‘Un calderillo y una gran amistad’, por Ignacio Carnero

Calderillo bejarano

Fue el sábado 25 de mayo de 1968, y, por tanto, se ha cumplido ya la friolera de cuarenta y tres añazos, cuando el ‘bitacorista’ degustó por primera vez en su vida el nutritivo, sabroso y típico calderillo bejarano, al que tanto oyera siempre ponderar.

Aderezado a base de patatas, carne de aguja de ternera (puede que algún día escribamos en este espacio sobre la exquisita ‘ternera de Sorrento’, famosa desde tiempos inmemoriales, pues no en vano aparece ya citada, nada más y nada menos, que en El Quijote); patatas, pues, y carne de aguja de ternera, con el variopinto aditamento de cebolla, tomate, pimiento verde, pimiento morrón, guisantes, orégano, laurel, sal, pimentón, agua, aceite, harina y clavillo de guisar, siendo imprescindible de todo punto utilizar un caldero, de donde proviene su nombre, para cocinar este suculento guiso, originario, al parecer, de la zona bejarana.

Calderillo bejarano

Aunque a bote pronto así parezca, no es, ni mucho menos, que el autor del presente artículo, desde que posee uso de razón lleve cuenta diaria y cabal de cuanto se ha echado a la andorga a lo largo de su existencia. Pues, además de ‘no poder ser, sería imposible’, conforme al pleonasmo atribuido y que, dicen que dicen, pronunció en varias ocasiones aquel ‘genio’ de la torería andante Rafael Gómez Ortega (1882-1960), que se anunciaba en los carteles taurinos con el sobrenombre de El Gallo.

Al cual, por supuesto, no le iba a la zaga aquel otro, también torero, llamado Rafael Guerra Guerrita (1862-1941), quien, cuando le fue presentado el eximio escritor don José Ortega y Gasset (1883-1955) bajo la etiqueta de filósofo, no sintió rubor alguno al demostrar su incultura con la frase, más bien despectiva: ‘Hay gente pa to’ (Hay gente para todo). Dicho éste que se haría célebre, perdurando hasta nuestros días, para aplicar a profesiones extrañas que tanto abundan en estos difíciles tiempos que corren, como, verbigracia, analistas, ‘disyoquis’, acompañantes, canguros, veedores, videntes, esteticistas, rascatripas, en general, kinesioterapeutas, pensadores, ideólogos, tertulianos, visitadores, mercadillistas o rastreros, etc.

Además, se da la circunstancia de que no deben de existir en este mundo muchas personas semejantes al articulista, en el sentido de que mientras redacta estas líneas, a media tarde de un caluroso día de este atípico verano, no recuerda ya cual fue la comida con que ha saciado un par de horas antes su habitualmente escaso apetito. Pues, por costumbre, sigue la máxima de que hay que comer para vivir y no vivir para comer, si bien, en verdad, le produce no poca envidia cuando alguien a su vera devora casi con auténtica gula, pese a cuanto predican al respecto algunos credos, atiborrándose de toda suerte de manjares que antes se han disfrutado con pensamiento, vista y olfato.

Retomando el hilo inicial, pues, hay que aclarar que no es que se tratara de un acontecimiento histórico, digno de figurar en las entretelas de su memoria, el hecho de saborear el yantar que nos ocupa en una fecha concreta, como la registrada al principio de estas líneas. Sino que fue el plato principal que se sirvió en cierta dependencia del Casino Obrero de Béjar, con motivo de la entrega solemne de los premios de su incipiente concurso literario, en torno aquel año al Camino de la Plata, cuyo primer galardón vino a parar a manos del columnista que aquí y ahora divaga, entonces todavía punto menos que recién estrenado en cuanto a trofeos reconocedores de sus obras.

Editado por el Casino Obrero
Editado por el Casino Obrero

Formaban parte del jurado calificador del certamen de marras un catedrático de la Universidad de Salamanca, ya fallecido; el director a la sazón del diario salmantino El Adelanto, también muerto; así como otras dos personas más, expertas en bellas letras, y de cuyas existencias ignora el firmante si aún alientan en el mundo de los vivos; y, por último, el novelista Víctor Chamorro.

Éste, ya entonces tenía en su haber un amplio bagaje de obras de creación y de lides literarias en los grandes premios, amén de una monumental Historia de Extremadura en ocho volúmenes. Y no obstante permanecer continuamente alejado de los círculos seudoculturales donde se cuecen los grandes desaguisados literarios, el escritor continúa acumulando libro tras libro una obra de incuestionable calidad, altura y hondura, reconocida no con tantos galardones como sería de justicia.

Guía de bastardos o Los alumbrados, entre sus más nuevos títulos que han visto la luz, confirman el juicio anterior, siendo Calostros, por el momento, todavía reciente como el pan mollar, el más flamante de ellos, y está integrado por veintiocho relatos magistrales, algunos de los cuales bordean la perfección. El libro, conforme señala la presentación del mismo, “es un viaje a la lactancia literaria y a la magia de las pasiones inconfesables, con historias escuchadas por el autor en su niñez que recorren la geografía de los secretos mejor guardados. El esperpento y la inocencia alumbran los claroscuros de la condición humana, siendo cada narración una historia con sustantividad propia en un contexto de vasos comunicantes, pues los personajes principales de unos relatos intervienen como secundarios en otros, habitando todos una placenta común, Gervasia (Hervás), el escenario de esta pesadilla lírica y atemporal”…

Una obra de Víctor Chamorro
Una obra de Víctor Chamorro

Aquel 25 de mayo de 1968, pues, en la sucinta historia personal del columnista, y sin parafrasear en modo alguno la escena final de Casablanca, supuso el principio de una gran amistad, que alcanza ahora los cuarenta y tres años. Por cuanto por una no descabellada, sino harto coherente concatenación de ideas, al arriba firmante no puede por menos de venírsele a la mente cada vez que se enfrenta a un calderillo, sea en el Tranco del Diablo, en Candelario, en Hervás o donde fuere menester…

Autor: Nacho Carnero

‘La Cueva de La Múcheres, por Ignacio Carnero

Quizá y sin quizá; es decir: con absoluta seguridad, pueden contarse con los dedos de ambas manos los habitantes de la Ciudad del Tormes que saben a ciencia cierta dónde se ubica la cueva con nombre tan extraño que hoy ocupa estas líneas viajeras.

Si bien la citada gruta hace ya un buen puñado de años se encontraba bastante apartada del núcleo urbano, hoy por hoy, como consecuencia de la expansión propia del progreso, por sus proximidades y en jornadas lectivas transitan a diario cientos de estudiantes, camino de las aulas de sus respectivas Facultades. Pues referido rincón, resultante de algún cataclismo mientras se transformaba el caos primero del universo en el mundo más o menos principio del actual, por nadie sabe qué capricho geológico, se halla situado en el límite sur del recinto del campus Miguel de Unamuno, mirando al apacible Tormes, que se desliza a sus pies.

Aunque sólo sea a título de curiosidad, es menester airear al respecto que dicho recinto universitario honra con tal nombre, con todo merecimiento bien es cierto, al más glorioso rector de cuantos rigieron los destinos del viejo Estudio, y de cuyo fallecimiento se conmemora en 2012 con diferentes actos culturales el septuagésimo quinto aniversario. Mas otro mandamás universitario, de cuyo nombre nadie quiere acordarse, bastante más reciente, harto nefasto, funesto, abominable, nefando, etcétera, adjetivaciones y no insultos, sino definiciones todas ellas sin excepción, ganadas a pulso por sus diversas arbitrariedades lesivas para la Universidad y para nuestra ciudad, pretendió bautizarlo fatuamente con su propio nombre y apellido, considerándose con infinidad de méritos más que el ínclito profesor vasco para ostentar dicha denominación. Merecimientos tales, por ejemplo, como encenagar en un desprestigio nunca visto a la ocho veces centenaria institución académica, primero; y, después, barrer y borrar a la más noble y genuina institución financiera salmantina, extendida no ya sólo a nivel local y provincial, sino hasta regional e incluso nacional e internacional. La cual, por desmor de la ineptitud, la vanidad y el afán desmedido de su presidente en forrarse con euros fáciles, ha desaparecido de la faz de la tierra entre las garras y la codicia de políticos de tres al cuarto, defensores a ultranza de sandeces tales como músculos financieros o la millonaria campaña publicitaria ¿Qué pasa cuando un río se cruza en tu vida?, que aún están en mente de todos. Amén del fichaje, también espléndidamente pagado, de ¡un ex futbolista!, argentino por más señas, para desasnar con símiles futbolísticos, confundiendo de nuevo el tafanario con las témporas, a los empleados de la entidad crediticia tan infelizmente fenecida.

Pues bien; tras este inciso, acaso demasiado largo, pero absolutamente necesario para poner los puntos sobre las íes a un asunto aún sangrante en la ciudad y que interesa a tantísimos salmantinos ignorantes del mismo, es menester contar que la brujesca gruta fue morada mucho tiempo, durante la primera mitad del siglo XX, de cierto personaje medio novelesco, medio tragicómico y un punto salpimentado de poético cuyo inexplicable nombre era invocado con frecuencia por las personas mayores para meter miedo en el cuerpo, amansar y encarrilar a los pequeños más díscolos, revoltosos y berreones: “¡Mira que, si no eres bueno, llamo a la Múcheres!” “¡Que viene la Múcheres, como no te calles!”, en lugar de los clásicos Sacamantecas, Tío del Saco, Camuñas o Coco.

Es realmente asombroso que aún se conserve este espacio en la ciudad, y que las piquetas o las excavadoras hayan respetado este hueco mientras cimentaban los grandes edificios que conforman en la actualidad el campus salmantino. Como no sucedió, por ejemplo, con la aceña donde, según es fama, nació nuestro impar Lazarillo, con la bucólica fuente de la Zagalona, el Teatro Bretón, el Cine Moderno o el Taramona…

En Santiago de Compostela, sin ir más lejos, guardan como oro en paño la Casa de la Troya, plagada de placas conmemorativas, tanto en honor a la simpática estudiantina protagonista de la novela cuanto al autor de ésta. En Madrid, otras recuerdan la casa en que falleció Galdós; en donde escribió o murió Lope; en la que Fígaro se levantó la tapa de los sesos descerrajándose un tiro, etcétera.

Dicen que por las noches, a altas horas de la madrugada, cuando es pleno el conticinio y la ciudad y sus alrededores duermen, de la cueva solitaria salen susurros de cantes flamencos, fandangos, jipíos, palmas y taconeos… Tal vez sean los espíritus jaraneros de cuantos antiguos moradores habitaron allí alguna vez, acogiéndose a la hospitalidad de la tal Múcheres, que ofrecía para dormir el santo y duro suelo de tierra junto al fuego, que malamente caldeaba la espaciosa estancia y todos sus recovecos en los crudos fríos esteparios de aquel paraje inhóspito, y calentaba los míseros pucheros, con los que también se abastecían de agua de la cercana fuente hace años desaparecida, conocida como La Zagalona, aumentativo de zagala, pero convertida por obra y gracia de la ignorancia más grosera en La Cagalona.

