‘El Ruedo’ (Candelario-Salamanca)

A la entrada del pueblo más bonito de Salamanca, Candelario, se encuentra el mejor restaurante de la localidad, ‘El Ruedo’. En su cocina tradicional destacan platos muy elaborados donde siempre prima el producto de mayor calidad, con verduras de temporada de su propia huerta ecológica, así como carnes, quesos y embutidos ibéricos de la comarca. Destaca su amor incondicional por la micología, con presencia de diferentes especialidades con setas entre su oferta culinaria: sopa de hongos con foie y piñonesrevuelto de rebozuelos con hebras de calamartartar de amanita caesarea y trucha ahumadalagarto ibérico con oreja de Judas y hongoslomo de ciervo con angulas de monte

Tataki de salmón y rebozuelos, en ‘El Ruedo’ (Candelario)
Boletus con jamón ibérico y parmentier de queso, en ‘El Ruedo’ (Candelario)

Su amplia carta está pensada para satisfacer a todos los paladares: desde quien busca opciones de ‘toda la vida’, como sopa castellana con huevo escalfado, chuletillas de cabrito lechal o chuletón de morucha, hasta aquellos que preferimos algo distinto: tataki de salmón y rebozueloscarpaccio de ibérico, foie y jamón; milhojas de calabacín con morcilla de Burgos, crema del Casar y galleta de cerealesensalada de melón, menta y salmón ahumado a la crema agriagazpacho de rúcula y manzana ácida con piruleta de queso de cabra

El Ruedo
Carpaccio de ibérico, foie y jamón, en ‘El Ruedo’ (Candelario)

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‘La Artesa’ (Candelario-Salamanca)

La Artesa
Jardín de verano en ‘La Artesa’

Como sabéis Candelario es, después de Madrid, Salamanca y Léon, nuestra segunda casa. En ella nos sentimos como pez en el agua, paseando por sus empinadas calles, bebiendo de sus fuentes, contemplando los paisajes naturales y disfrutando de su excelente y variada gastronomía.

Ya os hemos hablado de algunos de sus restaurantes, en los que abundan los platos micológicos, guisos típicos de la zona, como el calderillo bejarano, asados o truchas de río. Pero lo tradicional no tiene por qué estar reñido con la innovación, y en ‘La Artesa’ dan buena muestra de ello. La carta es completa y muy variada, con propuestas tan sugerentes como Ensalada de carpaccio de morucha con aliño de turrón y sésamo garrapiñado, Sardina ahumada sobre zorongollo extremeño, Albóndigas de retinto con ragut de calamar o Hígado de pato sobre carpaccio de jamón y coulis de frutos rojos.

Durante la época estival habilitan una carpa en el jardín, convirtiéndolo en un coqueto y romántico espacio en el que disfrutar de los mejores manjares con el único sonido del agua de la fuente que lo preside.

Comenzamos con tres entrantes frescos, de cuidada textura y presentación, y a cada cual más delicioso.

La Artesa
Ajoblanco con langostinos

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‘Fuentes charras y coritas’, por Ignacio Carnero

Tal vez para verificar la certeza del adagio de Ovidio ¿Qué cosa más dura que la piedra? ¿Qué cosa más blanda que el agua? Con todo, las duras piedras se taladran con el agua blanda, el articulista se siente impulsado con relativa frecuencia, durante sus cotidianos deambuleos por toda la rosa de los vientos de la entrañable Salamanca, a acercarse hasta las fuentes más o menos ornamentales que existen en esta ciudad.

