolesco,  y macabro suceso, y el infortunado autor, recién muerto y ya olvidado, acaso como premonición de cuanto le sucedería a partir de entonces con el devenir de los lustros y los decenios, pudo, por fin, ser enterrado en el cementerio civil de la capital de la machadiana España, “de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María…”, aunque sin la solemnidad y boato con que pensaban agasajarle la víspera sus colegas, cuando era esperado y no llegó aquella primera vez…

El propio Noel, tan poco proclive al ditirambo, en general, sino todo lo contrario, prodiga y canta excelencias en su ya citado artículo, tales como “Candelario vale la pena de un viaje. Los que no hayáis estado en este pueblo sólo sabréis de él que allí se aderezan los mejores chorizos del mundo. Pero si un día os decidís a visitarlo, aprovechando el ‘encanto irresistible’ de una corrida de toros, tal vez se os olviden los incidentes de la lidia, pero Candelario no se os olvidará jamás, estad seguros. Os habéis de detener ante cada casa, aunque no queráis. Sólo en ciertos dibujos de artistas extravagantes, pero geniales, se ven imágenes parecidas”, etc. Elogios que cualquier otra localidad se ufanaría en proclamar a los cuatro vientos como timbre de gloria.

“Siempre hay nieve en la sierra”…, decía, y ¡ay del día en que aquélla desaparezca no de las crestas serranas, las siluetas, los perfiles y contornos a cual más caprichosos y hermosos que se columbran a simple vista desde aquel pueblo, “maravilla de los artistas”, sino la que no se descubre más que desde el interior de las mismas alturas inmensas! Las que cada año, indefectiblemente, y en toda su magnitud de leguas y más leguas por todos los horizontes, cubren con su aparente levedad y su blancor deslumbrante, borrando de la faz de la tierra durante meses del crudísimo invierno todas las anfractuosidades que conforman las grandes montañas; los despeñaderos pavorosos y los riscos sobrecogedores; las bucólicas praderías, majadas y brañas de estío; los barrancos, cuevas, simas y cavernas sin cuento, henchidas de misterios brujescos. Incluso las lagunas de caudales sin fondo, en el solsticio hiemal sólo frecuentadas por águilas, buitres y gavilanes altaneros; algún que otro quebrantahuesos; alcotanes, halcones y el resto de avechuchos más o menos gigantes; así como por fieros lobos legendarios; y, ¡cómo no!, por jabalíes con sus camadas de cochastros, conejos, liebres y mil otros animales que deleitan los más selectos paladares.

Hasta cuando se despiertan los cálidos alientos del buen tiempo, y aquellos rigores invernizos a los que se asoman todos los silencios, se trastruecan en placidez de égloga, en resurrecciones de alegría por entre los sudarios de muerte y nieve reventando primaveras, y reaparecen los canchales con musgos de siglos y líquenes vírgenes montañeros. De unas montañas plagadas de millones de perlas de rocío, reverberos de nieve bajo los soles y las lunas. Las cuales, si ayer estaban coronadas de nubes algodonosas, hoy son de fantásticos rosicleres cervantescos; mañana, de rayos y relámpagos magníficos y truenos horrísonos, que abren aquellas entrañas preñadas de corrientes de aguas subterráneas, que comienzan a derramarse, pletóricas y vivificantes, por todos aquellos abruptos contornos, siguiendo por regaderas, acequias o regatos perfectamente canalizados a lo largo de las orillas de las calles candelarienses, por donde las aguas de los neveros bajan cantando la seductora canción de las ondinas, invisibles a simple vista, y sobre las que se cuenta que en los conticinios -esas horas mágicas de la noche en que todo está en silencio- se corporeizan, desnudas, tiesas las cumbres de sus turgentes gracias femeniles por las dentelladas del frío.

Rústicas fontanas sin tritones ni sirenas, sin angelotes mofletudos o meones, ni  monstruos marinos de bronce o piedra jugando con las aguas de plata, como en los palaciegos jardines y los grandes parques de las metrópolis más antañonas.

Si bien el firmante ya peina canas, y aun cuando, como dijo el poeta, tiene más al alcance de la mano los pámpanos de octubre que las rosas de abril, todavía bebe a diario los vientos por las musas. A todas las cuales, mientras vaga, divaga y sueña por estas laberínticas, sinuosas, pinas y empedradas callejuelas, persigue en su soledad, envuelto en la melancolía de sus añoranzas bajo las sombras de castaños, nogales, tilos, robles, fresnos, abedules, pinos, alisos y arrayanes, así como bajo los vuelos de chirlomirlos y aguzanieves; de nada venerables urracas y murciélagos enloquecidos; y bajo los irisados revuelos de libélulas, mariposas y fosforescentes luciérnagas.

Son numerosas las fuentes de nombres hermosos desparramadas por doquier en este Candelario, que cada día que amanece cautiva con renovado embrujo, hechizo y fascinación… Como las del Parque, el Arrabal, el Barranco, las Ánimas, los Perales, la Romana, la Hormiga, la Cruz de Piedra, la fuente Chica, la de la Carretera, etcétera, en todas las cuales se bañan, seductoras, las ondinas, esas ninfas que moran en las aguas. O las mitológicas náyades, que habitan en los ríos y las alfaguaras; las dríadas, esas sílfides de los bosques, cuya existencia dura lo que la vida del árbol al que se suponen unidas; las diosas, esas falsas deidades femeninas; o las musas, cada una de esas divinidades que protegen a las ciencias y a las artes liberales, en especial la poesía, que alientan a raudales en este paraíso perdido…

¿El apellido? Alubias de La Bañeza, por @saborleon

Para intimar con La Bañeza unas alubias valen más que mil palabras. Fue fiesta en la ciudad. La Cofradía Gastronómica de la Alubia de La Bañeza celebraba su IV Capítulo: pasacalles, desfile, pendones, trajes vistosos, homenajes y alubieros de honor, dando que hablar como las alubias grandes cuando aparecen. La investidura y el juramento en el Teatro Municipal Pérez Alonso, precioso, resalta, aún más si cabe, que estamos en un acto importante y en un lugar de postín. Confraternidad entre las cofradías gastronómicas.

Entre tanto, La Bañeza, urbe amable, con porte modernista, agrícola y mercantil, como si su origen hubiera sido fenicio y no romano. Golosa, entre chocolates e imperiales. Museos para conocer el pasado a través de trajes, alhajas, collaradas, azabaches o una materia prima fundamental como la harina y un producto de la tierra como la alubia. ¿Será por museos? Lugar de joyas culinarias justamente ensalzadas. Unas ancas de rana por aquella esquina,  unas alubias con sus sacramentos en el fogón de enfrente o en la taberna ilustrada más cercana. Que siga el festejo.

