‘El Ruedo’ (Candelario-Salamanca)

A la entrada del pueblo más bonito de Salamanca, Candelario, se encuentra el mejor restaurante de la localidad, ‘El Ruedo’. En su cocina tradicional destacan platos muy elaborados donde siempre prima el producto de mayor calidad, con verduras de temporada de su propia huerta ecológica, así como carnes, quesos y embutidos ibéricos de la comarca.

No tiene pérdida

Destaca su amor incondicional por la micología, con presencia de diferentes especialidades con setas entre su oferta culinaria: sopa de hongos con foie y piñonesrevuelto de rebozuelos con hebras de calamartartar de amanita caesarea y trucha ahumadalagarto ibérico con oreja de Judas y hongoslomo de ciervo con angulas de monte

Tataki de salmón y rebozuelos, en ‘El Ruedo’ (Candelario)
Boletus con jamón ibérico y parmentier de queso, en ‘El Ruedo’ (Candelario)

Su amplia carta está pensada para satisfacer a todos los paladares: desde quien busca opciones de ‘toda la vida’, como sopa castellana con huevo escalfado, chuletillas de cabrito lechal o chuletón de morucha, hasta aquellos que preferimos algo distinto: tataki de salmón y rebozueloscarpaccio de ibérico, foie y jamón; milhojas de calabacín con morcilla de Burgos, crema del Casar y galleta de cerealesensalada de melón, menta y salmón ahumado a la crema agriagazpacho de rúcula y manzana ácida con piruleta de queso de cabra

El Ruedo
Carpaccio de ibérico, foie y jamón, en ‘El Ruedo’ (Candelario)
El Ruedo
Tartar de tomate con crujiente de queso, en ‘El Ruedo’ (Candelario)
Pulpo soasado sobre crema de patata y chips, en ‘El Ruedo’ (Candelario)

Los postres, todos caseros, no desmerecen el resto del menú: pastel de castañas y chocolate caliente, tarta de queso aromatizada con frutos del bosque, tarta de chocolate caliente con mermelada de naranja amarga y crema de leche, flan de higos o un originalísimo tiramisú ‘deconstruido’.

Tiramisú, en ‘El Ruedo’ (Candelario)
El Ruedo
Tarta de queso y té matcha, en ‘El Ruedo’ (Candelario)

La bodega de ‘El Ruedo’ es acorde a su oferta culinaria. Vinos de la tierra: Viñas del Cámbrico, 575 Uvas, Zamallón Osiris, Hacienda Zorita, La Zorra…, una amplia variedad de riojas y riberas, y pequeñas muestras del Bierzo, Extremadura, Castilla-La Mancha o Costers del Segre, todos ellos a un precio más que competitivo.

Una bodega sorprendente

Y, si buscas menú del día en Candelario, también está disponible de lunes a viernes, con tres primeros y tres segundos a elegir, postre, pan y vino a un precio inmejorable de 12 euros. Y, en fin de semana y festivos, un ‘plato del día’ por 18 euros. Al frente del negocio se encuentra Pepe, que con maestría torera también atiende la barra donde degustar excelentes tapas y una amplia variedad de vinos por copas. Acompañado de su encantador hermano Félix, han apostado por una cocina distinta en Candelario y se han ganado, con creces, nuestros estómagos y el de cualquier turista que se acerca a este incomparable pueblo de Salamanca. No hay visita por nuestra parte donde ‘El Ruedo’ no entre en nuestros planes.

 

‘El Alquimista’ (Salamanca)

Hace ya bastantes meses que nos reencontramos con ‘El Alquimista’, pero una comida familiar la pasada semana ha sido la excusa perfecta para escribir este nuevo post gastronómico sobre uno de los restaurantes con más futuro y presente de Salamanca. La pareja formada por César Niño y Sandra Martín -en la cocina y al frente de la sala, respectivamente- tiene una larga experiencia en el sector y un pasado común en ‘Mugaritz’, además de haber sido los artífices del desaparecido ‘TeVere’, local pionero en la ciudad en la denominada ‘cocina en miniatura’.

El Alquimista
Palabra de Coelho…

Aunque hace tan sólo unos días que ‘El Alquimista’ ha renovado su carta, la mayoría de platos de esta entrada siguen disponibles, ya que se han convertido en clásicos que el público demanda, como la refrescante Ensalada crujiente de queso de cabra, manzana Granny Smith y vinagreta de miel y mostaza, los delicados Raviolis de buey de mar con curry de espinacas, hierbas aromáticas y polvo de cacahuete o los contundentes Callos de ternera a la madrileña con taquitos de jamón y chorizo ibérico.

