‘Por un plato de garbanzos (con bacalao)’, por @saborleon

En León, los ciruelos salvajes de La Condesa son los primeros en anunciar la primavera. Durante la semana, también la climatología había avisado de su llegada pero los del Telediario advertían que el domingo nevaría por encima de 1.400 metros. Este último dato abrió el debate entre los paseantes: ¿hacer o no hacer la ruta de los Puertos de Verano entre Valporquero y Villamanín? Ante la duda, paso adelante, no se puede perder la oportunidad de volver a caminar por la montaña, aunque el buen tiempo no esté asegurado.

Después de varias rotondas, el autocar ya rueda por la LE-311, carretera mítica que forma parte de la senda de los leoneses que salen de la capital para disfrutar del río y la montaña. Más allá de las cunetas, montes con robles y laderas peladas donde se refugian la fauna propia y las cigüeñas. Riberas con chopos, paleros y sebes que aún conservan la capa parda del invierno y que marcan los linderos de los hombres. Al norte, las peñas blanqueadas de Matallana o Correcillas van cerrando el valle hasta llegar a las Hoces de Vegacervera, angostura donde el agua del Torio, –del dios Thor, hijo de Odín y de Friga– blande su martillo entre las piedras que lo aprietan y nos salpica con la espuma.

El cartel anuncia “carretera de montaña”. Serpentea ascendiendo hasta alcanzar la parte en la que se asienta el pueblo de Valporquero donde comienza la ruta. Un alto para admirar el paisaje: a un lado, una vista soberbia del complejo calcáreo de Vegacervera; más abajo, la entrada a la Cueva de Valporquero; al oeste, el Pico Fontún y la Sierra del Gato nos esperan. Un árbol, ahora diminuto, será el punto hacia el que caminaremos. Abundan las fuentes con agua que aparece y desaparece para, no se sabe dónde, alimentar a Thor.

El grupo de paseantes avanza por un camino carretero hasta alcanzar la vega. Los capilotes apenas son hoy un punto amarillo en espera de tiempos mejores. En las laderas se divisan algunas manadas de yeguas y caballos que parecen venir a nuestro encuentro, mientras, no dejan que las escobas colonicen por completo el lugar. Ascendemos poco a poco y casi de repente comienza a nevar. Nos organizamos. En fila india continuamos por la vereda que, en ocasiones, se pierde bajo la nieve, la sensación térmica no es de frío, el silencio lo cubre todo. Una señal de madera anuncia el final de los pastizales de los Puertos de Verano. Más adelante, el cartel nos descubre que estamos a una altitud que supera los 1.600 metros. Ha dejado de nevar.

Ruta de las cuevas de Valporquero

El día se abre y nos llega una impresión placentera a la que ayudan los aromas que nos llegan, mezcla de olor a hierba, suelo mojado, brezo, romero…. Tras cruzar una alambrera que separa los dos valles llega la hora del vermú y de las aceitunas gordal, gentileza de Vidal, un paisano que hace grupo. Es un momento de los que presta vivir, hay un recuerdo a los ausentes y a los malos rollos de la semana. Así contemplamos el Valle de la Tercia. Al fondo el pico Las Tres Marías nos da la bienvenida y nos recuerda la coplilla:

Cuando las Tres Marías van al Palero
salen los de Casares del filandero

Estamos en la Montaña Central de León, en el Alto Bernesga, Reserva de la Biosfera desde 2005, y nos disponemos a iniciar el descenso por una pista forestal de fuerte pendiente, a ratos resbaladiza por la nieve, zigzagueante y bien conservada que nos conduce hasta Villamanín. Cruzamos un pinar con vegetación abundante que no sabe el significado del verbo contaminar. Un lugar con cabaña, abrevadero y corrales nos recuerdan que es una zona donde la trashumancia sigue siendo una actividad económica. A los pies del valle, entre farallones de roca, distinguimos el río Bernesga, el Bernika de los colonos griegos que los romanos de la Legión VII trajeron al lugar en siglos antes de Cristo, para trabajar las minas.  ¿Encontrarían ellos la villamanita? ¿Qué es? Un mineral único que lleva el nombre del pueblo por todo el mundo.

Otra línea, la del tren, corta la montaña o salta el río hasta llegar a la cota de 1.290 m, la del centenario túnel de ‘La Perruca. El paso es rápido, como si los viandantes tuvieran prisa por llegar a comer a una hora prudente. Ayuda el sol que ha vencido a la niebla y al cierzo. Las rodillas comienzan a resentirse de la bajada y avisan, llegamos a Villamanín. Los paseantes participan de la idea de que la mejor forma de acabar un paseo es compartir mesa y mantel para descubrir otras costumbres culinarias que, a modo de trofeo, serán exhibidas durante la semana entre los amigos y compañeros que no se han atrevido con el paseo de hoy. El viaje por los Puertos de Verano ha sido la excusa perfecta para comer garbanzos con bacalao en el restaurante ‘Golpejar’, en el pueblo del mismo nombre y con apellido de la Tercia, que regenta Mª Ángeles. Aunque no buscan exquisiteces, a nadie le amarga un dulce. Al entrar lo primero que se percibe es un olor a guiso, bien formado, buen comienzo.

No se pontifica sobre la materia prima, que es humilde entre las humildes, pero sí sobre la receta, que al ser tradicional y estar en cuaresma, ‘ni engorda ni es pecado’. ¿Son de la huerta? pregunta otro y la respuesta de la mesonera es: ‘no, son pedrosillanos pequeños de los buenos’. El plato es consistente, bien servido, hecho con cariño, para que guste, maridado con el aliño conveniente se percibe la dulzura que aporta el bacalao, nos deleitamos con su sabor. Ésta es una muestra de los adjetivos recogidos entre los paseantes: exquisitos, ricos, ricos y muy sabrosos. Para dar marcha al paladar. Me han hecho llorar. De lujo. De muerte…

Hemos dejado a Thor y estamos a la orilla del Bernika y todo ello por ¡¡un plato de garbanzos con bacalao!! Sí, el paseo ha merecido la pena.

Autor: @saborleon

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