Acompañaban a la enigmática vieja murciélagos, ratones, cucarachas, arañas, sapos, ranas; y hasta quién sabe si algún que otro gallo negro, alguna lechuza, algún búho y telarañas, hormigas y escarabajos por doquier, como si se tratara del escenario ideal para la celebración de algún aquelarre. Pues aquella especie de bruja, aunque su escoba, que nunca debió de barrisquear el tugurio y sus aledaños, fuera más rápida que el viento, no iba a desplazarse por los aires hasta los antros de Zugarramurdi…

Accesible a todo el mundo la covacha tras la muerte de su legendario ocupante, y después de albergar durante escaso tiempo cierto establecimiento hostelero mientras, allá por septiembre de 1965, aquel extrarradio se convirtió en asentamiento de la I Feria Monográfica de Ganadería, fue luego refugio constante de mendigos, gentes sin techo, drogadictos, y acogió toda suerte de amores y desamores, turbulentas fogosidades, caricias y besos de parejas rijosas, que en aquella soledad apagaban sus ardentías. Sirvió también de evacuatorio perenne de gentes sin civilizar y testigo de otros menesteres, hasta el extremo de que las dos aberturas que constituyen la entrada principal y la secundaria tuvieron que enrejarse en evitación, a rajatabla, de semejantes desmanes.

Hoy es vecina del Centro de Investigación del Cáncer, en unos de cuyos peldaños de la escalinata de acceso por la puerta trasera, no pocos estudiantes, estudiosos e investigadores se sientan por turnos a fumar sus cigarrillos. Esos que aseguran ser mortales por sus cargas de nicotina, alquitrán, arsénico, benceno, cadmio, polonio y otro cuarto de millar, a lo que dicen, de sustancias carcinogénicas que contienen los malos humos del tabaco y que empodrece desde los pulmones hasta los tuétanos del alma…

En esa caverna malvivió y feneció la portadora de apodo tan misterioso como “La Múcheres”, derivado nadie sabe cómo ni por qué, o si con algún parentesco con mujer, muxer, mulier o mucher. Ocurrió su óbito en fecha imprecisa, a partir de la cual parece ser comenzaron a declinar los temores y respetos de la chiquillería salmantina, llegando al máximo las cuchufletas aquella tarde en que una criatura de las de entonces, al ser conminada como era costumbre por algún mayor -“¡Si no eres bueno, aviso a La Múcheres!”-, el mocosuelo exclamó con toda la desvergüenza del mundo: “¡La Múcheres esa toca al nene pilila!”

Histórico.

‘Fuentes charras y coritas’ (II), por Ignacio Carnero

Tal vez para verificar la certeza del adagio de Ovidio ¿Qué cosa más dura que la piedra? ¿Qué cosa más blanda que el agua? Con todo, las duras piedras se taladran con el agua blanda, el articulista se siente impulsado con relativa frecuencia, durante sus cotidianos deambuleos por toda la rosa de los vientos de la entrañable Salamanca, a acercarse hasta las fuentes más o menos ornamentales que existen en esta ciudad.

A bote pronto, el paseante recuerda la de La Alamedilla, con sus cisnes tontivanos y presuntuosos y sus simpáticos patos. La vetusta fontana del Caño Mamarón. La del paseo y jardines de Las Carmelitas, casi a la sombra del Niño del Avión. La antañona del franciscano Campo de San Francisco, así como la de más reciente creación en la plazuela del Oeste, y la también poco antigua de la Puerta de Zamora, ubicada sobre uno de los refugios antiaéreos que se usaron durante la Guerra (in)Civil española.

La fuente de la recoleta plazuela de Los Sexmeros, esa que luce sendas placas de pizarra con dos muy severas inscripciones varias veces centenarias: Los q dan consejos ciertos a los vivos son los mvertos y AD 1792 Aqvi mataron a un homvre, rvegven a Dios por el. La ignorada por casi todo el común de los mortales no sólo forasteros, sino incluso habitantes de la Ciudad del Tormes, en un rincón único, ameno como pocos, fascinante y paradisiaco, novelesco y poético del Huerto de Calisto y Melibea. En el cual, durante las soledades crepusculares parece que aún transitan, redivivas, las sombras de los personajes de la tragicomedia por excelencia, nacidos a la Literatura por arte de Fernando de Rojas.

Además de las fuentes cantarinas en las plazas de Santa Teresa, de Los Bandos, de La Libertad y en la Glorieta de Béjar, el paseante añora el manantial de La Zagalona -no Cagalona, según el vulgo-, venero hoy desaparecido de la faz de tierra, y que estaba ubicado como a un tiro de piedra de la embrujada Cueva de la Múcheres.

Pocas más, cuyo recuerdo se pierde entre los recovecos de la memoria, pudiendo contarse, pues, con los dedos de ambas manos dichas fontanas, y eso que la capital de la provincia, cuando menos, centuplica en extensión y habitantes a la pequeña población serrana de Candelario, que hoy nos ocupa.

Aparte las regateras que surcan el suelo casi siempre pino y empedrado del lugar, y las auténticas alfaguaras que brotan, reventonas y salvajes, en los montaraces alrededores, ¿cuántas fuentes corren y cantan en su reducido núcleo urbano?

También a bote pronto y a vuelapluma, sin orden ni concierto, bien es cierto, a la memoria del ‘bitacorista’ acude el nombre de la fuente en la cuesta de la Romana, casi a la misma sombra del sol recién estrenado del magnífico edificio del Ayuntamiento. Con sus dos caños cantando día y noche, relajadores, no fue así bautizada porque por esos pagos estuviera avecindada ninguna hija ilustre de la impar Ciudad Eterna, Roma, también conocida por alguno como Salamanca la Grande, sino porque se deseaba honrar con dicha denominación al clásico instrumento llamado romana, que servía para pesar, habiéndose utilizado tal herramienta principalmente cuando la industria chacinera era floreciente en la villa candelariense o corita, que también así es mentada.

La fuente de Las Ánimas, a los pies del cementerio local, con sus aguas risueñas y cantarinas cuando los deshielos primaverales, pese a la gravedad del melancólico recinto que le brinda la sombra de las sombras, de los decrépitos recuerdos y de los olvidos, de las cenizas y el polvo de los que fueron un día, de las cruces, de los rosales, de las siemprevivas y de los lúgubres cipreses y sus murmullos…

La de la Hormiga, en otro cruce de callejas, en honor del minúsculo insecto, cantado en el refranero con paremias como Imita a la hormiga si quieres vivir sin fatiga, Hasta una hormiga muerde si la hostigas, Hormigas con alas, tierra mojada, etc.

Las fuentes, todas rotuladas en bellos azulejos talaveranos, bautizadas con las gracias de Cruz de Piedra, Calle Mayor y la Carretera, sin echarle más imaginación a la cometa, como vulgarmente se dice, sin encerrar más malicia ni intríngulis alguno, son así conocidas por la enorme cruz pétrea que la preside, una; por estar ubicada en dicha vía pública, la segunda; y por encontrarse, a las afueras de la localidad, en la carretera que conduce a Béjar, la tercera.

La de Perales, no sombreada por estos hermosos árboles de la familia de las Rosáceas, productores de peras, como parecería lógico, sino por grandes ramos de hortensias; y la del Barranco, que medio agoniza desde hace bastante tiempo durante los otoños y los inviernos, mientras las nieves cubren la sierra, en la amena cuesta del mismo nombre, que desciende desde el Mirador.

Y por último, la más dilecta para el viajero, que no es otra sino la fuente del Parque, formando monumento al nunca bien pagado benefactor José Agustín Jáuregui. Quien, además de socorros sin cuento a la Asociación Salmantina contra la Mendicidad y alivios de cuantas miserias y dolores de las clases humildes llegaban a su conocimiento, costeó por su sola cuenta en el Cerrado de Pita o Corrito de las Eras, allí en Candelario, la construcción de un magnífico albergue para solaz veraniego de los niños más menesterosos de Salamanca, tanto de la capital como de la provincia, sin escatimar gastos para enseñanza y alimentación de aquéllos durante su permanencia de un mes en la colonia. El cual Jáuregui fue el ‘inspirador’ del Callejero Histórico Salmantino, libro nacido a consecuencia de residir el autor de éste, el firmante del presente, en la vía pública dedicada al prohombre, del que nadie, en absoluto, ni los más sabios y viejos de la Ciudad del Tormes, sabía dato alguno acerca de quien daba a aquella calle su nombre.

En pago, sin embargo, a tamaña munificencia, cierta noche de malos vinos unos vándalos beodos, de esos a los que había que concederles, si existieran, condecoraciones y medallas por imbéciles, por duplicado, porque una de ellas se les perdería, sin duda, de puro mentecatos y borrachos, destruyeron aquellas esculturas que tanto daño debían de hacer al pueblo… Restaurado no hace muchos años el grupo escultórico, cabe confiar que nuevos incivilizados o gamburros no tornen a las andadas en su empeño de echar por tierra la máxima de Ovidio citada al principio, pretendiendo que sus cabezas son más duras que las piedras y que su ignorancia hace más daño que las blandas aguas.

‘Fuentes de Candelario’ (I), por Ignacio Carnero

“Siempre hay nieve en la sierra”… comienza diciendo Eugenio Noel en el maravilloso artículo Cuernos en Candelario, escrito en el primer tercio del pasado siglo, en plena efervescencia de sus campañas antiflamenca, antitaurina, anticlerical y anti todo, en busca de antídotos para tantos males como afligían entonces al país de nuestros pecados, bastante más que cuantos nos aquejan en estos días cada vez más inquietantes.

Después de tantos y tamaños desvelos, pudiendo decirse que en el pecado llevó la penitencia, Eugenio Noel murió en la miseria más absoluta el 23 de abril (¡mal día para morir un escritor de raza!) de 1936, a los cincuenta años de edad, en una cama de alquiler costeada por algunos novelistas y periodistas amigos en cierto hospital barcelonés. Al enviarse a Madrid su cadáver en el ataúd, éste se extravió en una vía muerta de la estación ferroviaria de Zaragoza. Hasta que se descubrió el esperpéntico, rocambolesco,  y macabro suceso, y el infortunado autor, recién muerto y ya olvidado, acaso como premonición de cuanto le sucedería a partir de entonces con el devenir de los lustros y los decenios, pudo, por fin, ser enterrado en el cementerio civil de la capital de la machadiana España, “de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María…”, aunque sin la solemnidad y boato con que pensaban agasajarle la víspera sus colegas, cuando era esperado y no llegó aquella primera vez…

El propio Noel, tan poco proclive al ditirambo, en general, sino todo lo contrario, prodiga y canta excelencias en su ya citado artículo, tales como “Candelario vale la pena de un viaje. Los que no hayáis estado en este pueblo sólo sabréis de él que allí se aderezan los mejores chorizos del mundo. Pero si un día os decidís a visitarlo, aprovechando el ‘encanto irresistible’ de una corrida de toros, tal vez se os olviden los incidentes de la lidia, pero Candelario no se os olvidará jamás, estad seguros. Os habéis de detener ante cada casa, aunque no queráis. Sólo en ciertos dibujos de artistas extravagantes, pero geniales, se ven imágenes parecidas”, etc. Elogios que cualquier otra localidad se ufanaría en proclamar a los cuatro vientos como timbre de gloria.