El Alquimista
Ensalada crujiente de queso de cabra, manzana Granny Smith y vinagreta de miel y mostaza
El Alquimista
Raviolis de buey de mar con curry de espinacas, hierbas aromáticas y polvo de cacahuete
El Alquimista
Callos de ternera a la madrileña con taquitos de jamón y chorizo ibérico
El Alquimista
Terrina casera de foie

Tres pescados y siete carnes son las propuestas potentes del menú de ‘El Alquimista’, donde los puntos fuertes son la ejecución y el producto, con guiños a la tierra salmantina en forma de lechazo charro, lenteja de La Armuña o patatas meneás. Raciones generosas y muy bien presentadas, como un original Calamar a la plancha con bizcocho ligero de su tinta y crema de sopa de panManitas crujientes y melosas con langostino tigre o Bola de cerdo ibérico, falsa morcilla de Hinojosa con calabaza y salsa de naranja.

El Alquimista
Calamar a la plancha con bizcocho ligero de su tinta y crema de sopa de pan
El Alquimista
Manitas crujientes y melosas con langostino tigre y vinagreta de lenteja de La Armuña
El Alquimista
Lomo de bacalao confitado con pastel de patatas meneás
El Alquimista
Bola de cerdo ibérico, falsa morcilla de Hinojosa con calabaza y salsa de naranja

El momento dulce no se queda atrás y cumple con creces la expectativas de los más golosos, con una inolvidable Tarta de manzana al momento, que se sirve caliente para contrastar con el helado de vainilla de acompañamiento, las sabrosísimas Texturas de chocolate con aceite de oliva y sal o una divertida Piña a la piña con piña.

El Alquimista
Tarta de manzana al momento con crema doble a la vainilla
El Alquimista
Texturas de chocolate con aceite de oliva y sal
El Alquimista
Cremoso de chocolate al Brandy con crema de castañas
El Alquimista
Piña a la piña con piña

La carta de vinos, donde abundan las referencias más clásicas en forma de Rioja y Ribera del Duero, deja sitio a algunos de la zona y otras D.O. menos conocidas, como las de Extremadura, Alicante o Mallorca.

El Alquimista
Habla del Silencio…

El servicio de ‘El Alquimista’, muy amable, se queda justo en fin de semana, lo que conlleva algo de tardanza en el reparto de cartas o a la hora de coger la comanda. Un mal menor que suplen con una sonrisa y buena disposición. El precio medio ronda los 25 euros por persona, lo que les convierte en una de las mejores RCP de Salamanca. Los encontrarás en el número 6 de la Plaza de San Cristóbal.

Víctor Gutiérrez (Salamanca)

Carta de Víctor Gutiérrez

“Corazón peruano, alma española y matices asiáticos”, así es como define su cocina Víctor Gutiérrez, quien hace ya doce años que abrió su restaurante en Salamanca, en el número 66 de la calle de San Pablo. Aún recuerdo como algo excepcional y totalmente diferente la primera vez que fui con mi madre. Entonces yo apenas tenía conocimientos de gastronomía -eso no quiere decir que ahora los tenga-, pero recuerdo detalles de esa comida que me llamaron la atención, como pedir los postres con el resto de platos pues algunos eran extremadamente laboriosos, como uno que se componía de una preciosa cesta de caramelo.

Nacido en la localidad peruana de Tarapoto, Gutiérrez no es el típico cocinero que desde niño quiso dedicarse a su profesión, sino que cursó dos años de Arquitectura en Rusia antes de parar en Girona para formarse en su Escuela de Cocina. Simultaneó sus estudios en la salmantina Fonda Veracruz con breves etapas en los restaurantes de Martín Berasategui en Lasarte o Pepe Solla en Pontevedra antes de decidirse a abrir su propio negocio.

Actualmente cuenta con dos Soles de la Guía Repsol, además de una Estrella Michelin, la única en la capital del Tormes y, además, ostenta la dirección gastronómica de The Haciendas. También pertenece a Cocineros 666, que promueve y representa la alta cocina en Castilla y León y donde tienen un lugar importante nuestros queridos Juanjo y Yolanda, de Cocinandos.

Ofrece dos menús: Víctor Fusión y Nuestras Raíces, por 65 y 80 euros más IVA, respectivamente. El nuestro fue a elección del chef y comenzamos con Mejillón on the rock, primero de cinco aperitivos, servidos en una original concha de patata.

Mejillón on the rock

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Taberna La Fernandica (Ledesma-Salamanca)

Quedan cada vez menos sitios auténticos donde disfrutar comida casera de verdad, de la que hacen madres o abuelas con mimo durante horas. Uno de esos lugares es la Taberna La Fernandica, en la localidad salmantina de Ledesma. Tres generaciones han regentado esta humilde casa de comidas donde sin rascarte el bolsillo puedes comer en abundancia platos de toda la vida. Y cuando la definimos así es porque es verdad, se trata de una típica casa de pueblo con tres habitaciones convertidas en comedores, baño y cocina de leña. No te extrañe que te sienten a la entrada de la misma, ya que siempre está lleno, pero no te importe lo más mínimo.