Llegamos hasta los confines de las vegas bañezanas para comer un cocido con apellido: el de la Alubia de La Bañeza. El encuentro con la reina del frío se hace esperar. Mientras, damos un paseo entre los vinos de Cangas y los Ribera del Duero, el queso de Cantabria, el Sabadiego y Noreña o la alubia de Tolosa. En un aparte, la Cofradía del Nacimiento del Ebro, con Angelín  a la cabeza, nos explica con pasión los adjetivos para tan caudaloso río: bravo, fuerte y noble. De paso nos venden las viandas de Campoo a lo grande. Muy bien, cofrades. Testigo es el dial 107.7 de la FM que anuncia su crónica como fedatario de la actualidad y jura decir la verdad. Por delante, todos, con sus productos y sabores como santo y seña de identidad. Historias, proyectos, premios, la camaradería como valor. La gastronomía al poder. El pueblo soberano reunido para dictar sentencia. ¡A por las alubias!

Alubias de La Bañeza

No es fácil triunfar con un cocido. Si además tiene apellido, prepararlo bien es un arte que requiere experiencia, sensibilidad, cabeza y mano artesana. A estas alturas, los compañeros de mesa y mantel no discuten que los ingredientes son fiel reflejo de la personalidad de cada pueblo, precisamente ellos que representan lo peculiar de cada trozo de España. Antes, agua fría con sal. Luego, a fuego lento. Tocino, chorizo, costilla, morro, oreja. Cerca, la verdura. Todos con su parte justa como si se fuera a añadir el pico de sustancia, no más. El apellido del cocido: las alubias. Coronadas como reinas del frío. Blancas, cultivadas en las vegas cercanas, en su versión mantequilla, plato de cuchara por excelencia, que se dejan comer, maridadas con símbolos de la cultura culinaria y, además, cosa importante, comidas en compañía. El plato resulta a los comensales genuino, auténtico, contundente, sabroso, delicioso, suculento al paladar…. y refleja la esencia de la vida y las costumbres bañezanas. ¿Triunfó? ¿Quién? El cocido con apellido. Hay que preguntárselo al 107.7 de la FM que había jurado decir la verdad. Después, sobremesa, mucha sobremesa y homenaje a los magos que cocinan con alubias.

Cocido con alubias

A los paseantes les queda mucho que recorrer para conocer todos los sabores. En el paseo de hoy han conocido los que llevan el apellido de alubia de La Bañeza y el hechizo que rodea a la buena mesa: cultura, saber, tertulia, excusa para unir a las gentes.

A Mario y Antonio, por haber hecho posible el paseo.

Por @saborleon

‘Una cuchara en Los Arapiles’, por Ignacio Carnero

Pues parece mentira, aunque sea una verdad perogrullesca, incontestable a todas luces, que así como quien no quiere la cosa han transcurrido ya casi doscientos años desde el memorable 22 de julio de 1812, fecha aquella en la que se libró la célebre batalla entre los dos altozanos conocidos como Los Arapiles, el Grande y el Chico.

Resulta igualmente asombroso y punto menos que increíble, que, al cabo de estos dos siglos con incontables millares de curiosos explorando y husmeando por aquellos inhóspitos parajes en busca de tesoros históricos de cualquier tipo -como un relicario, una medalla, un hueso, una bala, un diente, una moneda, un botón, una insignia, un dije, una herradura, un amuleto, una sortija, etcétera-, haya sido el bitacorista, que de tarde en tarde se pierde sin mucho venir a cuento por aquellos andurriales, quien hallara como por ensalmo no hace tanto tiempo una antigua cuchara sopera, herrumbrosa tras tantos años de abandono bajo la cruda intemperie de soles despiadados, escarchas, tormentas, nieves, hielos, ventiscas esteparias y todos los cierzos desatados del universo…

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‘Caldereta de cordero’, por @saborleon

Las reuniones familiares suelen ser, con frecuencia, una excusa para evocar el arte culinario de nuestros mayores en un intento de volver a sentir el pasado feliz como algo actual, como si la hoja del calendario no se hubiese quedado atrás y de paso, recordar los acontecimientos, los lugares o las anécdotas vividas, por uno o por la mayoría de los presentes. Una ocasión que ni pintada para hacer turismo gastronómico en alianza con la evocación de emociones ya pasadas.

Casas en la montaña leonesa

Hoy toca ir a la cocina del tío Javier y con él, acercarse a los sabores de la Montaña Central Leonesa, la que los romanos llamaron Arbolio por lo abundante de sus frondas. ¿Qué significa? Volver a los sabores con los que identificamos fiesta, costumbre, familia y montaña que siguen estando en nuestra memoria, para ello, ¿qué mejor que comer una caldereta de cordero? Nos sentimos en casa con un sentimiento de imaginar lo auténtico. El tío la había visto preparar muchas veces hasta que se decidió a cocinarla él mismo de la mano de un tal Valbuena, que a su vez había aprendido de El Manco.

Caldereta de Cordero

En la preparación todo es importante. Lo primero, poner en valor el dicho reunión de pastores, oveja muerta, que al neófito lo colocará en situación. El cum laude se lo damos al cordero, por supuesto. Criado en las praderías de valles conocidos y que dejan sin sebo. No se puede olvidar el adobo. Que no falten la sal, el ajo y el perejil, ni la cebolla, ni el pimiento, ni el tomillo, ni el jengibre, ni el coñac, tampoco el laurel ni la guindilla, al gusto del cocinero. La lumbre con la llama justa, ni fuerte ni apagada y a modo de ‘ajuar de puchero’; la cuchara de madera; y la caldereta, que ha de ser de hierro, de paredes lisas, lijadas muy finamente, para que el aceite las unte y resbale. Robusta, con asa para colgar y para vapulear su contenido de vez en cuando. El tiempo del guiso, pues a ojo. ¡Ese es el secreto y el toque del tío Javier!

Mientras tanto, recuerdos en un intento de volver a las raíces, las tradiciones, los ritos y las costumbres. La Montaña del Valle de Arbás, o de la Tercia para otros, por la historia que une a los pueblos del Valle con el Concejo de la Tercia del Camino que tuvo en Rodiezmo su sede. El paisanaje, con nombres singulares a los que se les añade siempre la palabra el tío: el tío Braulio, el tío Manuel, el tío Ezequiel, el tío Trota… O la descendencia de cada uno de los anteriores, donde hay de todo: médicos, docentes, mesoneros, aventureros, lo que nos lleva a discutir sobre la evolución de lo de antes hasta llegar a lo de ahora, pero no hay que enfrentar el pasado con el futuro. La tienda de ultramarinos con sus odres de vino o el aceite de estraperlo. El porrón y la ronda para beber a morro. El ganado: rabilas, machorras o corderos. Los pastores, las majadas, las veceras, los mastines y la trashumancia presente en vivencias entre cordeles y veredas o en la estación de Villamanín, punto de salida y llegada de los rebaños en épocas más cercanas.