A bote pronto, el paseante recuerda la de La Alamedilla, con sus cisnes tontivanos y presuntuosos y sus simpáticos patos. La vetusta fontana del Caño Mamarón. La del paseo y jardines de Las Carmelitas, casi a la sombra del Niño del Avión. La antañona del franciscano Campo de San Francisco, así como la de más reciente creación en la plazuela del Oeste, y la también poco antigua de la Puerta de Zamora, ubicada sobre uno de los refugios antiaéreos que se usaron durante la Guerra (in)Civil española. Seguir leyendo “‘Fuentes charras y coritas’, por Ignacio Carnero”

‘Fuentes de Candelario’ (I), por Ignacio Carnero

“Siempre hay nieve en la sierra”… comienza diciendo Eugenio Noel en el maravilloso artículo Cuernos en Candelario, escrito en el primer tercio del pasado siglo, en plena efervescencia de sus campañas antiflamenca, antitaurina, anticlerical y anti todo, en busca de antídotos para tantos males como afligían entonces al país de nuestros pecados, bastante más que cuantos nos aquejan en estos días cada vez más inquietantes.

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Un paseo por Candelario (Salamanca)

Candelario

Si tenemos que elegir otro sitio más para sentirnos en casa, además de Madrid, Salamanca y León, ese lugar es Candelario. A tan sólo 76 kilómetros de la ciudad del Tormes, y ubicada en la sierra de igual nombre, esta villa fue declarada conjunto histórico-artístico en 1975.

Caminar por sus empinadas calles, parando de fuente en fuente, entre las viejas casas señoriales de no más de tres pisos, con balcones de madera y las típicas batipuertas que las protegen de la nieve, es una verdadera delicia para el paseante.

Uno de sus signos más característicos lo constituyen las llamadas regaderas, con sus cristalinas aguas, que pueden ‘programarse’ para limpiar las calzadas en las que se encuentran, así como las colindantes.

J, paseando por Candelario
Regadera

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‘¡Pobres nuestros ricos pepinos!’, por Ignacio Carnero

El autor de joven

Dicen ciertas lenguas ociosas y viperinas -aunque el ‘bitacorista’ o ‘bitacoristo’ se resiste a creer el caso comentado-, que la más ínclita de las actuales ministras, de cuyo nombre ya casi nadie quiere acordarse pues en breves meses será ‘ex’ de todo, la cual, de igual modo que el movimiento se demuestra andando, parece ser muy versada, muy erudita, en cuestiones lingüísticas, se refería hace escasas fechas al grave problema surgido recientemente en determinados puntos de Europa con nuestros pepinos y, agárrese, lector, que viene curva, ¡con nuestras pepinas!

Y es que con la necia manía de defender a ultranza un feminismo mal entendido y sin sentido de la ridiculez, tan en boga en estos malos tiempos que corren para el castellano, están alcanzándose cotas abrumadoras, insospechadas hasta no hace aún muchos años.

Como, verbigracia, barbaridades tales que ‘miembros’ y ‘miembras’, ‘mujeras’ y ‘mujeros’, ‘hombres’ y ‘hombras’, ‘hembras’ y ‘hembros’, entre otras muchas sandeces que circulan hoy, principalmente entre determinadas gentes que se consideran la crema, la flor y nata de la progresía. Merced a éstas no sería de extrañar que cualquier día, no bien se enteren de que por Candelario, localidad reputada por la gran mayoría de sus visitantes como la quintaesencia o como la octava maravilla de los pueblos de la provincia charra, discurre un humilde riachuelo llamado Cuerpo de Hombre, reivindicarán el cambio de su denominación, por la de Cuerpo de Mujer. Y, si no, demos tiempo al tiempo…

Sólo habrá que esperar a que el ilustre ‘pensador’ de Béjar invite en cualquier momento a conocer, por ejemplo, el embrujado Tranco del Diablo, o saborear el calderillo, suculento plato típico de la zona, a la pronosticadora de un acontecimiento interplanetario que nada tuvo luego de histórico, según era de esperar, quedándose todo en agua de borrajas. Y es que, en puridad, no hay derecho a bautizar a un río con semejante nombre, pues no se trata más que de un machismo puro y duro trasnochado.

