‘Una cuchara en Los Arapiles’, por Ignacio Carnero

Pues parece mentira, aunque sea una verdad perogrullesca, incontestable a todas luces, que así como quien no quiere la cosa han transcurrido ya casi doscientos años desde el memorable 22 de julio de 1812, fecha aquella en la que se libró la célebre batalla entre los dos altozanos conocidos como Los Arapiles, el Grande y el Chico.

Resulta igualmente asombroso y punto menos que increíble, que, al cabo de estos dos siglos con incontables millares de curiosos explorando y husmeando por aquellos inhóspitos parajes en busca de tesoros históricos de cualquier tipo -como un relicario, una medalla, un hueso, una bala, un diente, una moneda, un botón, una insignia, un dije, una herradura, un amuleto, una sortija, etcétera-, haya sido el bitacorista, que de tarde en tarde se pierde sin mucho venir a cuento por aquellos andurriales, quien hallara como por ensalmo no hace tanto tiempo una antigua cuchara sopera, herrumbrosa tras tantos años de abandono bajo la cruda intemperie de soles despiadados, escarchas, tormentas, nieves, hielos, ventiscas esteparias y todos los cierzos desatados del universo…

Porque desde aquel glorioso miércoles, festividad de María Magdalena, penitente, san Platón y san Teófilo, mártires, y san Cirilo, obispo, cientos de vecinos de aquellos alrededores, miles de forasteros patrios y extranjeros, millones de hombres y mujeres, en suma, atraídos por la nombradía del histórico hecho de armas, han recorrido aquellos yermos de arriba abajo y de abajo arriba, siguiendo las infinitas rutas de la rosa de los vientos, y no sólo palmo a palmo, sino milímetro a milímetro, e incluso con imanes y aparatos idóneos para prácticas zahoríes, sin la gran suerte de hallazgo alguno, ¡oh, desencanto!, digno de mención y gozo, tal como le ocurrió en su día a este columnista.

El cual, tan absorto y embebecido en la recreación imaginaria de la batalla estaba, que en el meollo de su cerebro, en su mente siempre libre parecía estar como reproduciéndose en la lejanía del tiempo el bélico y horrisonante fragor de los cañones escupiendo por sus fauces fuego y muerte; el silbido de los disparos de la fusilería, ya sin peligro, pues suenan, siendo indicio, según dicen, de que ya pasaron; los abracadabrantes relinchos caballares; el tronar de las rocas al saltar por los aires en mil pedazos; y los alaridos de pavor o entusiasmo en los diversos idiomas de las tropas beligerantes, aunque claramente inteligibles, entremezclados, y que erizaban la piel toda y el cabello, e incluso hasta los tuétanos del alma de la sufrida y anónima soldadesca allí aglutinada, compuesta por millaradas de combatientes.

Tras resistirse y negar su presencia durante tantísimo tiempo a buscadores sin cuento, tal vez algún reciente chaparrón removió un puñado de tierra en cualquier torrentera, merced a lo cual aquel cubierto metálico salió a la superficie, quedando expuesto al calor y al brillo del sol. Y quiso el azar que a la mañana siguiente el caminante repusiera sus fuerzas descansando en una piedra sus posaderas fatigadas por la ascensión a la cumbre del grande de Los Arapiles, atrayendo la atención de su mirada aquel objeto sobre cuyo mango incidía un rayo solar.

Más contento que unas castañuelas, el paseante tomó en sus manos temblorosas la cuchara, fijando presto sus ojos en la infrecuente letra “W” en aquélla grabada bajo una borrosa corona, al parecer ducal. En consecuencia, comenzó a divagar acerca de su posible propietario, que no debió de ser otro, pues pudo permitirse el lujo de grabar una inicial en sus cubiertos, que el héroe de la Guerra de la Independencia Arturo Wellesley, primer duque de Wellington, vencedor, junto con la lluvia y las hemorroides, de Napoleón tres años más tarde en Waterloo.

Como quiera que el combate tuvo lugar a diez quilómetros al sur de la capital salmantina, por dicho motivo es también conocida con el nombre de batalla de Salamanca, y se libró entre las tropas mandadas por el ya citado duque de Wellington -constituidas por siete divisiones británicas, una portuguesa y una española-, que infligieron la derrota al ejército napoleónico a las órdenes éste del mariscal Marmont.

Como triste colofón a aquel desastre de las huestes invasoras (¡dos mil muertos, tres mil heridos y siete mil prisioneros!), el rey José Bonaparte, vulgo Pepe Botella -por su supuesto alcoholismo- o Rey Plazuelas -por las muchas que inauguró-, debió hacer mutis por el foro abandonando Madrid, y las tropas francesas evacuaron de forma definitiva, primero Andalucía, y después, poco a poco, el resto de la vieja piel de toro que avasallaran un día malhadado.

En el monolito erigido en el Arapil Grande, perfectamente visible a simple ojo en los días claros desde el corazón de la ciudad, durante muchos años existió una hermosa placa de mármol blanco que ostentaba, en justo reconocimiento a vencedores y vencidos, la siguiente inscripción laudatoria: “Arapiles, 22-VII-1912 / Al Ejército español. / Gloria al Ejército portugués. / Loor al invicto Ejército inglés. / Al valiente Ejército francés”.

En la actualidad aquélla leyenda ha sido sustituida por otra que sólo reza el nombre de la pequeña población, así como la fecha en que se disputó la histórica lucha.

Conviene aclarar, por si las moscas, que no existe en sus cercanías establecimiento de hostelería alguna, por ínfimo que éste sea. Por cuanto es menester que quien, por aproximarse el bicentenario de la efeméride, se anime a disfrutar unas amenas horas reviviendo emociones pretéritas en aquellos escenarios antaño bélicos y hoy bucólicos por los cuatro puntos cardinales, se  provea de unos bocadillos de suculenta tortilla española, de impar jamón del cercano Guijuelo o de chorizo único de matanza casera propia de Las Veguillas, e ir regándolo a medida que lo pida la garganta con unos generosos tragos de buen vino, como para dar envidia al mismísimo Bonaparte, quien, ya curado, por supuesto, de sus malditas hemorroides, acaso nos está contemplando desde las alturas de la gloria eterna, imperecedera.

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