Ya está el guiso. El plato se llena de personalidad. Tiene cuerpo y color. Cuenta la historia de los que han contribuido a su llegada a la mesa: el clima, la hierba, el arroyo y las manos. Reivindica lo propio de una cocina que se hace notar, que transmite la sensibilidad de la vida pastoril. Se saborean los pequeños trozos del cordero en la boca. La caldereta está perfecta.

Así, los comensales se levantan agradecidos y el resultado se resume en palabras como: auténtico, contundente, soberbio, categórico, fascinante, apasionado y hasta en francés sublisime. Si hay que buscar otra clave esa debe ser la del cariño que el cocinero pone para agradar al paladar de sus invitados a los que despide con su dicho:

Después de bien comido y bien bebido ¿qué más quieres cuerpo mío?

Por @saborleon

‘Hasta Cofiñal, donde todo es posible’, por @saborleon

¡Los ancestros de los Hermanos Pinzón eran de León! Qué pedazo de titular para cualquier día del mítico 1992, fruto de la mente calenturienta del jefe de cierre de un periódico leonés al desempolvar un antiguo atlas y si, además, las gentes de León tuviéramos un carácter todo lo contrario del que es. Y eso ¿por qué?, lo del titular. Pues porque en uno de los territorios de la Montaña Central Leonesa más emblemático hay un pico, un valle y un arroyo que se llaman Pinzón. ¿No es suficiente?

Los paseantes habían salido «por la fresca” dejando atrás los barrios de León, vacíos por la reciente fiesta, adentrándose en la Comarca del Condado, con olor a riego y a menta, atravesando Boñar para llegar al embalse, atrás quedaban los hermosos valles de Pardomino y Vegamián, pasando por delante de la Ermita de las Nieves a la entrada de  Puebla de Lillo  para llegar a Cofiñal e iniciar, a buena hora, una ruta que prometía.

Estamos en uno de los puntos finales del viaje que realizan los rebaños trashumantes, entre los puertos de San Isidro y de Las Señales, es la Cañada Real Leonesa Oriental, en plena Reserva del Mampodre, donde el Porma comienza a ser un aprendiz de río que no sabe de riadas. Lugar de leyendas, como la de la pena de “manos podadas” que daría el nombre a Mampodre,  sufrida por el pueblo astur una vez que fue sometido por los romanos, o la del peregrino y el lago de Isoba o la de Antón, el lugareño que se encontró con un oso y lo convenció para caminar juntos.

bosque en Cofiñal

En Cofiñal nos esperan el resto de los paseantes. Estos últimos han llegado al lugar por amor, convirtiéndolo en leyenda para los no iniciados. En versión romance podría ser la de haber seguido la llamada del Pico Toneo cuando ofrece, para disfrutar, el manto blanco que se extiende por sus laderas en invierno y cuyo eco, en verano, se esconde en las noches de luna llena en el cofre del tesoro que es Cofiñal para deleite de sus moradores, lugar donde han encontrado acogida y sosiego.

Hoy serán los guías, su propuesta fue simple: caminar por el Valle de Pinzón hasta llegar a la cima del collado del mismo nombre, bajar a Isoba y regresar a Cofiñal por la senda de la hoz “Entrevaos” que dicen los lugareños o Entrevados según se indica en las rutas oficiales. Entretanto: ir dejando atrás los Forfogones, oír el agua de los ríos Porma e Isoba antes de ser pacificados, bañarse en el Pozo de la Leña o beber agua «milagrosa” de la fuente La Jerumbrosa. ¿Les apetece acompañar a los paseantes?  

El pueblo va quedando atrás. El camino bordea prados donde se hace patente la importancia de la siega en la montaña. Otro de los paseantes, echando atrás sus recuerdos, se sitúa en lugar de los segadores que ya a estas horas tienen avanzada la labor ayudados de la maquinaria, similar a la de hace 25 años. Un joven Porma pone la música de fondo sin el peligro de que aparezcan los de la SGAE. Asoman Los Forfogones vislumbrándose las tres cascadas donde el río ruge y muestra su ímpetu ¿por primera vez? El olor a pino está en el ambiente.

Nos acercamos a la base del pico San Justo, un gigante de roca de 1.995 metros, que domina el lugar para llegar al inicio del Valle de Pinzón desde donde se observa, casi sin querer, su perfil en forma de U. Un rebaño de jatas pardas nos da la bienvenida. Enfrente, una cabaña de pastores anuncia que el territorio es ganadero. A los bordes del camino hay abundante hierba, de la que gusta pisar. Por encima de nuestras cabezas matas de brezo nos saludan, la sombra del hayedo anuncia frescor. El camino se va empinando hasta alcanzar la cota más alta (1.525 m) desde la que admiramos el Pico el Pinzón (1.618 m) y el paisaje que nos rodea. A modo de bandera: azul y verde. Ruido de fondo:  silencio. Por dentro: sensación agradable, estamos a gusto.

Trashumancia

Ahora toca descender hasta Isoba por un camino marcado por roderas y pisadas de animales. Es mediodía. No hay sombra. La pequeña laguna que viene marcada en los mapas está seca. A lo lejos, la mole del  pico Toneo, el circo de Salencias y la hendidura de Riopinos anuncian que el territorio es de nieve.

Ya estamos en Isoba. Más o menos coincide con la mitad del camino. Hacemos una parada que aprovecharemos para comer. Lo haremos guiándonos por el boca a boca en ‘Casa Federico, uno de los templos gastronómicos de León, que no tiene ninguna estrella Michelin pero que la calidez de sus platos lo aúpan a los primeros lugares del ranking de la buena comida, con platos llenos de sabor, que sorprende por la sencillez de lo que ofrece convirtiéndolo en cocina de autor. Descubrir a estas alturas la mano que tiene Paula, la cocinera, para arrancar lo mejor de los fogones no tiene gracia, pero como la mayoría de los paseantes son nuevos en las mesas de ‘Federico’, lo que hay es expectación por saborear el menú: chorizo y jamón que resultan ser auténticos de la montaña, sopa «guriguriguri», cuidado no la pidas muy «guri» o tendrás que esperar para comerla y carne gobernada. ¿Qué es? Amigo, tienes que subir a Isoba, pedir mesa en ‘Casa Federico’ y comerla. Luego nos escribes y lo cuentas. No te la podemos retratar, pero aseguramos que para describirla por tu cabeza pasarán palabras como: suave, natural, original, saludable, deliciosa, sorprendente… Entre los paseantes, todos de buen yantar, comprenden el dicho de el que viene a mesa puesta no sabe lo que cuesta que cuelga de una de las paredes y que te recuerda Andrés. ¿Quién es Andrés? Otro actor que forma parte del reparto de la película que es ‘Casa Federico’. Puede enviarte al Vaticano o “comerte la oreja” con degustaciones que son “estilo fusión”.  Es de Madrid.  ¡Que tiemble la costa el día que decida «asentar sus reales» en ella!