No hay carta ni lista de precios. Mari Tere -hija de Tere, el alma del local- te recitará los platos de memoria y te apetecerá probarlos todos: entremeses, alubias, sopa castellana, rabo de toro, chuletón, codornicessolomillo en salsa

La primera vez que fuimos a Ledesma descubrimos los huevos con limones, un bocado típico de los Corpus que, dicen, es perfecto para depurar el organismo tras una noche de fiesta. Desde entonces no faltan en nuestra mesa cada vez que vamos. ¡Nos encantan!

Huevos con limones

Sopas de ajo, en Salamanca es habitual que lleven trozos de jamón y huevo escalfado.

Sopas de ajo

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‘El Tostón de Oro’ (Mozárbez-Salamanca)

Chimenea en ‘El Tostón de Oro’

Es uno de esos restaurantes que no se olvidan. No sé si por el calor de la chimenea, los platos de barro, la buena compañía que he tenido siempre o, simplemente, la comida: casera, preparada con cariño, típica de mi tierra, de mi Salamanca. Sabor a carne asada al horno de leña, a maruja, a vino tinto, al perfume de mi padre (se lo pone en sus canosas barbas y siempre se me queda en los labios cuando le beso). Esas asociaciones que hacemos los humanos, que perduran en la memoria con el paso de los años y sabes que son parte de ti, tu vida.

‘El Tostón de Oro’ no tiene en su cocina a un chef con Soles Repsol, ni un sumiller que asesore sobre los diferentes tipos de vino de su bodega, sino un modesto comedor y una pequeña carta con las propuestas justas, pero contundentes: Pochas con chorizo, Sopa castellana, Mollejas de cordero, Arroz con bogavante, Bacalao al horno o Chuletón.

En una de nuestras escapadas a Candelario, nos acercamos para que J lo conociera, y vaya si le gustó. Compartimos unas Anchoas del Cantábrico con miel y una Ensalada de maruja.

Anchoas del Cantábrico con miel

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‘La Artesa’ (Candelario-Salamanca)

La Artesa
Jardín de verano en ‘La Artesa’

Como sabéis Candelario es, después de Madrid, Salamanca y Léon, nuestra segunda casa. En ella nos sentimos como pez en el agua, paseando por sus empinadas calles, bebiendo de sus fuentes, contemplando los paisajes naturales y disfrutando de su excelente y variada gastronomía.

Ya os hemos hablado de algunos de sus restaurantes, en los que abundan los platos micológicos, guisos típicos de la zona, como el calderillo bejarano, asados o truchas de río. Pero lo tradicional no tiene por qué estar reñido con la innovación, y en ‘La Artesa’ dan buena muestra de ello. La carta es completa y muy variada, con propuestas tan sugerentes como Ensalada de carpaccio de morucha con aliño de turrón y sésamo garrapiñado, Sardina ahumada sobre zorongollo extremeño, Albóndigas de retinto con ragut de calamar o Hígado de pato sobre carpaccio de jamón y coulis de frutos rojos.

Durante la época estival habilitan una carpa en el jardín, convirtiéndolo en un coqueto y romántico espacio en el que disfrutar de los mejores manjares con el único sonido del agua de la fuente que lo preside.

Comenzamos con tres entrantes frescos, de cuidada textura y presentación, y a cada cual más delicioso.

La Artesa
Ajoblanco con langostinos

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‘Mesón Viejo del Jamón’ (Cuatro Calzadas)

‘Mesón Viejo del Jamón’ (Cuatro Calzadas)

A 17 kilómetros de Salamanca, en Cuatro Calzadas -término de Martinamor- se encuentra el ‘Mesón Viejo del Jamón’, un restaurante ‘de los de toda la vida’, por el que a lo largo de los años han pasado miles de personas que transitaban la Ruta de la Plata en uno u otro sentido. A pesar de que la construcción de la autovía que lleva hasta Béjar hace que ya no se pase delante de él, merece la pena coger un pequeño desvío para ir a disfrutar la joya de la casa, el jamón ibérico, además de otros embutidos y sus excelentes carnes.

Jamón ibérico

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‘La Cueva de La Múcheres, por Ignacio Carnero

Quizá y sin quizá; es decir: con absoluta seguridad, pueden contarse con los dedos de ambas manos los habitantes de la Ciudad del Tormes que saben a ciencia cierta dónde se ubica la cueva con nombre tan extraño que hoy ocupa estas líneas viajeras.