Como igualmente una politicastra centroeuropea, ministra de Sanidad de cierto país dela UE, para curarse en salud y, por si acaso, lavándose las manos, tampoco tiene derecho a lanzar al buen tuntún, pero no ni siquiera como presunción, sino categóricamente, la especie de que una partida de pepinos españoles -más en concreto, procedentes de Almería y Málaga-, eran portadores de una bacteria que provoca algún peligroso desarreglo intestinal e, incluso, puede acarrear hasta la muerte, conociéndose aquélla con el nombre científico de síndrome urémico hemolítico.

Y como el miedo es libre, pues no en vano fallecieron cerca de una veintena de personas a consecuencia, resultó ser, de un virus desconocido, muchas de las hortalizas españolas sufrieron los efectos del pánico generado por las intolerables declaraciones de tamaña irresponsable, siendo aquéllas boicoteadas en numerosos mercados europeos.

Se cifran  en cientos de millones de euros las pérdidas causadas por el rechazo de productos de nuestras huertas, si bien los malpensados, que nunca faltan, tal vez por aquel viejo refrán, según el cual si piensas mal acertarás, estiman que a la hora del reparto de las indemnizaciones por el perjuicios ocasionados, éstas no serán, como debería ser, sólo para los damnificados, resarciéndose de sus pérdidas, trabajos y sinsabores. Sino que, como casi siempre ocurre, entrará en juego no solamente la picaresca y la villanía de los corruptos de turno, y alguien no afectado en modo alguno por el preocupante problema intentará y hasta conseguirá convertirse, ilícitamente, en millonario, importándole un pepino cualquier posible descalabro o ruina ajena.

Sin embargo, hay que reconocer, por otra parte, que la ocasión ha servido de recordatorio a muchas personas de la existencia de tan jugosa cucurbitácea, que aquí y ahora nos ocupa y preocupa, un tanto en el olvido otras primaveras y veranos, ya que en esta tierra de nuestros pecados su consumo se ha visto incrementado hasta extremos desconocidos, acaso en réplica indignada por el despropósito de la insensata politiquera hamburguesa, quizá para demostrarle así el error y la felonía de sus acusaciones.

En torno a la planta, se han rescatado dichos antiguos a cual más absurdo bien es cierto, que dormían el sueño de los justos, como “Sobre el pepino, vino”, “Sobre el pepino, agua y no vino”, por cuanto se advierte que no se ponen de acuerdo los paladares; “Arroz y merluza, melón y pepino, nacen en agua y mueren en vino”, “Lo que en el agua se cría, se come con vino: tales son el pez, el arroz y el pepino”; o aquel otro, cuyo autor debió de sufrir una seria indigestión ‘pepinesca’, pues no se cortó ni un ápice al afirmar que “Más vale un mal melón que un buen pepino”.

Se ha recordado, además, que se utiliza con frecuencia, casi mágicamente, para mantener la lozanía de la piel, así como en productos para combatir las antiestéticas ojeras y arrugas que nada tienen de bellas, pese a ciertos eslóganes estomagantes y aburridores.

Y se ha puesto de manifiesto que es sabroso comestible, que se presta a múltiples combinaciones nada exóticas, como se demuestra con los pepinos rellenos de atún del Norte, de anchoas de Motrico, de huevos cocidos, con miel de Valero, etcétera, si bien el plato favorito y refrescante por excelencia es el más sencillo, como puede ser el servido en finas rodajas, sólo aderezado con un pizco de sal y un chorro de aceite…

Existen, pues, multitud de razones que aconsejan su consumo, frente a la infundada sospecha de la bacteria Escherichia coli, engendro tan sólo posible en la sesera calenturienta de una politicuela que consiguió hacer la puñeta a cientos y cientos de españoles.

¡Ay! ¡Si cayera en manos de los miles de agricultores afectados por el infundio de la tal Cornelia Prüfer-Storcks, esa es la gracia y desgracia de la elementa que culpabilizó a nuestro país del dichoso SUH! ¡Seguro que la correrían no a gorrazo limpio, dicho vulgarmente, sino a cucurbitaceazos sin pelar, por donde dicen que dicen las lenguas ociosas y viperinas que más amargan los pepinos!

Autor: Nacho Carnero