Gastronomía Leonesa
Embutido para empezar

Es hora de comenzar el camino de vuelta. La senda se encuentra bien señalizada. Salvamos una cerca de madera para adentrarnos en la vega siguiendo el curso del río. Al fondo, la Hoz de Entrevaos nos espera, por una parte el Pico San Justo, por la otra el Pico Runción. El protagonista del camino es el Río Isoba, hoy limpio, sereno, cantarín. Una cascada, una poza; otra cascada, más pozas. Se aleja y se acerca de la senda. Nos adentramos en una zona de piedra para llegar al final de la quebrada donde la sombra de vegetación nos aplaca los calores.

A la derecha, un cartel anuncia: al Pozo de la Leña. No se puede pasar de largo ya que nos perderíamos la contemplación de uno de los lugares más bonitos de León, un “lugar 10”. A medida que nos acercamos, el ruido del río. En la bajada, complicidad en un lugar de misterio. De repente, un lugar hermoso donde el agua desborda la roca con chorro decidido que espera a los bañistas. Irresistible. Contraste de luz, ruido, naturaleza.  Para disfrutar.  Para compartir. Para recordar. Para reflexionar sobre de dónde venimos y qué tenemos.

Porma

Enseguida llegamos a las praderías de Cofiñal, más adelante varios guindales ofrecen sus frutos rojos. Volvemos a encontrarnos con el Porma y Cofiñal, donde todo es posible.

Por @saborleon

‘Exquisitos peces del Tormes’, por Ignacio Carnero

Meterse en la boca del lobo es exponerse cualquier persona, sin necesidad alguna, a un peligro cierto, de la índole que sea. Es igual que cuando se dice, más o menos finamente, tentar a Dios, buscar pan de trastrigo, jugar con fuego o buscarle tres pies al gato. Pero cuando se quiere manifestar cualquier indignación en grado superlativo, el pueblo llano utiliza otras frases más subidas de tono, rotundas y crujientes. Como, por ejemplo, tocar las partes nobles o los epidídimos, por no decirlo de manera más populachera o chabacana, tal que tocar los cataplines, etcétera…

Muy ricos

Y eso, ni más ni menos que tocar los cojones, algo que no se le ocurriría ni al que asó la manteca, fue cuanto se permitieron en la pacífica villa ducal de Alba de Tormes (Salamanca) el autoproclamado papa Gregorio XVII, fundador y pontífice máximo de la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz, ¡aten esa mosca por el rabo!, de El Palmar de Troya (Sevilla), Clemente Domínguez Gómez en el DNI, acompañado por ocho de sus obispos, en la tibia tarde del 17 de mayo de 1982.

Plaza de Alba de Tormes

Pues, luego de retirar por su cuenta y riesgo una señal de prohibición del acceso de vehículos a la plaza Mayor, y una vez en el interior del céntrico y próximo templo del convento carmelitano que guarda veneradísimos recuerdos de Santa Teresa de Jesús, dicen que el invidente mandamás se enfrentó al prior de los carmelitas que por allí estaba, al cual increpó y con el que, según se comenta, forcejeó, sin que el asunto llegara a alcanzar mayores consecuencias, gracias a la mediación de varios peregrinos catalanes, devotos de la santa andariega y doctora de la Iglesia Católica.

Pero, enconados de nuevo y cada vez más los ánimos, y los nervios a flor de piel de los contendientes, parece ser que alguien echó por fuera la llave de la puerta, dejando encerrados a los herejes. Y hubo toque a rebato de campanas, a cuyo enloquecido sonar se dispararon por todos los puntos cardinales de la villa los más inquietantes rumores, en el sentido de que aquellos intrusos pretendían llevarse las preciadas reliquias de la patrona de la localidad. Que Clemente y sus satélites habían insultado a la Santa, a las madres y al pontífice Juan Pablo II, cuya visita se preparaba ya para medio año más tarde, a primeros de noviembre.

Iglesia de Alba de Tormes

¡Y ahí sí que pudo ser Troya! Varios centenares de vecinos armados de ira, zapatillas, coraje, alguna que otra sartén, badilas, piedras, indignación, palos y cayados acudieron hasta los aledaños del escenario de la tropelía que estaba teniendo lugar en aquellos momentos para defender a ultranza las reliquias seculares y las entrañables madres, las religiosas encargadas de su custodia, contra aquel puñado de desalmados, sacrílegos y blasfemos forasteros con sotanas indignas que estaban amasando y cociendo un pan como unas hostias, y a los que les iba a salir el tiro por la culata.

Mal que bien protegidos por miembros de la benemérita, que se las vieron y se las desearon para evitar males mayores, pudieron aquéllos abandonar el recinto sagrado y llegar entre amenazas e insultos hasta sus automóviles aparcados en la plaza. Si bien al final aquella muchedumbre de alrededor de mil albenses, volcó los dos vehículos, golpeando a sus aterrorizados ocupantes, alguno de los cuales es de suponer que pensó en medio de aquella barahúnda engrosar esa tarde, inolvidable en la historia palmariana, la nómina de su martirologio particular.

Alba de Tormes

Sin embargo, no llegó la sangre al río, aunque todos aquellos nueve esperpentos, como escapados de cualquier página valleinclanesca, tuvieron que recibir asistencia sanitaria por las descalabraduras y heridas de toda laya de que fueron objeto, acogidos a la hospitalidad de otro convento cercano, a instancias del párroco y el alcalde en funciones, quienes, junto con la guardia civil, lograron rescatarles y librarles de un más que seguro y trágico linchamiento.

Pero si la sangre no llegó al Tormes, uno de los dos automóviles que utilizaban para su viaje quienes tan felices se las prometían aquella tarde, festividad de San Pascual Bailón, fue empujado y después arrojado hasta la misma orilla desde el pretil del puente medieval por los más exaltados de la multitud. Incluso uno de éstos prendió fuego al Seat-1430 beis, que no volvería a sentir las gruesas posaderas de Clemente Domínguez Pérez en sus asientos, propiciando un espectáculo que los defensores de la mística patrona de los escritores contemplaron no sin cierto alivio. Hasta que sólo quedó la chatarra del vehículo mientras un vozarrón se levantaba sobre el violento crepitar del fuego:

“¡Tenían que habernos dejado matarles -exclamó a voz en cuello-, porque insultar a la santa es como hacerlo a nuestra propia madre!”