Si bien la citada gruta hace ya un buen puñado de años se encontraba bastante apartada del núcleo urbano, hoy por hoy, como consecuencia de la expansión propia del progreso, por sus proximidades y en jornadas lectivas transitan a diario cientos de estudiantes, camino de las aulas de sus respectivas Facultades. Pues referido rincón, resultante de algún cataclismo mientras se transformaba el caos primero del universo en el mundo más o menos principio del actual, por nadie sabe qué capricho geológico, se halla situado en el límite sur del recinto del campus Miguel de Unamuno, mirando al apacible Tormes, que se desliza a sus pies. Seguir leyendo “‘La Cueva de La Múcheres, por Ignacio Carnero”

‘Fuentes de Candelario’ (I), por Ignacio Carnero

“Siempre hay nieve en la sierra”… comienza diciendo Eugenio Noel en el maravilloso artículo Cuernos en Candelario, escrito en el primer tercio del pasado siglo, en plena efervescencia de sus campañas antiflamenca, antitaurina, anticlerical y anti todo, en busca de antídotos para tantos males como afligían entonces al país de nuestros pecados, bastante más que cuantos nos aquejan en estos días cada vez más inquietantes.

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De ‘gastrotapas’ por Salamanca

Todos sabemos que Salamanca es una de las mejores ciudades del mundo para tapear, pero hoy queremos mostrarte algunos lugares en los que los pinchos han dejado la tradición para convertirse en pequeñas obras de arte. Olvídate de los calamares y los morunos y empieza a familiarizarte con las ‘gastro-tapas’. Sin moverte de los alrededores de la bellísima Plaza Mayor te proponemos tres establecimientos indispensables para disfrutar del nuevo concepto de tapa salmantina. Sus pilares, la cocina de mercado con productos autóctonos y mucha, mucha creatividad.

En el número 5 de la calle de Juan del Rey se ubica ‘Cuzco’, de los propietarios del restaurante de igual nombre. Con una carta de lo más variada y un servicio realmente amable, ofrecen también raciones. Nosotros probamos Carpaccio de bacalao (2.50 euros), Carrillera ibérica al vino tinto (3.50); el especial de la casa, un Cuzquito -pan tostado, tomate aliñado y jamón- (1.90 euros) y una Mini hamburguesa de morucha (1.80 euros).

Carpaccio de bacalao, en ‘Cuzco’
Carrillera ibérica al vino tinto, en ‘Cuzco’
Cuzquito, en ‘Cuzco’
Mini hamburguesa de morucha, en ‘Cuzco’
‘Cuzco’ (Salamanca)

Nuestros lectores ya conoceréis Tapas 2.0, uno de nuestros favoritos desde que abrió. Actualmente cuentan con dos locales regentados por Jorge Lozano -en la cocina- y Soraya Sánchez -detrás de la barra- que se han convertido en un referente en Salamanca gracias al esfuerzo de esta simpática pareja. Hemos ido probando muchos de sus pinchos en diferentes visitas. En esta ocasión elegimos el Burrito de otoño (3.5 euros) -relleno de ternera picada, boletus y crema de boletus-, Patatas bravas (1.90 euros) y unas Sopas de ajo (1.50 euros). Este invierno han tenido la excelente idea de añadir a su carta sugerencias que varían cada día dependiendo del mercado. Si tienes suerte y coincide con tu visita podrás degustar Mejillones en escabeche casero, Torta de San Nicolás con mandarinas, Lentejas con chorizo o Patatas con costilla (todas a 1.50 euros), una buena Fabada (3.50 euros), Alubias con almejas XXL (4.50 euros), Menestra de verduras con cordero (2.50 euros) o incluso un Cocido completo por 12 euros. No dejes de consultar su cuenta de Twitter para descubrir con qué te sorprenderán cuando vayas.

Burrito de otoño, en ‘Tapas 2.0’
Patatas bravas, en ‘Tapas 2.0’
Sopas de ajo, en ‘Tapas 2.0’
Bali hot dog, en ‘Tapas 2.0’
Mejillones en escabeche de cítricos y Risotto de boletus, en ‘Tapas 2.0’
Callos y morros de ternera guisados, en ‘Tapas 2.0’
Huevo poché con crema de patata trufada y crujiente de morcilla, en ‘Tapas 2.0’
‘Tapas 2.0’ (Salamanca)

Uno de los últimos en llegar ha sido iPan iVino, de la mano de Luis de Andrés, que cambió Madrid por Salamanca, y ha conseguido hacerse hueco rápidamente en la gastronomía charra, en el número 10 de Felipe Espino. Con una carta repleta de interesantes tapas y diferentes especialidades dependiendo del día, su oferta de vinos es una de las más interesantes de la Ciudad del Tormes.

Lentejas con txangurro de iPan iVino
Hamburguesa de farinato de iPan iVino

¿A qué estás esperando para descubrir los locales más innovadores de Salamanca?