“Siempre hay nieve en la sierra”…, decía, y ¡ay del día en que aquélla desaparezca no de las crestas serranas, las siluetas, los perfiles y contornos a cual más caprichosos y hermosos que se columbran a simple vista desde aquel pueblo, “maravilla de los artistas”, sino la que no se descubre más que desde el interior de las mismas alturas inmensas! Las que cada año, indefectiblemente, y en toda su magnitud de leguas y más leguas por todos los horizontes, cubren con su aparente levedad y su blancor deslumbrante, borrando de la faz de la tierra durante meses del crudísimo invierno todas las anfractuosidades que conforman las grandes montañas; los despeñaderos pavorosos y los riscos sobrecogedores; las bucólicas praderías, majadas y brañas de estío; los barrancos, cuevas, simas y cavernas sin cuento, henchidas de misterios brujescos. Incluso las lagunas de caudales sin fondo, en el solsticio hiemal sólo frecuentadas por águilas, buitres y gavilanes altaneros; algún que otro quebrantahuesos; alcotanes, halcones y el resto de avechuchos más o menos gigantes; así como por fieros lobos legendarios; y, ¡cómo no!, por jabalíes con sus camadas de cochastros, conejos, liebres y mil otros animales que deleitan los más selectos paladares.

Hasta cuando se despiertan los cálidos alientos del buen tiempo, y aquellos rigores invernizos a los que se asoman todos los silencios, se trastruecan en placidez de égloga, en resurrecciones de alegría por entre los sudarios de muerte y nieve reventando primaveras, y reaparecen los canchales con musgos de siglos y líquenes vírgenes montañeros. De unas montañas plagadas de millones de perlas de rocío, reverberos de nieve bajo los soles y las lunas. Las cuales, si ayer estaban coronadas de nubes algodonosas, hoy son de fantásticos rosicleres cervantescos; mañana, de rayos y relámpagos magníficos y truenos horrísonos, que abren aquellas entrañas preñadas de corrientes de aguas subterráneas, que comienzan a derramarse, pletóricas y vivificantes, por todos aquellos abruptos contornos, siguiendo por regaderas, acequias o regatos perfectamente canalizados a lo largo de las orillas de las calles candelarienses, por donde las aguas de los neveros bajan cantando la seductora canción de las ondinas, invisibles a simple vista, y sobre las que se cuenta que en los conticinios -esas horas mágicas de la noche en que todo está en silencio- se corporeizan, desnudas, tiesas las cumbres de sus turgentes gracias femeniles por las dentelladas del frío.

Rústicas fontanas sin tritones ni sirenas, sin angelotes mofletudos o meones, ni  monstruos marinos de bronce o piedra jugando con las aguas de plata, como en los palaciegos jardines y los grandes parques de las metrópolis más antañonas.

Si bien el firmante ya peina canas, y aun cuando, como dijo el poeta, tiene más al alcance de la mano los pámpanos de octubre que las rosas de abril, todavía bebe a diario los vientos por las musas. A todas las cuales, mientras vaga, divaga y sueña por estas laberínticas, sinuosas, pinas y empedradas callejuelas, persigue en su soledad, envuelto en la melancolía de sus añoranzas bajo las sombras de castaños, nogales, tilos, robles, fresnos, abedules, pinos, alisos y arrayanes, así como bajo los vuelos de chirlomirlos y aguzanieves; de nada venerables urracas y murciélagos enloquecidos; y bajo los irisados revuelos de libélulas, mariposas y fosforescentes luciérnagas.

Son numerosas las fuentes de nombres hermosos desparramadas por doquier en este Candelario, que cada día que amanece cautiva con renovado embrujo, hechizo y fascinación… Como las del Parque, el Arrabal, el Barranco, las Ánimas, los Perales, la Romana, la Hormiga, la Cruz de Piedra, la fuente Chica, la de la Carretera, etcétera, en todas las cuales se bañan, seductoras, las ondinas, esas ninfas que moran en las aguas. O las mitológicas náyades, que habitan en los ríos y las alfaguaras; las dríadas, esas sílfides de los bosques, cuya existencia dura lo que la vida del árbol al que se suponen unidas; las diosas, esas falsas deidades femeninas; o las musas, cada una de esas divinidades que protegen a las ciencias y a las artes liberales, en especial la poesía, que alientan a raudales en este paraíso perdido…

‘Una cuchara en Los Arapiles’, por Ignacio Carnero

Cuchara Arapiles

Pues parece mentira, aunque sea una verdad perogrullesca, incontestable a todas luces, que así como quien no quiere la cosa han transcurrido ya casi doscientos años desde el memorable 22 de julio de 1812, fecha aquella en la que se libró la célebre batalla entre los dos altozanos conocidos como Los Arapiles, el Grande y el Chico.

Resulta igualmente asombroso y punto menos que increíble, que, al cabo de estos dos siglos con incontables millares de curiosos explorando y husmeando por aquellos inhóspitos parajes en busca de tesoros históricos de cualquier tipo -como un relicario, una medalla, un hueso, una bala, un diente, una moneda, un botón, una insignia, un dije, una herradura, un amuleto, una sortija, etcétera-, haya sido el bitacorista, que de tarde en tarde se pierde sin mucho venir a cuento por aquellos andurriales, quien hallara como por ensalmo no hace tanto tiempo una antigua cuchara sopera, herrumbrosa tras tantos años de abandono bajo la cruda intemperie de soles despiadados, escarchas, tormentas, nieves, hielos, ventiscas esteparias y todos los cierzos desatados del universo…

Cuchara Arapiles

Porque desde aquel glorioso miércoles, festividad de María Magdalena, penitente, san Platón y san Teófilo, mártires, y san Cirilo, obispo, cientos de vecinos de aquellos alrededores, miles de forasteros patrios y extranjeros, millones de hombres y mujeres, en suma, atraídos por la nombradía del histórico hecho de armas, han recorrido aquellos yermos de arriba abajo y de abajo arriba, siguiendo las infinitas rutas de la rosa de los vientos, y no sólo palmo a palmo, sino milímetro a milímetro, e incluso con imanes y aparatos idóneos para prácticas zahoríes, sin la gran suerte de hallazgo alguno, ¡oh, desencanto!, digno de mención y gozo, tal como le ocurrió en su día a este columnista.

El cual, tan absorto y embebecido en la recreación imaginaria de la batalla estaba, que en el meollo de su cerebro, en su mente siempre libre parecía estar como reproduciéndose en la lejanía del tiempo el bélico y horrisonante fragor de los cañones escupiendo por sus fauces fuego y muerte; el silbido de los disparos de la fusilería, ya sin peligro, pues suenan, siendo indicio, según dicen, de que ya pasaron; los abracadabrantes relinchos caballares; el tronar de las rocas al saltar por los aires en mil pedazos; y los alaridos de pavor o entusiasmo en los diversos idiomas de las tropas beligerantes, aunque claramente inteligibles, entremezclados, y que erizaban la piel toda y el cabello, e incluso hasta los tuétanos del alma de la sufrida y anónima soldadesca allí aglutinada, compuesta por millaradas de combatientes.

Arapiles Salamanca

Tras resistirse y negar su presencia durante tantísimo tiempo a buscadores sin cuento, tal vez algún reciente chaparrón removió un puñado de tierra en cualquier torrentera, merced a lo cual aquel cubierto metálico salió a la superficie, quedando expuesto al calor y al brillo del sol. Y quiso el azar que a la mañana siguiente el caminante repusiera sus fuerzas descansando en una piedra sus posaderas fatigadas por la ascensión a la cumbre del grande de Los Arapiles, atrayendo la atención de su mirada aquel objeto sobre cuyo mango incidía un rayo solar.

Más contento que unas castañuelas, el paseante tomó en sus manos temblorosas la cuchara, fijando presto sus ojos en la infrecuente letra “W” en aquélla grabada bajo una borrosa corona, al parecer ducal. En consecuencia, comenzó a divagar acerca de su posible propietario, que no debió de ser otro, pues pudo permitirse el lujo de grabar una inicial en sus cubiertos, que el héroe de la Guerra de la Independencia Arturo Wellesley, primer duque de Wellington, vencedor, junto con la lluvia y las hemorroides, de Napoleón tres años más tarde en Waterloo.

Medallon Wellington Plaza Mayor Salamanca

Como quiera que el combate tuvo lugar a diez quilómetros al sur de la capital salmantina, por dicho motivo es también conocida con el nombre de batalla de Salamanca, y se libró entre las tropas mandadas por el ya citado duque de Wellington -constituidas por siete divisiones británicas, una portuguesa y una española-, que infligieron la derrota al ejército napoleónico a las órdenes éste del mariscal Marmont.

Como triste colofón a aquel desastre de las huestes invasoras (¡dos mil muertos, tres mil heridos y siete mil prisioneros!), el rey José Bonaparte, vulgo Pepe Botella -por su supuesto alcoholismo- o Rey Plazuelas -por las muchas que inauguró-, debió hacer mutis por el foro abandonando Madrid, y las tropas francesas evacuaron de forma definitiva, primero Andalucía, y después, poco a poco, el resto de la vieja piel de toro que avasallaran un día malhadado.

En el monolito erigido en el Arapil Grande, perfectamente visible a simple ojo en los días claros desde el corazón de la ciudad, durante muchos años existió una hermosa placa de mármol blanco que ostentaba, en justo reconocimiento a vencedores y vencidos, la siguiente inscripción laudatoria: “Arapiles, 22-VII-1912 / Al Ejército español. / Gloria al Ejército portugués. / Loor al invicto Ejército inglés. / Al valiente Ejército francés”.

Monolito Arapil Grande

En la actualidad aquélla leyenda ha sido sustituida por otra que sólo reza el nombre de la pequeña población, así como la fecha en que se disputó la histórica lucha.