Santa Teresa de Jesús

A última hora de la tarde el juez puso en libertad al papa Gregorio XVII y a su séquito, quienes, mohínos y sin que les llegase la camisa al cuerpo, emprendieron el largo viaje de regreso al Palmar de Troya en el coche que se salvó de la quema y en un taxi. Al abandonar el pueblo, cuentan que alguno de los obispos se lamentó:

“¡Y nosotros que pensábamos habernos comido al final de la tarde unas cuantas raciones de exquisitos peces fritos de Alba, que de tanta fama gozan! Y resulta que, por poco, nos los comemos vivitos y coleando o nos devoran ellos a nosotros… Así que a ver si volvemos algún día, de incógnito, eso sí, y nos hartamos -pedanteó- de ese bocatto di cardinali”.

Autor: Nacho Carnero

‘Sabero: el Reino de las Bocaminas’, por @saborleon

Como antes ocurrió con la Ferrería de la Sociedad Palentino–Leonesa de Minas, la historia de Hulleras de Sabero y Anexas, a punto de cumplir 100 años, tocaba a su fin. Entonces la causa fue la falta de un ferrocarril. Hoy ha sido el Plan del Carbón.

Valle de Sabero
Valle de Sabero

Las concentraciones de las gentes del Valle de Sabero no habían servido para nada. El calendario marcaba: 13 de diciembre de 1991, viernes. La sirena del Pozo La Herrera II, en Sotillos,  sonaba por última vez.  El sentimiento de “esto se acabó” inundaba toda la Comarca y trascendía más allá, hasta León y Valladolid. Un manto negro como el carbón, con sensación a derrota, se posaba sobre las peñas, hasta entonces estratégicas, cuyas entrañas sirvieron para forjar el futuro de las gentes de Sabero. Atrás quedaba la prosperidad del carbón que los proyectos de personajes legendarios en el Valle:  “El Inglés”, Botías, Izaguirre, Domingo López o los inversores del desaparecido Banco Industrial de León, ayudaron a crear la hoy reducida a una  cita en la página de la historia de la Economía Leonesa. Los recuerdos de la infancia, narrados magistralmente por Julio Llamazares en “Escenas de cine mudo”, no volverán. Tocaba sobrevivir.

Minas abandonadas en Sabero
Minas abandonadas

Veinte años después, ¿las minas ayudarán a revitalizar Sabero? Algo ha cambiado:  la rehabilitación y adecuación del  antiguo edificio de  la Ferrería de San Blas en el Museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero, -¡espléndido!- cuenta al visitante la historia de la actividad minera y cómo ha interactuado con el Valle. Es el nuevo filón, que ya se explota. Las “bocaminas” de las Juanita, Sucesiva, La Plata, Englantine, Mariate o Imponderable, han vuelto desde el túnel del tiempo, rescatadas por paisanos del lugar, entusiastas de la riqueza natural que atesora el Valle, para ofrecerse como el  recurso sobre el que se pueda edificar un nuevo futuro.  Ese será el paseo de hoy: La Ruta de  “Las Minas” o de las “bocaminas”, que tanto monta.

Comenzamos el paseo. Encontramos prados y vallinas; majuelos, cerezos montiscos, robles, encinas, hayas, pinos, vacas y una pareja de águilas reales. Todo se aprieta para caber en el cuadro que la naturaleza pinta para los paseantes. Se escucha el latir del campo, estamos en primavera. Hacemos un alto en el punto de mayor altura de la ruta 1.170 metros, desde el que se pueden observar los “jirones” de la explotación a cielo abierto que el ecosistema, por si solo, está cosiendo al paisaje.

Peña Corada
Peña Corada

El camino se abre para ofrecernos una vista de la cara norte del conjunto de  Peña Corada, impresionante con sus 1.835 metros y su perfil más montañero, casi desconocido para los no iniciados, en el que resalta su color de naturaleza viva. Junto a ella,  la peña en la que se localizan los restos del Castillo de Aquilareenclave defensivo establecido por los árabes para la defensa de pasos estratégicos y más tarde conquistado por los cristianos. Por el este el Pico Moro, con su afilado picacho de casi 1.800 metros, bravo en sus formas, nos saluda. Se desciende hasta una explanada que antes fue escombrera de la mina Eglantine, en la que hay una zona de descanso y un mirador. Es la hora del vermú que, como en paseos anteriores, corre a cuenta de Vidal. ¡Gracias Vidal!.

Ahora la montaña se desploma en el tajo que llega hasta el río Esla al que, desde aquí, vemos discurrir mansamente, desembarazándose de las angosturas de las montañas que le vienen acompañando desde su nacimiento, con sus aguas de hielo y color esmeralda. Aleje y Verdiago, con su pinga, son manchas reconocibles en el paisaje. Más al norte, se adivinan las cumbres de Los Picos de Europa,  territorio de leyendas como la que cuentan los lugareños, a su manera, sobre “la bella Europa” raptada por un príncipe astur. Estamos entre  monte, peñas y cielo. Es el momento mágico del paseo; el camino está amortizado.

Bocamina
Bocamina

Hasta llegar a Alejico todo es descenso pronunciado. La senda se estrecha, se hace difícil. Hay que clavar los talones para no caer. ¿Qué pensamientos llevarían los mineros cuando la subían? ¿Y cuando la bajaban? Un día y otro, y otro más, durante años. Llegamos a los restos de la tolva que daba servicio a la Mina Mariate, uno de los hitos del propietario minero Domingo López. Nos sigue acompañando el Esla, que por momentos se hace ruidoso. Ahora es la bocamina de La Imponderable la que sale a nuestro encuentro, con su entorno pintado de color de hierro oxidado, de la que sale un reguero de agua que juega con un  primitivo mecanismo que un paisano del lugar ha instalado. Ya estamos en paralelo al Esla. La foto es para el puente colgante entre Alejico y Aleje que se ofrece para subirse a él y despedir las imágenes de postal que hoy han entrado por nuestras retinas. Volvemos a la civilización. Desde aquí, por el borde de la carretera, hasta Sabero.

Puente sobre el Río Esla
Puente sobre el Río Esla

Como colofón, Carrilleras versus Churrasco en el Restaurante ‘Las Ruedonas’. Dos platos que se convierten en un clásico entre los que no exigen mucho a estas horas, pensados para simplemente atender a los paseantes. El lugar está impregnado de una atmósfera que ofrece intimidad, no chirría nada, el lugar adecuado para finalizar con la charleta del paseo.