‘Una cuchara en Los Arapiles’, por Ignacio Carnero

Pues parece mentira, aunque sea una verdad perogrullesca, incontestable a todas luces, que así como quien no quiere la cosa han transcurrido ya casi doscientos años desde el memorable 22 de julio de 1812, fecha aquella en la que se libró la célebre batalla entre los dos altozanos conocidos como Los Arapiles, el Grande y el Chico.

Resulta igualmente asombroso y punto menos que increíble, que, al cabo de estos dos siglos con incontables millares de curiosos explorando y husmeando por aquellos inhóspitos parajes en busca de tesoros históricos de cualquier tipo -como un relicario, una medalla, un hueso, una bala, un diente, una moneda, un botón, una insignia, un dije, una herradura, un amuleto, una sortija, etcétera-, haya sido el bitacorista, que de tarde en tarde se pierde sin mucho venir a cuento por aquellos andurriales, quien hallara como por ensalmo no hace tanto tiempo una antigua cuchara sopera, herrumbrosa tras tantos años de abandono bajo la cruda intemperie de soles despiadados, escarchas, tormentas, nieves, hielos, ventiscas esteparias y todos los cierzos desatados del universo…

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‘Setas de Cilleros el Hondo’, por Ignacio Carnero

Confiesa sin rubor alguno el articulista que, desde que tuvo uso de razón, siempre sintió no ya sólo un miedo cerval, sino hasta pánico, por el simple hecho de imaginar la ingestión de una sola seta venenosa, de cuyas malignidades oyera contar horrores. Como que familias enteras murieron por comer un insignificante hongo en apariencia inofensivo, arrojando por la boca bofes e hígados, destrozados todos los miembros por un pizco de aquellas plantas, que debían de ser sin duda invención del propio diablo.

Hasta que cierto anochecer, el cual no se le olvidará al paseante aunque viva mil años, punto menos que de forma rocambolesca probó una chispa microscópica de turma de tierra, hongo carnoso subterráneo y que guisado es muy sabroso, especialidad de un establecimiento hostelero charro, acreditado por sus productos micológicos.

Durante toda la noche, ¡ay!, que se le hizo eterna, estuvo sin pegar el ojo, porque le parecía que aquel miserable pizco de seta ya estaba causando estragos en su organismo. Pues tan pronto parecía dolerle el bazo, como el espinazo, la oreja diestra, el dedo gordo del pie siniestro o las ingles, pensando que ya no conocería el venidero amanecer.

Mas he ahí que, como si tal cosa, comenzó poco a poco a clarear la noche, llevándose consigo las sombras nocturnas todos los torbellinos de temores, aprensiones, inquietudes y angustias que le atormentaron durante un puñado de horas, largas como Cuaresma sin pan y sólo deseables para los más odiados enemigos. ¡Había comido una seta, y él seguía vivito y coleando! ¡Y vive Dios si estaba exquisita la condenada!

A partir de entonces, pues, y luego de degustar mil variedades y guisos diferentes de aquellos hongos inocuos, los miedos y pánicos de antaño, como por arte de birlibirloque se trocaron en casi auténtica gula, como si tratara de recuperar aquel tiempo perdido.

Elaboradas con primor singular por la imaginación de los cocineros, son convertidas en suculentos manjares de dioses en la mayoría de los casos, llámense de cardo, perrechico o perrochico, lepista, blanquilla, de mayo, de primavera, de San Jorge, etc. Y es que, salvo la no sólo peligrosa, sino mortal -que se lo digan, si no, al emperador Claudio y al archiduque Carlos de Austria, que se permitieron catar la conocida como amanita faloide (por su forma fálica), la multitud de diversidades restantes, en su práctica totalidad, son comestibles, bien que nazcan en lugares tan dispares de la vieja piel de toro, como el Cuartango, Llanes, el bucólico valle de Lastur… o Cilleros el Hondo.

Porque en este apartado rincón charro, según los más selectos paladares, florecen unas de las setas más deliciosas del mundo. Y parece ser que fueron tres rezagados soldados de la francesada, que huían con las orejas gachas tras el descalabro sufrido en Los Arapiles, quienes descubrieron que unas que crecían por la ribera derecha del Zurguén, eran las más exquisitas que jamás habían probado en sus dilatadas correrías y batalleos a la sombra de Napoleón, al que habían acompañado desde Austerlitz hasta Jena.

Aunque hoy prácticamente desaparecido, según la noticia que registra el “Diccionario Geográfico…”, (1845-1850), de Pascual Madoz, el citado Cilleros era un “lugar con ayuntamiento en la provincia, partido judicial y diócesis de Salamanca, situado, como manifiesta su nombre, en una hondonada. Las casas ascienden a 36, entre las cuales se cuenta la del Ayuntamiento, que sirve para escuela a la que concurren doce niños bajo el cuidado de un maestro sin título que percibe 500 reales anuales de dotación. Tiene una iglesia parroquial (San Miguel) con cura propio y dos fuentes de excelente agua.”