Conviene aclarar, por si las moscas, que no existe en sus cercanías establecimiento de hostelería alguna, por ínfimo que éste sea. Por cuanto es menester que quien, por aproximarse el bicentenario de la efeméride, se anime a disfrutar unas amenas horas reviviendo emociones pretéritas en aquellos escenarios antaño bélicos y hoy bucólicos por los cuatro puntos cardinales, se  provea de unos bocadillos de suculenta tortilla española, de impar jamón del cercano Guijuelo o de chorizo único de matanza casera propia de Las Veguillas, e ir regándolo a medida que lo pida la garganta con unos generosos tragos de buen vino, como para dar envidia al mismísimo Bonaparte, quien, ya curado, por supuesto, de sus malditas hemorroides, acaso nos está contemplando desde las alturas de la gloria eterna, imperecedera.

Autor: Nacho Carnero

‘Setas de Cilleros el Hondo’, por Ignacio Carnero

Cilleros el Hondo. Salamanca

Confiesa sin rubor alguno el articulista que, desde que tuvo uso de razón, siempre sintió no ya sólo un miedo cerval, sino hasta pánico, por el simple hecho de imaginar la ingestión de una sola seta venenosa, de cuyas malignidades oyera contar horrores. Como que familias enteras murieron por comer un insignificante hongo en apariencia inofensivo, arrojando por la boca bofes e hígados, destrozados todos los miembros por un pizco de aquellas plantas, que debían de ser sin duda invención del propio diablo.

Hasta que cierto anochecer, el cual no se le olvidará al paseante aunque viva mil años, punto menos que de forma rocambolesca probó una chispa microscópica de turma de tierra, hongo carnoso subterráneo y que guisado es muy sabroso, especialidad de un establecimiento hostelero charro, acreditado por sus productos micológicos.

Durante toda la noche, ¡ay!, que se le hizo eterna, estuvo sin pegar el ojo, porque le parecía que aquel miserable pizco de seta ya estaba causando estragos en su organismo. Pues tan pronto parecía dolerle el bazo, como el espinazo, la oreja diestra, el dedo gordo del pie siniestro o las ingles, pensando que ya no conocería el venidero amanecer.

Mas he ahí que, como si tal cosa, comenzó poco a poco a clarear la noche, llevándose consigo las sombras nocturnas todos los torbellinos de temores, aprensiones, inquietudes y angustias que le atormentaron durante un puñado de horas, largas como Cuaresma sin pan y sólo deseables para los más odiados enemigos. ¡Había comido una seta, y él seguía vivito y coleando! ¡Y vive Dios si estaba exquisita la condenada!

A partir de entonces, pues, y luego de degustar mil variedades y guisos diferentes de aquellos hongos inocuos, los miedos y pánicos de antaño, como por arte de birlibirloque se trocaron en casi auténtica gula, como si tratara de recuperar aquel tiempo perdido.

Elaboradas con primor singular por la imaginación de los cocineros, son convertidas en suculentos manjares de dioses en la mayoría de los casos, llámense de cardo, perrechico o perrochico, lepista, blanquilla, de mayo, de primavera, de San Jorge, etc. Y es que, salvo la no sólo peligrosa, sino mortal -que se lo digan, si no, al emperador Claudio y al archiduque Carlos de Austria, que se permitieron catar la conocida como amanita faloide (por su forma fálica), la multitud de diversidades restantes, en su práctica totalidad, son comestibles, bien que nazcan en lugares tan dispares de la vieja piel de toro, como el Cuartango, Llanes, el bucólico valle de Lastur… o Cilleros el Hondo.

Cilleros el Hondo. Salamanca

Porque en este apartado rincón charro, según los más selectos paladares, florecen unas de las setas más deliciosas del mundo. Y parece ser que fueron tres rezagados soldados de la francesada, que huían con las orejas gachas tras el descalabro sufrido en Los Arapiles, quienes descubrieron que unas que crecían por la ribera derecha del Zurguén, eran las más exquisitas que jamás habían probado en sus dilatadas correrías y batalleos a la sombra de Napoleón, al que habían acompañado desde Austerlitz hasta Jena.

Aunque hoy prácticamente desaparecido, según la noticia que registra el “Diccionario Geográfico…”, (1845-1850), de Pascual Madoz, el citado Cilleros era un “lugar con ayuntamiento en la provincia, partido judicial y diócesis de Salamanca, situado, como manifiesta su nombre, en una hondonada. Las casas ascienden a 36, entre las cuales se cuenta la del Ayuntamiento, que sirve para escuela a la que concurren doce niños bajo el cuidado de un maestro sin título que percibe 500 reales anuales de dotación. Tiene una iglesia parroquial (San Miguel) con cura propio y dos fuentes de excelente agua.”

En la actualidad, circulando por la carretera provincial que discurre desde Aldeatejada hacia Morille, hay que ir ojo avizor para no saltarse a la izquierda el diminuto indicador que señala donde está enclavado el lugar que hoy reclama nuestra atención. De aquellas 36 casas, así como del Ayuntamiento, no queda ni rastro, y sólo se mantienen en pie, aunque malamente, las cuatro paredes de la iglesia. Invaden su interior cardos silvestres, ortigas y jaramagos, por entre los cuales pardean, verdean y rojean en fantástica orgía de colores lagartijas sin cuento entre los escombros de la techumbre que se desplomó nadie recuerda cuántos años atrás, a la sombra de la espadaña.

Cilleros el Hondo

En ésta, dominando aquellos paisajes, los más desolados, por su abandono, en muchas leguas a la redonda, se alza un descomunal nido de cigüeñas que, tal vez en muchos meses, no han avistado a persona alguna, salvo al articulista, que brujuleaba por aquellos parajes en busca de las delicias micológicas descubiertas hace doscientos años.

Así, pues, una espléndida mañana de octubre, el escritor, contento y feliz, atravesó el cada vez más decadente despoblado, en busca de la orilla derecha del Zurguén, al objeto de poder obsequiar en breve su estómago con un suculento festín de las tan elogiadas maravillas, dejando luego su vehículo en un infernal caminejo. Cuando al pronto, estando ya como a un tiro de piedra monte adentro, ¡horror de los horrores, que a punto estuvieron de desmandársele los grifos del pánico!, descubrió que un can gigantesco, de truculentas fauces, se aproximaba, en con rumbo hacia donde se encontraba el solitario.

Si bien afirman que el perro es el mejor amigo del hombre, el firmante, aun cuando no cuestiona el dicho, estima que no se trata sino de un animal irracional y, en consecuencia, se ignora cómo podrá reaccionar. Y aquél, por su grandor casi asnal, seguramente que agrandado por el miedo en aquellas soledades inhóspitas, le recordó al que, mientras devoraba las descripciones con que Conan Doyle pintaba al terrorífico sabueso de los Baskerville, le erizaba el vello de la piel y el cabello. Por cuanto, sin encomendarse a dios ni a diablo alguno emprendió una huida frenética, enloquecida, despavorida, como nunca jamás había corrido en su vida, para resguardarse de tan imprevisto animal en el interior de su automóvil, donde estaría a salvo del cánido.

Mas cuando éste vio a un extraño que se dirigía como un loco furibundo en su misma dirección, el pobre animal, también sorprendido, enfrenó su rítmico y placentero correr para dar media vuelta y poner patas en polvorosa, huyendo de quien invadía sus dominios, perdiéndose en lontananza como alma que llevara el demonio, pues no parecía albergar buenas intenciones, no, aquel invasor de sus cortornos, quien, casi con absoluta seguridad, portaba una navaja setera para degollarlo sin venir a cuento…

¡Adiós, pues, a las setas maravillosas de Cilleros el Hondo, ya que el ‘bitacorista’ jamás ha vuelto a apearse por allí, por si acaso aparece el perro de marras, acompañado de alguna jauría a vengarse del susto morrocotudo que le propinó un mal día!

Autor: Nacho Carnero

‘Crustáceos decápodos, vulgo cangrejos’, por Ignacio Carnero

Quizá parezca una simpleza o perogrullada o, tal vez, sea una impresión equivocada. Pero en estos tiempos que corren, tan desfavorables para la cultura en general dado que en un porcentaje rayano en el cien por cien de los habitantes de países ‘civilizados’ casi todo se reduce a conocer e idolatrar a auténticos chisgarabises que están embolsándose millonadas de euros a base de balones, pelotas, ruedas (salvo las de los esforzados, heroicos y épicos ciclistas, por supuesto) y volantes de potentes bólidos -todo redondo-, conviene recordar e incluso hasta aclarar, pues acaso se trate de la primera vez en su vida que se encuentran con los dos vocablos primeros del título, que se llaman crustáceos ciertos animales artrópodos de respiración branquial, con dos pares de antenas, que tienen costra o caparazón generalmente calcificado, y decápodos, porque están dotados con diez patas, como, por ejemplo, los cangrejos de río.

Aclarada, pues, tan preocupante, vergonzosa e increíble cuestión, el ‘bitacorista’ se sorprende ante el gran cúmulo de remembranzas entrañables y preñadas de nostalgias que casi siempre reverdecen en el interior de su mente por estas fechas ya casi a finales del estío, cuando los mayores cangrejos van ocultándose en las entrañas de ríos, regatos, arroyos y riveras, quién sabe si para hibernar y reaparecer luego con fuerzas renovadas en la siguiente primavera, aún muy lejana.

Habrán transcurrido, a buen seguro, alrededor de cincuenta años, ¡se dice bien y pronto, confirmando la certeza de aquel viejo dicho, según el cual no hay caballo ni viento que corra más que el tiempo!, desde cuando este articulista se inició en la captura cangrejeril, aunque no en el manejo de los aparejos fundamentales y habituales para esa pesca, como pueden ser los reteles y las pértigas con su horquilla correspondiente.

Porque algún tiempo antes, todavía imberbe, y cuando el columnista cursaba sus estudios eclesiásticos en el seminario salesiano de Zuazo de Cuartango (Álava), durante bastantes tardes de asueto de los jueves veraniegos los estudiantes se dedicaban con frecuencia a la honesta distracción de ‘apresar’ cangrejos en tramos cristalinos y poco caudalosos del río Bayas, que discurre por aquel valle. Y conste que se ha escrito adrede apresar (asir, tomar o coger con la mano), pues dichos animales eran así capturados, con valentía, a golpe de yema de sus tiernos dedos introducidos como cebos por entre las oquedades o intersticios de las roquedas musgosas.