Dentro de 100 años, ¿otro personaje, al igual que Julio Llamazares, narrará sus recuerdos de infancia en el Valle de Sabero? Yo espero que sí.

Autor: @saborleon

‘Por un plato de garbanzos (con bacalao)’, por @saborleon

En León, los ciruelos salvajes de La Condesa son los primeros en anunciar la primavera. Durante la semana, también la climatología había avisado de su llegada pero los del Telediario advertían que el domingo nevaría por encima de 1.400 metros. Este último dato abrió el debate entre los paseantes: ¿hacer o no hacer la ruta de los Puertos de Verano entre Valporquero y Villamanín? Ante la duda, paso adelante, no se puede perder la oportunidad de volver a caminar por la montaña, aunque el buen tiempo no esté asegurado.

Después de varias rotondas, el autocar ya rueda por la LE-311, carretera mítica que forma parte de la senda de los leoneses que salen de la capital para disfrutar del río y la montaña. Más allá de las cunetas, montes con robles y laderas peladas donde se refugian la fauna propia y las cigüeñas. Riberas con chopos, paleros y sebes que aún conservan la capa parda del invierno y que marcan los linderos de los hombres. Al norte, las peñas blanqueadas de Matallana o Correcillas van cerrando el valle hasta llegar a las Hoces de Vegacervera, angostura donde el agua del Torio, –del dios Thor, hijo de Odín y de Friga– blande su martillo entre las piedras que lo aprietan y nos salpica con la espuma.

El cartel anuncia “carretera de montaña”. Serpentea ascendiendo hasta alcanzar la parte en la que se asienta el pueblo de Valporquero donde comienza la ruta. Un alto para admirar el paisaje: a un lado, una vista soberbia del complejo calcáreo de Vegacervera; más abajo, la entrada a la Cueva de Valporquero; al oeste, el Pico Fontún y la Sierra del Gato nos esperan. Un árbol, ahora diminuto, será el punto hacia el que caminaremos. Abundan las fuentes con agua que aparece y desaparece para, no se sabe dónde, alimentar a Thor.

El grupo de paseantes avanza por un camino carretero hasta alcanzar la vega. Los capilotes apenas son hoy un punto amarillo en espera de tiempos mejores. En las laderas se divisan algunas manadas de yeguas y caballos que parecen venir a nuestro encuentro, mientras, no dejan que las escobas colonicen por completo el lugar. Ascendemos poco a poco y casi de repente comienza a nevar. Nos organizamos. En fila india continuamos por la vereda que, en ocasiones, se pierde bajo la nieve, la sensación térmica no es de frío, el silencio lo cubre todo. Una señal de madera anuncia el final de los pastizales de los Puertos de Verano. Más adelante, el cartel nos descubre que estamos a una altitud que supera los 1.600 metros. Ha dejado de nevar.

Ruta de las cuevas de Valporquero

El día se abre y nos llega una impresión placentera a la que ayudan los aromas que nos llegan, mezcla de olor a hierba, suelo mojado, brezo, romero…. Tras cruzar una alambrera que separa los dos valles llega la hora del vermú y de las aceitunas gordal, gentileza de Vidal, un paisano que hace grupo. Es un momento de los que presta vivir, hay un recuerdo a los ausentes y a los malos rollos de la semana. Así contemplamos el Valle de la Tercia. Al fondo el pico Las Tres Marías nos da la bienvenida y nos recuerda la coplilla:

Cuando las Tres Marías van al Palero
salen los de Casares del filandero

Estamos en la Montaña Central de León, en el Alto Bernesga, Reserva de la Biosfera desde 2005, y nos disponemos a iniciar el descenso por una pista forestal de fuerte pendiente, a ratos resbaladiza por la nieve, zigzagueante y bien conservada que nos conduce hasta Villamanín. Cruzamos un pinar con vegetación abundante que no sabe el significado del verbo contaminar. Un lugar con cabaña, abrevadero y corrales nos recuerdan que es una zona donde la trashumancia sigue siendo una actividad económica. A los pies del valle, entre farallones de roca, distinguimos el río Bernesga, el Bernika de los colonos griegos que los romanos de la Legión VII trajeron al lugar en siglos antes de Cristo, para trabajar las minas.  ¿Encontrarían ellos la villamanita? ¿Qué es? Un mineral único que lleva el nombre del pueblo por todo el mundo.

Otra línea, la del tren, corta la montaña o salta el río hasta llegar a la cota de 1.290 m, la del centenario túnel de ‘La Perruca. El paso es rápido, como si los viandantes tuvieran prisa por llegar a comer a una hora prudente. Ayuda el sol que ha vencido a la niebla y al cierzo. Las rodillas comienzan a resentirse de la bajada y avisan, llegamos a Villamanín. Los paseantes participan de la idea de que la mejor forma de acabar un paseo es compartir mesa y mantel para descubrir otras costumbres culinarias que, a modo de trofeo, serán exhibidas durante la semana entre los amigos y compañeros que no se han atrevido con el paseo de hoy. El viaje por los Puertos de Verano ha sido la excusa perfecta para comer garbanzos con bacalao en el restaurante ‘Golpejar’, en el pueblo del mismo nombre y con apellido de la Tercia, que regenta Mª Ángeles. Aunque no buscan exquisiteces, a nadie le amarga un dulce. Al entrar lo primero que se percibe es un olor a guiso, bien formado, buen comienzo.

No se pontifica sobre la materia prima, que es humilde entre las humildes, pero sí sobre la receta, que al ser tradicional y estar en cuaresma, ‘ni engorda ni es pecado’. ¿Son de la huerta? pregunta otro y la respuesta de la mesonera es: ‘no, son pedrosillanos pequeños de los buenos’. El plato es consistente, bien servido, hecho con cariño, para que guste, maridado con el aliño conveniente se percibe la dulzura que aporta el bacalao, nos deleitamos con su sabor. Ésta es una muestra de los adjetivos recogidos entre los paseantes: exquisitos, ricos, ricos y muy sabrosos. Para dar marcha al paladar. Me han hecho llorar. De lujo. De muerte…

Hemos dejado a Thor y estamos a la orilla del Bernika y todo ello por ¡¡un plato de garbanzos con bacalao!! Sí, el paseo ha merecido la pena.

Autor: @saborleon

‘Huevos, limones y…’, por Ignacio Carnero

Ha llovido mucho ya, ¡y ojalá siga haciéndolo por lo menos otro tanto tiempo igual!, pues, así como quien no quiere la cosa, han transcurrido cuarenta años desde aquella Navidad de 1971, cuando este ilusionado alevín de escritor, punto menos que recién estrenado entonces en las duras lides literarias, se vio vinculado con la salmantina villa de Ledesma al encomendársele la redacción del auto Siempre en diciembre.