En la actualidad, circulando por la carretera provincial que discurre desde Aldeatejada hacia Morille, hay que ir ojo avizor para no saltarse a la izquierda el diminuto indicador que señala donde está enclavado el lugar que hoy reclama nuestra atención. De aquellas 36 casas, así como del Ayuntamiento, no queda ni rastro, y sólo se mantienen en pie, aunque malamente, las cuatro paredes de la iglesia. Invaden su interior cardos silvestres, ortigas y jaramagos, por entre los cuales pardean, verdean y rojean en fantástica orgía de colores lagartijas sin cuento entre los escombros de la techumbre que se desplomó nadie recuerda cuántos años atrás, a la sombra de la espadaña.

En ésta, dominando aquellos paisajes, los más desolados, por su abandono, en muchas leguas a la redonda, se alza un descomunal nido de cigüeñas que, tal vez en muchos meses, no han avistado a persona alguna, salvo al articulista, que brujuleaba por aquellos parajes en busca de las delicias micológicas descubiertas hace doscientos años.

Así, pues, una espléndida mañana de octubre, el escritor, contento y feliz, atravesó el cada vez más decadente despoblado, en busca de la orilla derecha del Zurguén, al objeto de poder obsequiar en breve su estómago con un suculento festín de las tan elogiadas maravillas, dejando luego su vehículo en un infernal caminejo. Cuando al pronto, estando ya como a un tiro de piedra monte adentro, ¡horror de los horrores, que a punto estuvieron de desmandársele los grifos del pánico!, descubrió que un can gigantesco, de truculentas fauces, se aproximaba, en con rumbo hacia donde se encontraba el solitario.

Si bien afirman que el perro es el mejor amigo del hombre, el firmante, aun cuando no cuestiona el dicho, estima que no se trata sino de un animal irracional y, en consecuencia, se ignora cómo podrá reaccionar. Y aquél, por su grandor casi asnal, seguramente que agrandado por el miedo en aquellas soledades inhóspitas, le recordó al que, mientras devoraba las descripciones con que Conan Doyle pintaba al terrorífico sabueso de los Baskerville, le erizaba el vello de la piel y el cabello. Por cuanto, sin encomendarse a dios ni a diablo alguno emprendió una huida frenética, enloquecida, despavorida, como nunca jamás había corrido en su vida, para resguardarse de tan imprevisto animal en el interior de su automóvil, donde estaría a salvo del cánido.

Mas cuando éste vio a un extraño que se dirigía como un loco furibundo en su misma dirección, el pobre animal, también sorprendido, enfrenó su rítmico y placentero correr para dar media vuelta y poner patas en polvorosa, huyendo de quien invadía sus dominios, perdiéndose en lontananza como alma que llevara el demonio, pues no parecía albergar buenas intenciones, no, aquel invasor de sus cortornos, quien, casi con absoluta seguridad, portaba una navaja setera para degollarlo sin venir a cuento…

¡Adiós, pues, a las setas maravillosas de Cilleros el Hondo, ya que el ‘bitacorista’ jamás ha vuelto a apearse por allí, por si acaso aparece el perro de marras, acompañado de alguna jauría a vengarse del susto morrocotudo que le propinó un mal día!

Autor: Nacho Carnero

‘Crustáceos decápodos, vulgo cangrejos’, por Ignacio Carnero

El autor se deleitó

Quizá parezca una simpleza o perogrullada o, tal vez, sea una impresión equivocada. Pero en estos tiempos que corren, tan desfavorables para la cultura en general dado que en un porcentaje rayano en el cien por cien de los habitantes de países ‘civilizados’ casi todo se reduce a conocer e idolatrar a auténticos chisgarabises que están embolsándose millonadas de euros a base de balones, pelotas, ruedas (salvo las de los esforzados, heroicos y épicos ciclistas, por supuesto) y volantes de potentes bólidos -todo redondo-, conviene recordar e incluso hasta aclarar, pues acaso se trate de la primera vez en su vida que se encuentran con los dos vocablos primeros del título, que se llaman crustáceos ciertos animales artrópodos de respiración branquial, con dos pares de antenas, que tienen costra o caparazón generalmente calcificado, y decápodos, porque están dotados con diez patas, como, por ejemplo, los cangrejos de río.

Aclarada, pues, tan preocupante, vergonzosa e increíble cuestión, el ‘bitacorista’ se sorprende ante el gran cúmulo de remembranzas entrañables y preñadas de nostalgias que casi siempre reverdecen en el interior de su mente por estas fechas ya casi a finales del estío, cuando los mayores cangrejos van ocultándose en las entrañas de ríos, regatos, arroyos y riveras, quién sabe si para hibernar y reaparecer luego con fuerzas renovadas en la siguiente primavera, aún muy lejana.

