‘Hornazo, un bocado viripotente’, por Ignacio Carnero

Desde varias centurias atrás -postrimerías del siglo XVI o albores del XVII- y hasta no hace tanto tiempo el mujerío y la chiquillería de la ciudad de Salamanca llamaban eufemísticamente padre Lucas al que, en realidad, era conocido como padre Putas. No en vano éste era el encargado de la protección de las rameras locales mientras permanecían desterradas de la casa de la mancebía, extramuros del casco urbano, durante las Cuaresmas. Largos periodos anuales en que, por imperativos eclesiales y municipales al unísono, descansaban en el innoble ejercicio de la medianamente bien remunerada profesión del puterío.

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