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Iglesia de San Miguel

Aunque premiados bastantes de sus trabajos narrativos con anterioridad, fue la publicación de su libro de relatos Un camino hacia la esperanza, candidato al premio Nacional de Literatura Miguel de Cervantes y al Fastenrath, de la Real Academia Española, el que cautivó la atención de varios miembros de la Asociación de Amigos de Ledesma, moviéndoles a confiarle la redacción dramatizada, para su representación anual en el teatro-cine San Miguel, de cierta leyenda piadosa muy arraigada en la localidad. Según la cual, en la iglesia de Santa María la Mayor de dicha villa reposan los restos de los pastores Jacobo, Isacio y Josefo, primeros mortales que adoraron al Niño en Belén, mientras, también es fama, en el cielo resonaban himnos de gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad…

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Restaurante ‘La Fernandica’

Evidentemente, esa tradición encierra una dudosísima autenticidad, pues nadie acierta a explicar qué pintan en este perdido rincón del universo tales reliquias. Si bien es algo similar a cuanto ocurre no sólo con los cientos de espinas de las que entretejieron la corona que ciñó la cabeza del mártir del Gólgota, desperdigados por otros tantos templos y conventos del anchuroso mundo, sino también con los miles y miles de diminutos fragmentos de madera de la cruz; con aquella pluma de las alas del arcángel San Gabriel; con un colmillo cariado del anacoreta San Barsanufio; y con un disparatado y cándido etcétera, que alguien quizá intentará engrosar con una supuesta lágrima de la Magdalena cuando enjugaba el sudor del Nazareno camino del Calvario…

Estrenada Siempre en diciembre con notable éxito, pero flor de un día, es de suponer que no volvió a representarse la breve obra. No fue óbice dicha circunstancia, empero, para que el autor, que no es otro sino el bitacorista firmante, dejara de acercarse con relativa frecuencia a la vieja Bletisa junto al Tormes para perderse, hechizado, por sus callejuelas bien empedradas y sus arboladas plazoletas, disfrutando del embrujo de siglos remotos que aún habita en el corazón de la villa, entre los recovecos de su muralla, en su granítica fortaleza, en sus iglesias, en los soportales de su plaza Mayor…

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Alubias de ‘La Fernandica’

Pero, indefectiblemente, luego de deleitar su espíritu con tanta belleza allí atesorada, procuró y procura obsequiar también su paladar en una de las más sorprendentes cocinas que todavía existen, rezumante de puros sabores gastronómicos de ayer, caseros y a fuego lento, a la sombra de la maravillosamente restaurada iglesia de Santa Elena.

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Callos de ‘La Fernandica’

En las paredes de La Fernandica, que así se bautiza el recoleto y acogedor establecimiento de nuestros pecados, cuelgan azulejos con refranes, consejos y consejas, frases y versos más o menos ingeniosos y celebrados por los lectores, mas todos ellos más viejos que la ribera del río: El camello es el animal que más aguanta sin beber ¡No seas camello!… Si bebes para olvidar, paga antes de empezar… Si quieres tener dinero quédate siempre soltero… La buena vida es cara; la hay más barata, pero no es vida… Más barato iría el pan si no lo comiera tanto holgazán… Si doy, a la ruina voy; si fío, aventuro lo que es mío; si presto, al pagar veo mal gesto; para evitar todo esto, ni doy ni fío ni presto… El hombre que, habiendo vino en la mesa, bebe agua, es como el que tiene novia, que la mira y no la besa…

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Huevos con limón

Puede allí degustarse una amplia variedad de manjares puros, no emputecidos con mixtificaciones, como los que de verdad cocinaban nuestras tataradeudas. Pero la obra maestra por excelencia de su cocinera, por buen nombre Teresa -la amabilidad personificada, y que acaso también recuerde por ello a las abuelas antiguas-, es una impar ambrosía, que la simpática mujer adereza como con mano encantada, la cual es obligado airear a los cuatro vientos para general conocimiento, y cuya composición es tan sólo a base de huevos bien cocidos, jugosos limones en su punto de acidez, aceite de oliva virgen, un pizco de sal… y, sobre todo, un toque de gracia, secreto y mágico.

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Tabla de quesos de ‘La Fernandica’

¡Plato humilde, singular en los tiempos que corren, y por el que, quizá y sin quizá, junto con un puñado de las típicas rosquillas de la localidad, merecería la pena acercarse incluso a pie, sin exageración alguna, pese a los treinta quilómetros que distan desde la capital hasta la plácida villa de Ledesma y La Fernandica, ésta dicen que centenaria! Autor: Nacho Carnero

‘Chanfaina de Tejares’, por Ignacio Carnero

Caminaba con calma y dando reposo al alma, en compañía de su impagable soledad, la más entrañable amiga hasta los tuétanos siempre, y se encontraba ya el paseante en las afueras del salmantino barrio de Tejares. Enlazadas unas a otras por la cintura, un puñado de rapazas, a grito pelado, desaforadamente, cantaba una disparatada, simpática, hoy semiolvidada, pero antaño popularísima cantilena, medio desgargantándose como para enterar a toda la vecindad de su presencia:

Caminaba con calma y dando reposo al alma, en compañía de su impagable soledad, la más entrañable amiga hasta los tuétanos siempre, y se encontraba ya el paseante en las afueras del salmantino barrio de Tejares. Enlazadas unas a otras por la cintura, un puñado de rapazas, a grito pelado, desaforadamente, cantaba una disparatada, simpática, hoy semiolvidada, pero antaño popularísima cantilena, medio desgargantándose como para enterar a toda la vecindad de su presencia:

“Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, ¡tralará!… /  Por el mar corren las liebres, ¡tralará!, por el monte las sardinas… /  Me encontré con un ciruelo, ¡tralará!, cargadito de manzanas… / Empecé a tirarle piedras, y cayeron avellanas ¡tralará!… / Con el ruido de las nueces salió el amo del peral… / Niño no tires más piedras, que no es mío el melonar, que es de una señora vieja, ¡tralará!… que habita en El Escorial…”

Aquel soleado, aunque invernizo mediodía dominguero, el caminante se acercó, por enésima vez en su vida, hasta el permanentemente solitario solar donde en su día se levantara la aceña en que, según es fama, nació Lázaro Tomé González, el más simpático de los pícaros que en la literatura universal han sido. Pero de aquel molino de fábrica pizarreña no resta resto alguno desde bastantes años atrás, merced a la inexplicable e implacable piqueta de una mal entendida civilización. La cual, para tender el puente de una autovía sobre el río y encima de aquellas piedras venerables, como alrededor de unos veinte metros por debajo de ellas, por cuanto no constituían impedimento alguno, no dudó en borrar de la faz de la tierra aquel vestigio del paso por el mundo de Lazarillo de Tormes. ¿Fue imprescindible semejante tropelía? ¿A quién estorbaba en aquel apartado rincón de Salamanca la cuna de su hijo más ilustre? ¡Cuántas ciudades del universo hubieran defendido a ultranza aquella reliquia! Pero, quien quiera aprender, que venga a Salamanca…

Divagaba el bitacorista en torno a estos extremos, cuando una cigüeña perdida en el espacio y el tiempo aterrizó en aquellos momentos sobre uno de los graníticos machones todavía emergentes del agua, que aún perduran y que en su día sustentaron la mole de hierro del puente del ferrocarril llamado de La Salud, camino de la Lusitania.