Habrán transcurrido, a buen seguro, alrededor de cincuenta años, ¡se dice bien y pronto, confirmando la certeza de aquel viejo dicho, según el cual no hay caballo ni viento que corra más que el tiempo!, desde cuando este articulista se inició en la captura cangrejeril, aunque no en el manejo de los aparejos fundamentales y habituales para esa pesca, como pueden ser los reteles y las pértigas con su horquilla correspondiente.

Porque algún tiempo antes, todavía imberbe, y cuando el columnista cursaba sus estudios eclesiásticos en el seminario salesiano de Zuazo de Cuartango (Álava), durante bastantes tardes de asueto de los jueves veraniegos los estudiantes se dedicaban con frecuencia a la honesta distracción de ‘apresar’ cangrejos en tramos cristalinos y poco caudalosos del río Bayas, que discurre por aquel valle. Y conste que se ha escrito adrede apresar (asir, tomar o coger con la mano), pues dichos animales eran así capturados, con valentía, a golpe de yema de sus tiernos dedos introducidos como cebos por entre las oquedades o intersticios de las roquedas musgosas.

Y así, a cada doloroso pinzazo propinado por el cangrejo de turno, éste, ingenuo, engañado, salía de su hábitat natural, prendido a la piel del dedo de los valientes, yendo a engrosar una gran lata de las de queso americano, dentro de la cual, rebosante de agua del propio río y sólo con sal y buen fuego, los mismos sistemas que debieron de usar los trogloditas, en breves minutos se ponían colorados como demonios y servían de suculento y barato aperitivo, al aire libre del valle. Si bien, quien disfrutaba y saboreaba sin rubor alguno -‘cuando seáis padres comeréis huevos’-, la mayor y más carnosa parte de la cangrejada era el director del seminario, cuyo plato rebosaba por norma cada jueves, mientras el resto de los profesores, que tampoco había participado en la sufrida captura de aquellos crustáceos, pecaban de envidia y gula insatisfecha mirando al superior sibarita, del que alguien, que no era otro que el que hoy redacta estas líneas, no podía por menos de mascullar: ‘Quien quiera cangrejos que se moje el culo’…

Pero, en fin, corramos un tupido velo para no proseguir por unos derroteros acaso harto espinosos, y avancemos unos años en el tiempo, ya más modernizados y provistos, por tanto, de los pertinentes reteles y pértigas, al par que nos desplazamos hasta corrientes más próximas a los entornos charros, como los ríos Guareña, en viejas tierras conocidas del sur zamorano, donde nos sorprendieron muchos amaneceres cargados de heladores rocíos y relentes; y, sobre todo, en las aguas del Huebra, donde cierto día sucedió que un familiar aficionado a la pesca y quien suscribe estas historietas, poniéndose ambos el mundo por montera, consiguieron repletar un saco, tal vez con ochenta docenas, que fueron guisadas para todos los gustos, como era lógico, ante tamaña cantidad. Unos, sólo con sal, al objeto de degustar su auténtico sabor; y otros, además de la sal, pimientos verdes, bastantes ajos, un pizco de guindilla, pimentón, un chorro de aceite, unas hojas de laurel, es igual que éste esté o no bendecido el Domingo de Ramos, y a fuego lento, llegando el caldo desde las manos hasta los codos de los comensales, pues nadie ha intentado usar tenedor y cuchillo para estos menesteres.

Probablemente fueran de los llamados americanos (Procambarus clarkii), que por ser nocivos para los cangrejos autóctonos, carecían de límites en cuantías y largores, al objeto de conseguir su exterminación, objetivo éste que jamás se logró ni logrará.

Era ya la época en que se establecía una más estricta normativa, vigilancia y control en torno a la práctica de esta actividad, imperando siempre el número ocho: ocho reteles por barba; ocho docenas de animales, por jornada de sol a sol; ocho centímetros desde el extremo central de la cabeza hasta el de la cola, para cuya medición servía el tamaño de un cigarrillo de marca Ducados.

Pues bien, en vista del éxito obtenido, la entonces larga familia del ‘bitacorista’, compuesta acaso por una veintena de miembros entre padres, hermanos, cuñados, nueras, nietos y sobrinos, organizó una comida campestre en Aldeávila de Revilla, a base de paella con abundantes y frescos cangrejos recién sacados del agua, y luego, por si alguien se quedaba aún con ganas, más y más cangrejos a discreción, hasta salir por las orejas.

Mas, ¡ay!, quizá hubiéramos descastado la vez anterior todas aquellas aguas, pues el hecho cierto fue que, tras varias horas depositando y levantando reteles, a las dos de aquella tórrida tarde de agosto volvió a hacerse bueno el refrán de que los días de mucho suelen ser vísperas de nada. Y entre el amarilleo burbujeante del arroz sólo lució su rojura un solo cangrejo, ¡uno!, más o menos testimonial, el cual, como era de justicia, fue a parar al estómago del padre, mientras a todos los demás se les hacía la boca agua.