Y así, a cada doloroso pinzazo propinado por el cangrejo de turno, éste, ingenuo, engañado, salía de su hábitat natural, prendido a la piel del dedo de los valientes, yendo a engrosar una gran lata de las de queso americano, dentro de la cual, rebosante de agua del propio río y sólo con sal y buen fuego, los mismos sistemas que debieron de usar los trogloditas, en breves minutos se ponían colorados como demonios y servían de suculento y barato aperitivo, al aire libre del valle. Si bien, quien disfrutaba y saboreaba sin rubor alguno -‘cuando seáis padres comeréis huevos’-, la mayor y más carnosa parte de la cangrejada era el director del seminario, cuyo plato rebosaba por norma cada jueves, mientras el resto de los profesores, que tampoco había participado en la sufrida captura de aquellos crustáceos, pecaban de envidia y gula insatisfecha mirando al superior sibarita, del que alguien, que no era otro que el que hoy redacta estas líneas, no podía por menos de mascullar: ‘Quien quiera cangrejos que se moje el culo’…

Pero, en fin, corramos un tupido velo para no proseguir por unos derroteros acaso harto espinosos, y avancemos unos años en el tiempo, ya más modernizados y provistos, por tanto, de los pertinentes reteles y pértigas, al par que nos desplazamos hasta corrientes más próximas a los entornos charros, como los ríos Guareña, en viejas tierras conocidas del sur zamorano, donde nos sorprendieron muchos amaneceres cargados de heladores rocíos y relentes; y, sobre todo, en las aguas del Huebra, donde cierto día sucedió que un familiar aficionado a la pesca y quien suscribe estas historietas, poniéndose ambos el mundo por montera, consiguieron repletar un saco, tal vez con ochenta docenas, que fueron guisadas para todos los gustos, como era lógico, ante tamaña cantidad. Unos, sólo con sal, al objeto de degustar su auténtico sabor; y otros, además de la sal, pimientos verdes, bastantes ajos, un pizco de guindilla, pimentón, un chorro de aceite, unas hojas de laurel, es igual que éste esté o no bendecido el Domingo de Ramos, y a fuego lento, llegando el caldo desde las manos hasta los codos de los comensales, pues nadie ha intentado usar tenedor y cuchillo para estos menesteres.

Cangrejos de rio

Probablemente fueran de los llamados americanos (Procambarus clarkii), que por ser nocivos para los cangrejos autóctonos, carecían de límites en cuantías y largores, al objeto de conseguir su exterminación, objetivo éste que jamás se logró ni logrará.

Era ya la época en que se establecía una más estricta normativa, vigilancia y control en torno a la práctica de esta actividad, imperando siempre el número ocho: ocho reteles por barba; ocho docenas de animales, por jornada de sol a sol; ocho centímetros desde el extremo central de la cabeza hasta el de la cola, para cuya medición servía el tamaño de un cigarrillo de marca Ducados.

Pues bien, en vista del éxito obtenido, la entonces larga familia del ‘bitacorista’, compuesta acaso por una veintena de miembros entre padres, hermanos, cuñados, nueras, nietos y sobrinos, organizó una comida campestre en Aldeávila de Revilla, a base de arroz con abundantes y frescos cangrejos recién sacados del agua, y luego, por si alguien se quedaba aún con ganas, más y más cangrejos a discreción, hasta salir por las orejas.

Mas, ¡ay!, quizá hubiéramos descastado la vez anterior todas aquellas aguas, pues el hecho cierto fue que, tras varias horas depositando y levantando reteles, a las dos de aquella tórrida tarde de agosto volvió a hacerse bueno el refrán de que los días de mucho suelen ser vísperas de nada. Y entre el amarilleo burbujeante del arroz sólo lució su rojura un solo cangrejo, ¡uno!, más o menos testimonial, el cual, como era de justicia, fue a parar al estómago del padre, mientras a todos los demás se les hacía la boca agua.

Autor: Nacho Carnero

‘Hasta Cofiñal, donde todo es posible’, por @saborleon

¡Los ancestros de los Hermanos Pinzón eran de León! Qué pedazo de titular para cualquier día del mítico 1992, fruto de la mente calenturienta del jefe de cierre de un periódico leonés al desempolvar un antiguo atlas y si, además, las gentes de León tuviéramos un carácter todo lo contrario del que es. Y eso ¿por qué?, lo del titular. Pues porque en uno de los territorios de la Montaña Central Leonesa más emblemático hay un pico, un valle y un arroyo que se llaman Pinzón. ¿No es suficiente?

Los paseantes habían salido «por la fresca” dejando atrás los barrios de León, vacíos por la reciente fiesta, adentrándose en la Comarca del Condado, con olor a riego y a menta, atravesando Boñar para llegar al embalse, atrás quedaban los hermosos valles de Pardomino y Vegamián, pasando por delante de la Ermita de las Nieves a la entrada de  Puebla de Lillo  para llegar a Cofiñal e iniciar, a buena hora, una ruta que prometía.

Estamos en uno de los puntos finales del viaje que realizan los rebaños trashumantes, entre los puertos de San Isidro y de Las Señales, es la Cañada Real Leonesa Oriental, en plena Reserva del Mampodre, donde el Porma comienza a ser un aprendiz de río que no sabe de riadas. Lugar de leyendas, como la de la pena de “manos podadas” que daría el nombre a Mampodre,  sufrida por el pueblo astur una vez que fue sometido por los romanos, o la del peregrino y el lago de Isoba o la de Antón, el lugareño que se encontró con un oso y lo convenció para caminar juntos.

bosque en Cofiñal

En Cofiñal nos esperan el resto de los paseantes. Estos últimos han llegado al lugar por amor, convirtiéndolo en leyenda para los no iniciados. En versión romance podría ser la de haber seguido la llamada del Pico Toneo cuando ofrece, para disfrutar, el manto blanco que se extiende por sus laderas en invierno y cuyo eco, en verano, se esconde en las noches de luna llena en el cofre del tesoro que es Cofiñal para deleite de sus moradores, lugar donde han encontrado acogida y sosiego.

Hoy serán los guías, su propuesta fue simple: caminar por el Valle de Pinzón hasta llegar a la cima del collado del mismo nombre, bajar a Isoba y regresar a Cofiñal por la senda de la hoz “Entrevaos” que dicen los lugareños o Entrevados según se indica en las rutas oficiales. Entretanto: ir dejando atrás los Forfogones, oír el agua de los ríos Porma e Isoba antes de ser pacificados, bañarse en el Pozo de la Leña o beber agua «milagrosa” de la fuente La Jerumbrosa. ¿Les apetece acompañar a los paseantes?  

El pueblo va quedando atrás. El camino bordea prados donde se hace patente la importancia de la siega en la montaña. Otro de los paseantes, echando atrás sus recuerdos, se sitúa en lugar de los segadores que ya a estas horas tienen avanzada la labor ayudados de la maquinaria, similar a la de hace 25 años. Un joven Porma pone la música de fondo sin el peligro de que aparezcan los de la SGAE. Asoman Los Forfogones vislumbrándose las tres cascadas donde el río ruge y muestra su ímpetu ¿por primera vez? El olor a pino está en el ambiente.

Nos acercamos a la base del pico San Justo, un gigante de roca de 1.995 metros, que domina el lugar para llegar al inicio del Valle de Pinzón desde donde se observa, casi sin querer, su perfil en forma de U. Un rebaño de jatas pardas nos da la bienvenida. Enfrente, una cabaña de pastores anuncia que el territorio es ganadero. A los bordes del camino hay abundante hierba, de la que gusta pisar. Por encima de nuestras cabezas matas de brezo nos saludan, la sombra del hayedo anuncia frescor. El camino se va empinando hasta alcanzar la cota más alta (1.525 m) desde la que admiramos el Pico el Pinzón (1.618 m) y el paisaje que nos rodea. A modo de bandera: azul y verde. Ruido de fondo:  silencio. Por dentro: sensación agradable, estamos a gusto.

Trashumancia

Ahora toca descender hasta Isoba por un camino marcado por roderas y pisadas de animales. Es mediodía. No hay sombra. La pequeña laguna que viene marcada en los mapas está seca. A lo lejos, la mole del  pico Toneo, el circo de Salencias y la hendidura de Riopinos anuncian que el territorio es de nieve.

Ya estamos en Isoba. Más o menos coincide con la mitad del camino. Hacemos una parada que aprovecharemos para comer. Lo haremos guiándonos por el boca a boca en ‘Casa Federico, uno de los templos gastronómicos de León, que no tiene ninguna estrella Michelin pero que la calidez de sus platos lo aúpan a los primeros lugares del ranking de la buena comida, con platos llenos de sabor, que sorprende por la sencillez de lo que ofrece convirtiéndolo en cocina de autor. Descubrir a estas alturas la mano que tiene Paula, la cocinera, para arrancar lo mejor de los fogones no tiene gracia, pero como la mayoría de los paseantes son nuevos en las mesas de ‘Federico’, lo que hay es expectación por saborear el menú: chorizo y jamón que resultan ser auténticos de la montaña, sopa «guriguriguri», cuidado no la pidas muy «guri» o tendrás que esperar para comerla y carne gobernada. ¿Qué es? Amigo, tienes que subir a Isoba, pedir mesa en ‘Casa Federico’ y comerla. Luego nos escribes y lo cuentas. No te la podemos retratar, pero aseguramos que para describirla por tu cabeza pasarán palabras como: suave, natural, original, saludable, deliciosa, sorprendente… Entre los paseantes, todos de buen yantar, comprenden el dicho de el que viene a mesa puesta no sabe lo que cuesta que cuelga de una de las paredes y que te recuerda Andrés. ¿Quién es Andrés? Otro actor que forma parte del reparto de la película que es ‘Casa Federico’. Puede enviarte al Vaticano o “comerte la oreja” con degustaciones que son “estilo fusión”.  Es de Madrid.  ¡Que tiemble la costa el día que decida «asentar sus reales» en ella!

Gastronomía Leonesa
Embutido para empezar

Es hora de comenzar el camino de vuelta. La senda se encuentra bien señalizada. Salvamos una cerca de madera para adentrarnos en la vega siguiendo el curso del río. Al fondo, la Hoz de Entrevaos nos espera, por una parte el Pico San Justo, por la otra el Pico Runción. El protagonista del camino es el Río Isoba, hoy limpio, sereno, cantarín. Una cascada, una poza; otra cascada, más pozas. Se aleja y se acerca de la senda. Nos adentramos en una zona de piedra para llegar al final de la quebrada donde la sombra de vegetación nos aplaca los calores.

A la derecha, un cartel anuncia: al Pozo de la Leña. No se puede pasar de largo ya que nos perderíamos la contemplación de uno de los lugares más bonitos de León, un “lugar 10”. A medida que nos acercamos, el ruido del río. En la bajada, complicidad en un lugar de misterio. De repente, un lugar hermoso donde el agua desborda la roca con chorro decidido que espera a los bañistas. Irresistible. Contraste de luz, ruido, naturaleza.  Para disfrutar.  Para compartir. Para recordar. Para reflexionar sobre de dónde venimos y qué tenemos.

Porma

Enseguida llegamos a las praderías de Cofiñal, más adelante varios guindales ofrecen sus frutos rojos. Volvemos a encontrarnos con el Porma y Cofiñal, donde todo es posible.

