‘Setas de Cilleros el Hondo’, por Ignacio Carnero

Confiesa sin rubor alguno el articulista que, desde que tuvo uso de razón, siempre sintió no ya sólo un miedo cerval, sino hasta pánico, por el simple hecho de imaginar la ingestión de una sola seta venenosa, de cuyas malignidades oyera contar horrores. Como que familias enteras murieron por comer un insignificante hongo en apariencia inofensivo, arrojando por la boca bofes e hígados, destrozados todos los miembros por un pizco de aquellas plantas, que debían de ser sin duda invención del propio diablo.

Hasta que cierto anochecer, el cual no se le olvidará al paseante aunque viva mil años, punto menos que de forma rocambolesca probó una chispa microscópica de turma de tierra, hongo carnoso subterráneo y que guisado es muy sabroso, especialidad de un establecimiento hostelero charro, acreditado por sus productos micológicos.

Durante toda la noche, ¡ay!, que se le hizo eterna, estuvo sin pegar el ojo, porque le parecía que aquel miserable pizco de seta ya estaba causando estragos en su organismo. Pues tan pronto parecía dolerle el bazo, como el espinazo, la oreja diestra, el dedo gordo del pie siniestro o las ingles, pensando que ya no conocería el venidero amanecer.

Mas he ahí que, como si tal cosa, comenzó poco a poco a clarear la noche, llevándose consigo las sombras nocturnas todos los torbellinos de temores, aprensiones, inquietudes y angustias que le atormentaron durante un puñado de horas, largas como Cuaresma sin pan y sólo deseables para los más odiados enemigos. ¡Había comido una seta, y él seguía vivito y coleando! ¡Y vive Dios si estaba exquisita la condenada!

A partir de entonces, pues, y luego de degustar mil variedades y guisos diferentes de aquellos hongos inocuos, los miedos y pánicos de antaño, como por arte de birlibirloque se trocaron en casi auténtica gula, como si tratara de recuperar aquel tiempo perdido.

Elaboradas con primor singular por la imaginación de los cocineros, son convertidas en suculentos manjares de dioses en la mayoría de los casos, llámense de cardo, perrechico o perrochico, lepista, blanquilla, de mayo, de primavera, de San Jorge, etc. Y es que, salvo la no sólo peligrosa, sino mortal -que se lo digan, si no, al emperador Claudio y al archiduque Carlos de Austria, que se permitieron catar la conocida como amanita faloide (por su forma fálica), la multitud de diversidades restantes, en su práctica totalidad, son comestibles, bien que nazcan en lugares tan dispares de la vieja piel de toro, como el Cuartango, Llanes, el bucólico valle de Lastur… o Cilleros el Hondo.

Porque en este apartado rincón charro, según los más selectos paladares, florecen unas de las setas más deliciosas del mundo. Y parece ser que fueron tres rezagados soldados de la francesada, que huían con las orejas gachas tras el descalabro sufrido en Los Arapiles, quienes descubrieron que unas que crecían por la ribera derecha del Zurguén, eran las más exquisitas que jamás habían probado en sus dilatadas correrías y batalleos a la sombra de Napoleón, al que habían acompañado desde Austerlitz hasta Jena.

Aunque hoy prácticamente desaparecido, según la noticia que registra el “Diccionario Geográfico…”, (1845-1850), de Pascual Madoz, el citado Cilleros era un “lugar con ayuntamiento en la provincia, partido judicial y diócesis de Salamanca, situado, como manifiesta su nombre, en una hondonada. Las casas ascienden a 36, entre las cuales se cuenta la del Ayuntamiento, que sirve para escuela a la que concurren doce niños bajo el cuidado de un maestro sin título que percibe 500 reales anuales de dotación. Tiene una iglesia parroquial (San Miguel) con cura propio y dos fuentes de excelente agua.”

En la actualidad, circulando por la carretera provincial que discurre desde Aldeatejada hacia Morille, hay que ir ojo avizor para no saltarse a la izquierda el diminuto indicador que señala donde está enclavado el lugar que hoy reclama nuestra atención. De aquellas 36 casas, así como del Ayuntamiento, no queda ni rastro, y sólo se mantienen en pie, aunque malamente, las cuatro paredes de la iglesia. Invaden su interior cardos silvestres, ortigas y jaramagos, por entre los cuales pardean, verdean y rojean en fantástica orgía de colores lagartijas sin cuento entre los escombros de la techumbre que se desplomó nadie recuerda cuántos años atrás, a la sombra de la espadaña.

En ésta, dominando aquellos paisajes, los más desolados, por su abandono, en muchas leguas a la redonda, se alza un descomunal nido de cigüeñas que, tal vez en muchos meses, no han avistado a persona alguna, salvo al articulista, que brujuleaba por aquellos parajes en busca de las delicias micológicas descubiertas hace doscientos años.

Así, pues, una espléndida mañana de octubre, el escritor, contento y feliz, atravesó el cada vez más decadente despoblado, en busca de la orilla derecha del Zurguén, al objeto de poder obsequiar en breve su estómago con un suculento festín de las tan elogiadas maravillas, dejando luego su vehículo en un infernal caminejo. Cuando al pronto, estando ya como a un tiro de piedra monte adentro, ¡horror de los horrores, que a punto estuvieron de desmandársele los grifos del pánico!, descubrió que un can gigantesco, de truculentas fauces, se aproximaba, en con rumbo hacia donde se encontraba el solitario.

Si bien afirman que el perro es el mejor amigo del hombre, el firmante, aun cuando no cuestiona el dicho, estima que no se trata sino de un animal irracional y, en consecuencia, se ignora cómo podrá reaccionar. Y aquél, por su grandor casi asnal, seguramente que agrandado por el miedo en aquellas soledades inhóspitas, le recordó al que, mientras devoraba las descripciones con que Conan Doyle pintaba al terrorífico sabueso de los Baskerville, le erizaba el vello de la piel y el cabello. Por cuanto, sin encomendarse a dios ni a diablo alguno emprendió una huida frenética, enloquecida, despavorida, como nunca jamás había corrido en su vida, para resguardarse de tan imprevisto animal en el interior de su automóvil, donde estaría a salvo del cánido.

Mas cuando éste vio a un extraño que se dirigía como un loco furibundo en su misma dirección, el pobre animal, también sorprendido, enfrenó su rítmico y placentero correr para dar media vuelta y poner patas en polvorosa, huyendo de quien invadía sus dominios, perdiéndose en lontananza como alma que llevara el demonio, pues no parecía albergar buenas intenciones, no, aquel invasor de sus cortornos, quien, casi con absoluta seguridad, portaba una navaja setera para degollarlo sin venir a cuento…

¡Adiós, pues, a las setas maravillosas de Cilleros el Hondo, ya que el ‘bitacorista’ jamás ha vuelto a apearse por allí, por si acaso aparece el perro de marras, acompañado de alguna jauría a vengarse del susto morrocotudo que le propinó un mal día!

Autor: Nacho Carnero