Autor: Nacho Carnero

Un paseo por Candelario (Salamanca)

Candelario

Si tenemos que elegir otro sitio más para sentirnos en casa, además de Madrid, Salamanca y León, ese lugar es Candelario. A tan sólo 76 kilómetros de la ciudad del Tormes, y ubicada en la sierra de igual nombre, esta villa fue declarada conjunto histórico-artístico en 1975.

Caminar por sus empinadas calles, parando de fuente en fuente, entre las viejas casas señoriales de no más de tres pisos, con balcones de madera y las típicas batipuertas que las protegen de la nieve, es una verdadera delicia para el paseante.

Uno de sus signos más característicos lo constituyen las llamadas regaderas, con sus cristalinas aguas, que pueden ‘programarse’ para limpiar las calzadas en las que se encuentran, así como las colindantes.

J, paseando por Candelario
Regadera

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Tapas 2.0 (Salamanca) (II)

Tres meses después de haber descubierto Tapas 2.0 tocaba volver. Lo “malo” de ser blogueros es que tenemos que acompañar los textos de fotos y, a ser posible, no repetirlas, así que “no queda más remedio” que probar cosas nuevas. En el recuerdo tenemos las croquetas de Mari Pruden, el wok, las carrilleras…

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‘Hornazo, un bocado viripotente’, por Ignacio Carnero

Desde varias centurias atrás -postrimerías del siglo XVI o albores del XVII- y hasta no hace tanto tiempo el mujerío y la chiquillería de la ciudad de Salamanca llamaban eufemísticamente padre Lucas al que, en realidad, era conocido como padre Putas. No en vano éste era el encargado de la protección de las rameras locales mientras permanecían desterradas de la casa de la mancebía, extramuros del casco urbano, durante las Cuaresmas. Largos periodos anuales en que, por imperativos eclesiales y municipales al unísono, descansaban en el innoble ejercicio de la medianamente bien remunerada profesión del puterío.

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‘Exquisitos peces del Tormes’, por Ignacio Carnero

Meterse en la boca del lobo es exponerse cualquier persona, sin necesidad alguna, a un peligro cierto, de la índole que sea. Es igual que cuando se dice, más o menos finamente, tentar a Dios, buscar pan de trastrigo, jugar con fuego o buscarle tres pies al gato. Pero cuando se quiere manifestar cualquier indignación en grado superlativo, el pueblo llano utiliza otras frases más subidas de tono, rotundas y crujientes. Como, por ejemplo, tocar las partes nobles o los epidídimos, por no decirlo de manera más populachera o chabacana, tal que tocar los cataplines, etcétera…

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‘Huevos, limones y…’, por Ignacio Carnero

Ha llovido mucho ya, ¡y ojalá siga haciéndolo por lo menos otro tanto tiempo igual!, pues, así como quien no quiere la cosa, han transcurrido cuarenta años desde aquella Navidad de 1971, cuando este ilusionado alevín de escritor, punto menos que recién estrenado entonces en las duras lides literarias, se vio vinculado con la salmantina villa de Ledesma al encomendársele la redacción del auto Siempre en diciembre.

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Tapas 2.0 (Salamanca)

A pesar de la nieve y las gélidas temperaturas de estos primeros días de marzo, pasean2 regresó a su hogar para encontrar el calor de la familia y los amigos. Con uno de nuestros blogueros favoritos, muchavida, disfrutamos de una de las apuestas gastronómicas más interesantes que hemos descubierto en Salamanca en los últimos tiempos, Tapas 2.0.

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‘Chanfaina de Tejares’, por Ignacio Carnero

Caminaba con calma y dando reposo al alma, en compañía de su impagable soledad, la más entrañable amiga hasta los tuétanos siempre, y se encontraba ya el paseante en las afueras del salmantino barrio de Tejares. Enlazadas unas a otras por la cintura, un puñado de rapazas, a grito pelado, desaforadamente, cantaba una disparatada, simpática, hoy semiolvidada, pero antaño popularísima cantilena, medio desgargantándose como para enterar a toda la vecindad de su presencia:

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‘El primer mar’, por Ignacio Carnero

Por primera vez en su vida, aunque bien es cierto que sin pesar alguno y huyendo del mundanal ruido, el articulista no vivirá en la Salamanca de sus amores las ferias y fiestas septembrinas, que están a la vuelta de la esquina. Disfrutará esos días en tierras norteñas, a la vera del primer mar real que, si bien demasiado tardíamente, pues ya contaba 19 añazos, maravilló su vista, sobrecogió y hasta paralizó sus sentidos durante unos instantes, por la emoción, y cautivó su espíritu desde entonces para siempre jamás.

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