Por @saborleon

‘¡Pobres nuestros ricos pepinos!’, por Ignacio Carnero

Dicen ciertas lenguas ociosas y viperinas -aunque el ‘bitacorista’ o ‘bitacoristo’ se resiste a creer el caso comentado-, que la más ínclita de las actuales ministras, de cuyo nombre ya casi nadie quiere acordarse pues en breves meses será ‘ex’ de todo, la cual, de igual modo que el movimiento se demuestra andando, parece ser muy versada, muy erudita, en cuestiones lingüísticas, se refería hace escasas fechas al grave problema surgido recientemente en determinados puntos de Europa con nuestros pepinos y, agárrese, lector, que viene curva, ¡con nuestras pepinas!

Y es que con la necia manía de defender a ultranza un feminismo mal entendido y sin sentido de la ridiculez, tan en boga en estos malos tiempos que corren para el castellano, están alcanzándose cotas abrumadoras, insospechadas hasta no hace aún muchos años.

Como, verbigracia, barbaridades tales que ‘miembros’ y ‘miembras’, ‘mujeras’ y ‘mujeros’, ‘hombres’ y ‘hombras’, ‘hembras’ y ‘hembros’, entre otras muchas sandeces que circulan hoy, principalmente entre determinadas gentes que se consideran la crema, la flor y nata de la progresía. Merced a éstas no sería de extrañar que cualquier día, no bien se enteren de que por Candelario, localidad reputada por la gran mayoría de sus visitantes como la quintaesencia o como la octava maravilla de los pueblos de la provincia charra, discurre un humilde riachuelo llamado Cuerpo de Hombre, reivindicarán el cambio de su denominación, por la de Cuerpo de Mujer. Y, si no, demos tiempo al tiempo…

Sólo habrá que esperar a que el ilustre ‘pensador’ de Béjar invite en cualquier momento a conocer, por ejemplo, el embrujado Tranco del Diablo, o saborear el calderillo, suculento plato típico de la zona, a la pronosticadora de un acontecimiento interplanetario que nada tuvo luego de histórico, según era de esperar, quedándose todo en agua de borrajas. Y es que, en puridad, no hay derecho a bautizar a un río con semejante nombre, pues no se trata más que de un machismo puro y duro trasnochado.

Como igualmente una politicastra centroeuropea, ministra de Sanidad de cierto país dela UE, para curarse en salud y, por si acaso, lavándose las manos, tampoco tiene derecho a lanzar al buen tuntún, pero no ni siquiera como presunción, sino categóricamente, la especie de que una partida de pepinos españoles -más en concreto, procedentes de Almería y Málaga-, eran portadores de una bacteria que provoca algún peligroso desarreglo intestinal e, incluso, puede acarrear hasta la muerte, conociéndose aquélla con el nombre científico de síndrome urémico hemolítico.

Y como el miedo es libre, pues no en vano fallecieron cerca de una veintena de personas a consecuencia, resultó ser, de un virus desconocido, muchas de las hortalizas españolas sufrieron los efectos del pánico generado por las intolerables declaraciones de tamaña irresponsable, siendo aquéllas boicoteadas en numerosos mercados europeos.

Se cifran  en cientos de millones de euros las pérdidas causadas por el rechazo de productos de nuestras huertas, si bien los malpensados, que nunca faltan, tal vez por aquel viejo refrán, según el cual si piensas mal acertarás, estiman que a la hora del reparto de las indemnizaciones por el perjuicios ocasionados, éstas no serán, como debería ser, sólo para los damnificados, resarciéndose de sus pérdidas, trabajos y sinsabores. Sino que, como casi siempre ocurre, entrará en juego no solamente la picaresca y la villanía de los corruptos de turno, y alguien no afectado en modo alguno por el preocupante problema intentará y hasta conseguirá convertirse, ilícitamente, en millonario, importándole un pepino cualquier posible descalabro o ruina ajena.

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Sin embargo, hay que reconocer, por otra parte, que la ocasión ha servido de recordatorio a muchas personas de la existencia de tan jugosa cucurbitácea, que aquí y ahora nos ocupa y preocupa, un tanto en el olvido otras primaveras y veranos, ya que en esta tierra de nuestros pecados su consumo se ha visto incrementado hasta extremos desconocidos, acaso en réplica indignada por el despropósito de la insensata politiquera hamburguesa, quizá para demostrarle así el error y la felonía de sus acusaciones.

En torno a la planta, se han rescatado dichos antiguos a cual más absurdo bien es cierto, que dormían el sueño de los justos, como “Sobre el pepino, vino”, “Sobre el pepino, agua y no vino”, por cuanto se advierte que no se ponen de acuerdo los paladares; “Arroz y merluza, melón y pepino, nacen en agua y mueren en vino”, “Lo que en el agua se cría, se come con vino: tales son el pez, el arroz y el pepino”; o aquel otro, cuyo autor debió de sufrir una seria indigestión ‘pepinesca’, pues no se cortó ni un ápice al afirmar que “Más vale un mal melón que un buen pepino”.

Se ha recordado, además, que se utiliza con frecuencia, casi mágicamente, para mantener la lozanía de la piel, así como en productos para combatir las antiestéticas ojeras y arrugas que nada tienen de bellas, pese a ciertos eslóganes estomagantes y aburridores.

Y se ha puesto de manifiesto que es sabroso comestible, que se presta a múltiples combinaciones nada exóticas, como se demuestra con los pepinos rellenos de atún del Norte, de anchoas de Motrico, de huevos cocidos, con miel de Valero, etcétera, si bien el plato favorito y refrescante por excelencia es el más sencillo, como puede ser el servido en finas rodajas, sólo aderezado con un pizco de sal y un chorro de aceite…

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Existen, pues, multitud de razones que aconsejan su consumo, frente a la infundada sospecha de la bacteria Escherichia coli, engendro tan sólo posible en la sesera calenturienta de una politicuela que consiguió hacer la puñeta a cientos y cientos de españoles.

¡Ay! ¡Si cayera en manos de los miles de agricultores afectados por el infundio de la tal Cornelia Prüfer-Storcks, esa es la gracia y desgracia de la elementa que culpabilizó a nuestro país del dichoso SUH! ¡Seguro que la correrían no a gorrazo limpio, dicho vulgarmente, sino a cucurbitaceazos sin pelar, por donde dicen que dicen las lenguas ociosas y viperinas que más amargan los pepinos!

Autor: Nacho Carnero

‘Hornazo, un bocado viripotente’, por Ignacio Carnero

Desde varias centurias atrás -postrimerías del siglo XVI o albores del XVII- y hasta no hace tanto tiempo el mujerío y la chiquillería de la ciudad de Salamanca llamaban eufemísticamente padre Lucas al que, en realidad, era conocido como padre Putas. No en vano éste era el encargado de la protección de las rameras locales mientras permanecían desterradas de la casa de la mancebía, extramuros del casco urbano, durante las Cuaresmas. Largos periodos anuales en que, por imperativos eclesiales y municipales al unísono, descansaban en el innoble ejercicio de la medianamente bien remunerada profesión del puterío.

Recuerda el firmante ahora, con claridad meridiana, que en esos tiempos del aludido eufemismo -manifestación decorosa de vocablos cuya franca expresión sería malsonante-, hasta los autores anónimos de los diccionarios eludían aclarar los significados de las palabras consideradas escabrosas por sus mentes retrógradas, calenturientas, cachondas hasta la inverosimilitud y cuyo conocimiento por parte del común de los mortales parece ser que podría conducirles en derechura, ¡qué horror!, a las calderas de Pedro Botero.

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Así, pues, a título de ridículos ejemplos, decir oralmente, pues nadie se atrevería a intentarlo por escrito: ‘paja’, ‘joder’, ‘follar’, ‘picha’, ‘cojones’, o bien otras variaciones sobre atributos, usos y disfrutes sexuales femeninos, masculinos y hermafroditas, sería exponerse gravemente a la condenación eterna, pues se trataba de expresiones chabacanas, en verdad. Las cuales, en los “palabreros”, eran reemplazadas por los llamados salvadores, obsesos del sexo, custodios de la reserva espiritual de Europa, por otras dicciones como onanismo, que no había cristiano que medio entendiera su significado; como fornicar, ¡fornicar!, confundiendo, tal que diría el castizo, el tafanario con las témporas, pues el hecho en sí era idéntico, aunque matizando la salvedad de si se realizaba dentro o fuera del matrimonio; el pene era designado como miembro feo; y la versión grosera de los testículos, era convertida, en expresión fina, como epidídimos. Y es que cuando pateta, entiéndase el diablo, no sea que haya algún malpensado, no tiene que hacer, con el rabo mata moscas…

No fueron gloriosos, por supuesto, sino más bien penosos, pecadorizos, y ahora son considerados desternillantes aquellos tiempos en los que en los periódicos se permitía hacer publicidad de pudibundos trajes de baño femeninos -aún faltaba bastante tiempo para que naciera el biquini-, si bien, según se aclaraba expresamente, sin señoras o señoritas dentro; increíbles tiempos en los que una mujer menstruosa, pues en caso contrario sería considerada monstruosa, se atreviera a recibir en esas condiciones sonrojantes el sacramento de la comunión, que era, ¡casi nada!, una visita personal de Dios a los miserables humanos…

Se entiende a la perfección, pues, que tras cuarenta y muchos días de ayuno y abstinencia, aunque es claro que se utilizaría el recurso siempre a mano -nunca mejor dicho- del citado onanismo, los estudiantes, entonces no había estudiantas ni jóvenas, como disparataría cierta sevillana, presidenta consorte, fueran a buscar alivio y alborozo, que rima con gozo, en las señoras prostitutas que habían permanecido en aquella reclusión obligatoria allende el Tormes, en algún punto del poético valle del Zurguén o de Tejares, éste, antaño, pueblo y hoy barrio trastormesino.

Hornazo viripotente

Dicen bastantes malas lenguas y algún que otro malpensado que ante tamaño y frenético desgaste de virilidad tanto tiempo contenida; y que frente a semejante desfogue de volcanes en erupción que pedían los cuerpos cachondos, hubo que inventar algún reconstituyente poderoso, pues no se podía andar con zarandajas que pusieran en peligro la salud de los hombres del mañana.

Por cuanto alguien un día ideó un gran bocado nutriente como pocos, fortificante a carta cabal y que fuera ideal para, sin más requisitos ni preparativos, engullir en pleno campo, entre descargas furiosas de la libídine, siendo, además, fácilmente transportable, y que ya no necesitara recalentamiento ni cubierto alguno para llevárselo a la andorga. Algo que sí requerían cocidos, alubias, lentejas, por ejemplo, con fama de grandes revitalizadores de fuerzas perdidas en los más dispares menesteres.