Y un pescador que por allí acertó a pasar, chistera al hombro y caña en ristre, como descubriendo punto menos que las sopas de ajo, ensartó, sabihondo: “Por San Blas, la cigüeña verás” y otras paremias por el estilo más o menos en consonancia con el evento.

Por descontado, no hay que prestar demasiada atención ni mayor credibilidad a la mayoría de los refranes -dichos agudos y sentenciosos de uso común-, los cuales, a medida que cambian los tiempos, se comprueba que son más y más obsolescentes, pues no se ajustan a la anterior definición del diccionario. Sino que son consecuencia de pareados más bien garbanceros, engendrados por mentes nada brillantes, transmitidos de generación en generación y repetidos hasta la saciedad, como si fuesen dogmas.

En volandas de una racha de viento llegaron ciertos efluvios que pusieron en efervescencia las pituitarias y glándulas salivares del dominguero andariego perdido por aquellos andurriales tejareños. E invitándole a husmear por toda la rosa de los vientos, en breves minutos arribó al Café-bar Las 4 Hermanas, donde le aguardaba, tentador, un suculento plato de chanfaina. Muy común en la barriada, antes pueblo, y aunque prosaico, es guisado como para chuparse los dedos, aderezado a base de abundante arroz aromatizado con toda suerte de especias, tal que ajo, perejil, nuez moscada, clavo, pimienta, laurel, amén de callos y sangre, adornado todo con rodajas de huevo cocido.

Una cumplida ración bien regada con una copa de Remelluri, puso alas a los pies del cronista, que no pudo menos de sonreír al recordar que alguien, que jamás cató esa ambrosía llamada chanfaina, había parido una sentencia en la que sólo buscaba las asonancias: “En Tejares, no te pares ni en los bares”. Porque quien prueba aquélla, repite, y hasta puede que trueque citado texto por otro que diga: “En Tejares, párate en todos los bares”.

Autor: Nacho Carnero

‘El primer mar’, por Ignacio Carnero

Por primera vez en su vida, aunque bien es cierto que sin pesar alguno y huyendo del mundanal ruido, el articulista no vivirá en la Salamanca de sus amores las ferias y fiestas septembrinas, que están a la vuelta de la esquina. Disfrutará esos días en tierras norteñas, a la vera del primer mar real que, si bien demasiado tardíamente, pues ya contaba 19 añazos, maravilló su vista, sobrecogió y hasta paralizó sus sentidos durante unos instantes, por la emoción, y cautivó su espíritu desde entonces para siempre jamás.

¡Qué asombro aquella mañana de un julio harto remoto ya, en la recoleta villa de Deva, al salir del túnel bajo el monte sobre el que se erige la ermita de Santa Catalina! Según iba asomado a la ventanilla del vertiginoso tren de cercanías que une San Sebastián con Bilbao, disminuyendo su marcha para detenerse en la estación, cuando el columnista, siempre junto al Tormes, descubrió el fascinante espectáculo de un río inmenso, cuya otra orilla no se descubría de tan distante, y que resultó ser el mar…

Desde entonces, aquella Deva -hoy Deba en eusquera y oficialmente-, con sus debarras o debatarras, no bien pisó sus calles y su playa y se sumergió en sus aguas, el autor, en compañía de su novia de siempre, convirtió a la noble y leal villa devaresa en una especie de segundo amor, al cual guarda fidelidad desde hace casi medio siglo y al que torna con entrañable unción tantas veces le brindan las circunstancias.

Y aunque ya ha desaparecido, recuerda con nostalgia al hostal “Celaya” y sus menudas y pulcras propietarias, asomando sus balcones a la carretera por la costa entre “Sansestabién” y la industriosa capital vizcaína y, más allá, deleitosa y refrescante, invitando a ternezas y dulces susurros de amor, la romántica alameda de Calbetón…

Así como cuando, caminando a trechos y a trechos hasta bailando “yenka” -izquierda, izquierda; derecha, derecha; adelante y atrás; un, dos, tres-, recorrían los cuatro sinuosos quilómetros de la carretera que bordea los vertiginosos acantilados del Cantábrico y que separan Deva de esa otra localidad de la que dice el refrán: “Motrico, puerto rico, se entra con una mula y se sale con un borrico”. Pintoresco pueblo, donde años más tarde, sin advertirlo, el columnista se adentró en la zona nudista de su playa de Saturrarán, y tras doblar por entre unas rocas, al toparse con una mujer y un hombre en cueros, con las manos se cubrió sus propias partes pudendas, ya tapadas por un púdico bañador.

Y cómo no, también evoca aquel concierto fantástico del Orfeón Donostiarra en la plaza Mayor de Deva, cuando, poniendo el vello de punta, sus cien largos miembros entonaron en eusquera, ya noche lóbrega y bajo un temblor de estrellas, la inmortal canción de Sorozábal: “Maite, yo no te olvido ni nunca, nunca, te he de olvidar, / aunque de mí te alejen leguas de tierra, de tierra y mar… / Maite, si un día sabes que he muerto ausente de tu querer / del sueño de la muerte para adorarte despertaré.”

El azar después brindó al firmante la amistad de Joserra Zulaika y Marian Juaristi, en cuya nunca bien ponderada y hospitalaria “Casa Izenbe”, la mujer, amén de otras excelencias culinarias, prepara las más exquisitas tortillas de patata del anchuroso universo mundo, regadas con ambrosíacos caldos vascos y riojas.

Cuenta una antigua fábula tejida en torno a la recoleta ermita de Santa Catalina y su campana, encumbradas en una de las más altas atalayas devaresas, que quien tañe el bronce en aquellas alturas edénicas volverá otra vez al bucólico lugar.

Por cuanto el articulista, aun cuando no crea en leyendas ni consejas, subirá alguno de estos días a tirar del manido badajo del campanil, porque desea regresar en otra y otra ocasión, y desde allí arriba embelesarse de nuevo con su primer mar, su gran pasión…

Autor: Nacho Carnero