Nació entonces, sabroso pero mazorral, el hornazo, que no era sino una gruesa y áspera masa de pan rellena de chorizo sin tino, tajadas de lomo con dos dedos de grosor, pedazos de jamón no menos gordos y huevos cocidos a discreción. El cual invento, con el devenir de las cuaresmas, fue tentando a los más afamados cocineros desde aquel tiempo a esta parte, consiguiendo unos éxitos apoteósicos.

Si bien, a medida que fue desapareciendo la tradición del semanasantero exilio puteril, y perdiendo su urgente razón de ser, sin perentorias reposiciones de fuerzas tan bárbaramente perdidas, fueron puliéndose cada vez más las tosquedades primeras.

Quien más y quien menos ha alardeado de cocinar auténticas maravillas, asegurando todos ellos, como si fuera el no va más, el más difícil todavía, que sus hornazos, verdaderas obras de arte, estaban como para chuparse los dedos, bien es cierto.

No es menos verdadero, sin embargo, que todos ellos han visto minimizados sus triunfos cuando cierta salmantina, metida a cocinera sólo en épocas cuaresmales, convirtió aquel rudo pan en manjar de dioses: pues la áspera masa, por obra y gracia de su inspiración y toque mágico, es delgada, casi como un silbido; el chorizo, de la mejor calidad posible, ibérico y cortado en finas lonchas, al igual que el lomo y el jamón, así como los huevos cocidos, no enteros, sino troceados, con un secreto punto de cocción.

Tan distintos son ambos, como el día y la noche; hasta el extremo de que, cuantos tuvieron alguna vez la envidiable oportunidad de saborear estos últimos, han llegado a temer que con los tales hornazos, en cualquier momento van a hacerle la competencia a la ínclita Venus de Milo, sucediéndole lo mismo que a ella: Que de tanto y tanto chuparse los dedos, primero van a ir éstos desgastándoseles poco a poco; hasta que, a ese paso, se queden luego sin manos; después, sin antebrazos; y así, casi hasta sin la mitad de los brazos… Y es que, en puridad de verdad y sin pasión, ¡vaya si están no sublimes, sino excelsos, superiores, estos patricios hornazos!

Autor: Nacho Carnero

‘Exquisitos peces del Tormes’, por Ignacio Carnero

Iglesia de Alba de Tormes

Meterse en la boca del lobo es exponerse cualquier persona, sin necesidad alguna, a un peligro cierto, de la índole que sea. Es igual que cuando se dice, más o menos finamente, tentar a Dios, buscar pan de trastrigo, jugar con fuego o buscarle tres pies al gato. Pero cuando se quiere manifestar cualquier indignación en grado superlativo, el pueblo llano utiliza otras frases más subidas de tono, rotundas y crujientes. Como, por ejemplo, tocar las partes nobles o los epidídimos, por no decirlo de manera más populachera o chabacana, tal que tocar los cataplines, etcétera…

Muy ricos

Y eso, ni más ni menos que tocar los cojones, algo que no se le ocurriría ni al que asó la manteca, fue cuanto se permitieron en la pacífica villa ducal de Alba de Tormes (Salamanca) el autoproclamado papa Gregorio XVII, fundador y pontífice máximo de la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz, ¡aten esa mosca por el rabo!, de El Palmar de Troya (Sevilla), Clemente Domínguez Gómez en el DNI, acompañado por ocho de sus obispos, en la tibia tarde del 17 de mayo de 1982.

Plaza de Alba de Tormes

Pues, luego de retirar por su cuenta y riesgo una señal de prohibición del acceso de vehículos a la plaza Mayor, y una vez en el interior del céntrico y próximo templo del convento carmelitano que guarda veneradísimos recuerdos de Santa Teresa de Jesús, dicen que el invidente mandamás se enfrentó al prior de los carmelitas que por allí estaba, al cual increpó y con el que, según se comenta, forcejeó, sin que el asunto llegara a alcanzar mayores consecuencias, gracias a la mediación de varios peregrinos catalanes, devotos de la santa andariega y doctora de la Iglesia Católica.

Pero, enconados de nuevo y cada vez más los ánimos, y los nervios a flor de piel de los contendientes, parece ser que alguien echó por fuera la llave de la puerta, dejando encerrados a los herejes. Y hubo toque a rebato de campanas, a cuyo enloquecido sonar se dispararon por todos los puntos cardinales de la villa los más inquietantes rumores, en el sentido de que aquellos intrusos pretendían llevarse las preciadas reliquias de la patrona de la localidad. Que Clemente y sus satélites habían insultado a la Santa, a las madres y al pontífice Juan Pablo II, cuya visita se preparaba ya para medio año más tarde, a primeros de noviembre.

Iglesia de Alba de Tormes

¡Y ahí sí que pudo ser Troya! Varios centenares de vecinos armados de ira, zapatillas, coraje, alguna que otra sartén, badilas, piedras, indignación, palos y cayados acudieron hasta los aledaños del escenario de la tropelía que estaba teniendo lugar en aquellos momentos para defender a ultranza las reliquias seculares y las entrañables madres, las religiosas encargadas de su custodia, contra aquel puñado de desalmados, sacrílegos y blasfemos forasteros con sotanas indignas que estaban amasando y cociendo un pan como unas hostias, y a los que les iba a salir el tiro por la culata.

Mal que bien protegidos por miembros de la benemérita, que se las vieron y se las desearon para evitar males mayores, pudieron aquéllos abandonar el recinto sagrado y llegar entre amenazas e insultos hasta sus automóviles aparcados en la plaza. Si bien al final aquella muchedumbre de alrededor de mil albenses, volcó los dos vehículos, golpeando a sus aterrorizados ocupantes, alguno de los cuales es de suponer que pensó en medio de aquella barahúnda engrosar esa tarde, inolvidable en la historia palmariana, la nómina de su martirologio particular.

Alba de Tormes

Sin embargo, no llegó la sangre al río, aunque todos aquellos nueve esperpentos, como escapados de cualquier página valleinclanesca, tuvieron que recibir asistencia sanitaria por las descalabraduras y heridas de toda laya de que fueron objeto, acogidos a la hospitalidad de otro convento cercano, a instancias del párroco y el alcalde en funciones, quienes, junto con la guardia civil, lograron rescatarles y librarles de un más que seguro y trágico linchamiento.

Pero si la sangre no llegó al Tormes, uno de los dos automóviles que utilizaban para su viaje quienes tan felices se las prometían aquella tarde, festividad de San Pascual Bailón, fue empujado y después arrojado hasta la misma orilla desde el pretil del puente medieval por los más exaltados de la multitud. Incluso uno de éstos prendió fuego al Seat-1430 beis, que no volvería a sentir las gruesas posaderas de Clemente Domínguez Pérez en sus asientos, propiciando un espectáculo que los defensores de la mística patrona de los escritores contemplaron no sin cierto alivio. Hasta que sólo quedó la chatarra del vehículo mientras un vozarrón se levantaba sobre el violento crepitar del fuego:

“¡Tenían que habernos dejado matarles -exclamó a voz en cuello-, porque insultar a la santa es como hacerlo a nuestra propia madre!”

Santa Teresa de Jesús

A última hora de la tarde el juez puso en libertad al papa Gregorio XVII y a su séquito, quienes, mohínos y sin que les llegase la camisa al cuerpo, emprendieron el largo viaje de regreso al Palmar de Troya en el coche que se salvó de la quema y en un taxi. Al abandonar el pueblo, cuentan que alguno de los obispos se lamentó:

“¡Y nosotros que pensábamos habernos comido al final de la tarde unas cuantas raciones de exquisitos peces fritos de Alba, que de tanta fama gozan! Y resulta que, por poco, nos los comemos vivitos y coleando o nos devoran ellos a nosotros… Así que a ver si volvemos algún día, de incógnito, eso sí, y nos hartamos -pedanteó- de ese bocatto di cardinali”.

Autor: Nacho Carnero

‘Huevos, limones y…’, por Ignacio Carnero

Ha llovido mucho ya, ¡y ojalá siga haciéndolo por lo menos otro tanto tiempo igual!, pues, así como quien no quiere la cosa, han transcurrido cuarenta años desde aquella Navidad de 1971, cuando este ilusionado alevín de escritor, punto menos que recién estrenado entonces en las duras lides literarias, se vio vinculado con la salmantina villa de Ledesma al encomendársele la redacción del auto Siempre en diciembre.

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Iglesia de San Miguel

Aunque premiados bastantes de sus trabajos narrativos con anterioridad, fue la publicación de su libro de relatos Un camino hacia la esperanza, candidato al premio Nacional de Literatura Miguel de Cervantes y al Fastenrath, de la Real Academia Española, el que cautivó la atención de varios miembros de la Asociación de Amigos de Ledesma, moviéndoles a confiarle la redacción dramatizada, para su representación anual en el teatro-cine San Miguel, de cierta leyenda piadosa muy arraigada en la localidad. Según la cual, en la iglesia de Santa María la Mayor de dicha villa reposan los restos de los pastores Jacobo, Isacio y Josefo, primeros mortales que adoraron al Niño en Belén, mientras, también es fama, en el cielo resonaban himnos de gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad…

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Restaurante ‘La Fernandica’

Evidentemente, esa tradición encierra una dudosísima autenticidad, pues nadie acierta a explicar qué pintan en este perdido rincón del universo tales reliquias. Si bien es algo similar a cuanto ocurre no sólo con los cientos de espinas de las que entretejieron la corona que ciñó la cabeza del mártir del Gólgota, desperdigados por otros tantos templos y conventos del anchuroso mundo, sino también con los miles y miles de diminutos fragmentos de madera de la cruz; con aquella pluma de las alas del arcángel San Gabriel; con un colmillo cariado del anacoreta San Barsanufio; y con un disparatado y cándido etcétera, que alguien quizá intentará engrosar con una supuesta lágrima de la Magdalena cuando enjugaba el sudor del Nazareno camino del Calvario…

Estrenada Siempre en diciembre con notable éxito, pero flor de un día, es de suponer que no volvió a representarse la breve obra. No fue óbice dicha circunstancia, empero, para que el autor, que no es otro sino el bitacorista firmante, dejara de acercarse con relativa frecuencia a la vieja Bletisa junto al Tormes para perderse, hechizado, por sus callejuelas bien empedradas y sus arboladas plazoletas, disfrutando del embrujo de siglos remotos que aún habita en el corazón de la villa, entre los recovecos de su muralla, en su granítica fortaleza, en sus iglesias, en los soportales de su plaza Mayor…

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Alubias de ‘La Fernandica’

Pero, indefectiblemente, luego de deleitar su espíritu con tanta belleza allí atesorada, procuró y procura obsequiar también su paladar en una de las más sorprendentes cocinas que todavía existen, rezumante de puros sabores gastronómicos de ayer, caseros y a fuego lento, a la sombra de la maravillosamente restaurada iglesia de Santa Elena.

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Callos de ‘La Fernandica’

En las paredes de La Fernandica, que así se bautiza el recoleto y acogedor establecimiento de nuestros pecados, cuelgan azulejos con refranes, consejos y consejas, frases y versos más o menos ingeniosos y celebrados por los lectores, mas todos ellos más viejos que la ribera del río: El camello es el animal que más aguanta sin beber ¡No seas camello!… Si bebes para olvidar, paga antes de empezar… Si quieres tener dinero quédate siempre soltero… La buena vida es cara; la hay más barata, pero no es vida… Más barato iría el pan si no lo comiera tanto holgazán… Si doy, a la ruina voy; si fío, aventuro lo que es mío; si presto, al pagar veo mal gesto; para evitar todo esto, ni doy ni fío ni presto… El hombre que, habiendo vino en la mesa, bebe agua, es como el que tiene novia, que la mira y no la besa…

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Huevos con limón

Puede allí degustarse una amplia variedad de manjares puros, no emputecidos con mixtificaciones, como los que de verdad cocinaban nuestras tataradeudas. Pero la obra maestra por excelencia de su cocinera, por buen nombre Teresa -la amabilidad personificada, y que acaso también recuerde por ello a las abuelas antiguas-, es una impar ambrosía, que la simpática mujer adereza como con mano encantada, la cual es obligado airear a los cuatro vientos para general conocimiento, y cuya composición es tan sólo a base de huevos bien cocidos, jugosos limones en su punto de acidez, aceite de oliva virgen, un pizco de sal… y, sobre todo, un toque de gracia, secreto y mágico.

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Tabla de quesos de ‘La Fernandica’

¡Plato humilde, singular en los tiempos que corren, y por el que, quizá y sin quizá, junto con un puñado de las típicas rosquillas de la localidad, merecería la pena acercarse incluso a pie, sin exageración alguna, pese a los treinta quilómetros que distan desde la capital hasta la plácida villa de Ledesma y La Fernandica, ésta dicen que centenaria! Autor: Nacho Carnero

‘Chanfaina de Tejares’, por Ignacio Carnero

Chanfaina

Caminaba con calma y dando reposo al alma, en compañía de su impagable soledad, la más entrañable amiga hasta los tuétanos siempre, y se encontraba ya el paseante en las afueras del salmantino barrio de Tejares. Enlazadas unas a otras por la cintura, un puñado de rapazas, a grito pelado, desaforadamente, cantaba una disparatada, simpática, hoy semiolvidada, pero antaño popularísima cantilena, medio desgargantándose como para enterar a toda la vecindad de su presencia:

'Las 4 hermanas' (Tejares)

Caminaba con calma y dando reposo al alma, en compañía de su impagable soledad, la más entrañable amiga hasta los tuétanos siempre, y se encontraba ya el paseante en las afueras del salmantino barrio de Tejares. Enlazadas unas a otras por la cintura, un puñado de rapazas, a grito pelado, desaforadamente, cantaba una disparatada, simpática, hoy semiolvidada, pero antaño popularísima cantilena, medio desgargantándose como para enterar a toda la vecindad de su presencia:

“Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, ¡tralará!… /  Por el mar corren las liebres, ¡tralará!, por el monte las sardinas… /  Me encontré con un ciruelo, ¡tralará!, cargadito de manzanas… / Empecé a tirarle piedras, y cayeron avellanas ¡tralará!… / Con el ruido de las nueces salió el amo del peral… / Niño no tires más piedras, que no es mío el melonar, que es de una señora vieja, ¡tralará!… que habita en El Escorial…”

Aquel soleado, aunque invernizo mediodía dominguero, el caminante se acercó, por enésima vez en su vida, hasta el permanentemente solitario solar donde en su día se levantara la aceña en que, según es fama, nació Lázaro Tomé González, el más simpático de los pícaros que en la literatura universal han sido. Pero de aquel molino de fábrica pizarreña no resta resto alguno desde bastantes años atrás, merced a la inexplicable e implacable piqueta de una mal entendida civilización. La cual, para tender el puente de una autovía sobre el río y encima de aquellas piedras venerables, como alrededor de unos veinte metros por debajo de ellas, por cuanto no constituían impedimento alguno, no dudó en borrar de la faz de la tierra aquel vestigio del paso por el mundo de Lazarillo de Tormes. ¿Fue imprescindible semejante tropelía? ¿A quién estorbaba en aquel apartado rincón de Salamanca la cuna de su hijo más ilustre? ¡Cuántas ciudades del universo hubieran defendido a ultranza aquella reliquia! Pero, quien quiera aprender, que venga a Salamanca…

Divagaba el bitacorista en torno a estos extremos, cuando una cigüeña perdida en el espacio y el tiempo aterrizó en aquellos momentos sobre uno de los graníticos machones todavía emergentes del agua, que aún perduran y que en su día sustentaron la mole de hierro del puente del ferrocarril llamado de La Salud, camino de la Lusitania.

Y un pescador que por allí acertó a pasar, chistera al hombro y caña en ristre, como descubriendo punto menos que las sopas de ajo, ensartó, sabihondo: “Por San Blas, la cigüeña verás” y otras paremias por el estilo más o menos en consonancia con el evento.

Por descontado, no hay que prestar demasiada atención ni mayor credibilidad a la mayoría de los refranes -dichos agudos y sentenciosos de uso común-, los cuales, a medida que cambian los tiempos, se comprueba que son más y más obsolescentes, pues no se ajustan a la anterior definición del diccionario. Sino que son consecuencia de pareados más bien garbanceros, engendrados por mentes nada brillantes, transmitidos de generación en generación y repetidos hasta la saciedad, como si fuesen dogmas.

En volandas de una racha de viento llegaron ciertos efluvios que pusieron en efervescencia las pituitarias y glándulas salivares del dominguero andariego perdido por aquellos andurriales tejareños. E invitándole a husmear por toda la rosa de los vientos, en breves minutos arribó al Café-bar Las 4 Hermanas, donde le aguardaba, tentador, un suculento plato de chanfaina. Muy común en la barriada, antes pueblo, y aunque prosaico, es guisado como para chuparse los dedos, aderezado a base de abundante arroz aromatizado con toda suerte de especias, tal que ajo, perejil, nuez moscada, clavo, pimienta, laurel, amén de callos y sangre, adornado todo con rodajas de huevo cocido.

Chanfaina

Una cumplida ración bien regada con una copa de Remelluri, puso alas a los pies del cronista, que no pudo menos de sonreír al recordar que alguien, que jamás cató esa ambrosía llamada chanfaina, había parido una sentencia en la que sólo buscaba las asonancias: “En Tejares, no te pares ni en los bares”. Porque quien prueba aquélla, repite, y hasta puede que trueque citado texto por otro que diga: “En Tejares, párate en todos los bares”.

Autor: Nacho Carnero

‘El primer mar’, por Ignacio Carnero

El primer mar de Ignacio Carnero

Por primera vez en su vida, aunque bien es cierto que sin pesar alguno y huyendo del mundanal ruido, el articulista no vivirá en la Salamanca de sus amores las ferias y fiestas septembrinas, que están a la vuelta de la esquina. Disfrutará esos días en tierras norteñas, a la vera del primer mar real que, si bien demasiado tardíamente, pues ya contaba 19 añazos, maravilló su vista, sobrecogió y hasta paralizó sus sentidos durante unos instantes, por la emoción, y cautivó su espíritu desde entonces para siempre jamás.

El primer mar de Ignacio Carnero

¡Qué asombro aquella mañana de un julio harto remoto ya, en la recoleta villa de Deva, al salir del túnel bajo el monte sobre el que se erige la ermita de Santa Catalina! Según iba asomado a la ventanilla del vertiginoso tren de cercanías que une San Sebastián con Bilbao, disminuyendo su marcha para detenerse en la estación, cuando el columnista, siempre junto al Tormes, descubrió el fascinante espectáculo de un río inmenso, cuya otra orilla no se descubría de tan distante, y que resultó ser el mar…

Desde entonces, aquella Deva -hoy Deba en eusquera y oficialmente-, con sus debarras o debatarras, no bien pisó sus calles y su playa y se sumergió en sus aguas, el autor, en compañía de su novia de siempre, convirtió a la noble y leal villa devaresa en una especie de segundo amor, al cual guarda fidelidad desde hace casi medio siglo y al que torna con entrañable unción tantas veces le brindan las circunstancias.

Y aunque ya ha desaparecido, recuerda con nostalgia al hostal “Celaya” y sus menudas y pulcras propietarias, asomando sus balcones a la carretera por la costa entre “Sansestabién” y la industriosa capital vizcaína y, más allá, deleitosa y refrescante, invitando a ternezas y dulces susurros de amor, la romántica alameda de Calbetón…

Así como cuando, caminando a trechos y a trechos hasta bailando “yenka” -izquierda, izquierda; derecha, derecha; adelante y atrás; un, dos, tres-, recorrían los cuatro sinuosos quilómetros de la carretera que bordea los vertiginosos acantilados del Cantábrico y que separan Deva de esa otra localidad de la que dice el refrán: “Motrico, puerto rico, se entra con una mula y se sale con un borrico”. Pintoresco pueblo, donde años más tarde, sin advertirlo, el columnista se adentró en la zona nudista de su playa de Saturrarán, y tras doblar por entre unas rocas, al toparse con una mujer y un hombre en cueros, con las manos se cubrió sus propias partes pudendas, ya tapadas por un púdico bañador.

Y cómo no, también evoca aquel concierto fantástico del Orfeón Donostiarra en la plaza Mayor de Deva, cuando, poniendo el vello de punta, sus cien largos miembros entonaron en eusquera, ya noche lóbrega y bajo un temblor de estrellas, la inmortal canción de Sorozábal:

Maite, yo no te olvido ni nunca, nunca, te he de olvidar, / aunque de mí te alejen leguas de tierra, de tierra y mar… / Maite, si un día sabes que he muerto ausente de tu querer / del sueño de la muerte para adorarte despertaré.

El azar después brindó al firmante la amistad de Joserra Zulaika y Marian Juaristi, en cuya nunca bien ponderada y hospitalaria “Casa Izenbe”, la mujer, amén de otras excelencias culinarias, prepara las más exquisitas tortillas de patata del anchuroso universo mundo, regadas con ambrosíacos caldos vascos y riojas.

Cuenta una antigua fábula tejida en torno a la recoleta ermita de Santa Catalina y su campana, encumbradas en una de las más altas atalayas devaresas, que quien tañe el bronce en aquellas alturas edénicas volverá otra vez al bucólico lugar.

Por cuanto el articulista, aun cuando no crea en leyendas ni consejas, subirá alguno de estos días a tirar del manido badajo del campanil, porque desea regresar en otra y otra ocasión, y desde allí arriba embelesarse de nuevo con su primer mar, su gran pasión…

Autor: Nacho Carnero