‘La Cueva de La Múcheres, por Ignacio Carnero

Quizá y sin quizá; es decir: con absoluta seguridad, pueden contarse con los dedos de ambas manos los habitantes de la Ciudad del Tormes que saben a ciencia cierta dónde se ubica la cueva con nombre tan extraño que hoy ocupa estas líneas viajeras.

Si bien la citada gruta hace ya un buen puñado de años se encontraba bastante apartada del núcleo urbano, hoy por hoy, como consecuencia de la expansión propia del progreso, por sus proximidades y en jornadas lectivas transitan a diario cientos de estudiantes, camino de las aulas de sus respectivas Facultades. Pues referido rincón, resultante de algún cataclismo mientras se transformaba el caos primero del universo en el mundo más o menos principio del actual, por nadie sabe qué capricho geológico, se halla situado en el límite sur del recinto del campus Miguel de Unamuno, mirando al apacible Tormes, que se desliza a sus pies.

Aunque sólo sea a título de curiosidad, es menester airear al respecto que dicho recinto universitario honra con tal nombre, con todo merecimiento bien es cierto, al más glorioso rector de cuantos rigieron los destinos del viejo Estudio, y de cuyo fallecimiento se conmemora en 2012 con diferentes actos culturales el septuagésimo quinto aniversario. Mas otro mandamás universitario, de cuyo nombre nadie quiere acordarse, bastante más reciente, harto nefasto, funesto, abominable, nefando, etcétera, adjetivaciones y no insultos, sino definiciones todas ellas sin excepción, ganadas a pulso por sus diversas arbitrariedades lesivas para la Universidad y para nuestra ciudad, pretendió bautizarlo fatuamente con su propio nombre y apellido, considerándose con infinidad de méritos más que el ínclito profesor vasco para ostentar dicha denominación. Merecimientos tales, por ejemplo, como encenagar en un desprestigio nunca visto a la ocho veces centenaria institución académica, primero; y, después, barrer y borrar a la más noble y genuina institución financiera salmantina, extendida no ya sólo a nivel local y provincial, sino hasta regional e incluso nacional e internacional. La cual, por desmor de la ineptitud, la vanidad y el afán desmedido de su presidente en forrarse con euros fáciles, ha desaparecido de la faz de la tierra entre las garras y la codicia de políticos de tres al cuarto, defensores a ultranza de sandeces tales como músculos financieros o la millonaria campaña publicitaria ¿Qué pasa cuando un río se cruza en tu vida?, que aún están en mente de todos. Amén del fichaje, también espléndidamente pagado, de ¡un ex futbolista!, argentino por más señas, para desasnar con símiles futbolísticos, confundiendo de nuevo el tafanario con las témporas, a los empleados de la entidad crediticia tan infelizmente fenecida.

Pues bien; tras este inciso, acaso demasiado largo, pero absolutamente necesario para poner los puntos sobre las íes a un asunto aún sangrante en la ciudad y que interesa a tantísimos salmantinos ignorantes del mismo, es menester contar que la brujesca gruta fue morada mucho tiempo, durante la primera mitad del siglo XX, de cierto personaje medio novelesco, medio tragicómico y un punto salpimentado de poético cuyo inexplicable nombre era invocado con frecuencia por las personas mayores para meter miedo en el cuerpo, amansar y encarrilar a los pequeños más díscolos, revoltosos y berreones: “¡Mira que, si no eres bueno, llamo a la Múcheres!” “¡Que viene la Múcheres, como no te calles!”, en lugar de los clásicos Sacamantecas, Tío del Saco, Camuñas o Coco.

Es realmente asombroso que aún se conserve este espacio en la ciudad, y que las piquetas o las excavadoras hayan respetado este hueco mientras cimentaban los grandes edificios que conforman en la actualidad el campus salmantino. Como no sucedió, por ejemplo, con la aceña donde, según es fama, nació nuestro impar Lazarillo, con la bucólica fuente de la Zagalona, el Teatro Bretón, el Cine Moderno o el Taramona…

En Santiago de Compostela, sin ir más lejos, guardan como oro en paño la Casa de la Troya, plagada de placas conmemorativas, tanto en honor a la simpática estudiantina protagonista de la novela cuanto al autor de ésta. En Madrid, otras recuerdan la casa en que falleció Galdós; en donde escribió o murió Lope; en la que Fígaro se levantó la tapa de los sesos descerrajándose un tiro, etcétera.

Dicen que por las noches, a altas horas de la madrugada, cuando es pleno el conticinio y la ciudad y sus alrededores duermen, de la cueva solitaria salen susurros de cantes flamencos, fandangos, jipíos, palmas y taconeos… Tal vez sean los espíritus jaraneros de cuantos antiguos moradores habitaron allí alguna vez, acogiéndose a la hospitalidad de la tal Múcheres, que ofrecía para dormir el santo y duro suelo de tierra junto al fuego, que malamente caldeaba la espaciosa estancia y todos sus recovecos en los crudos fríos esteparios de aquel paraje inhóspito, y calentaba los míseros pucheros, con los que también se abastecían de agua de la cercana fuente hace años desaparecida, conocida como La Zagalona, aumentativo de zagala, pero convertida por obra y gracia de la ignorancia más grosera en La Cagalona.

Acompañaban a la enigmática vieja murciélagos, ratones, cucarachas, arañas, sapos, ranas; y hasta quién sabe si algún que otro gallo negro, alguna lechuza, algún búho y telarañas, hormigas y escarabajos por doquier, como si se tratara del escenario ideal para la celebración de algún aquelarre. Pues aquella especie de bruja, aunque su escoba, que nunca debió de barrisquear el tugurio y sus aledaños, fuera más rápida que el viento, no iba a desplazarse por los aires hasta los antros de Zugarramurdi…

Accesible a todo el mundo la covacha tras la muerte de su legendario ocupante, y después de albergar durante escaso tiempo cierto establecimiento hostelero mientras, allá por septiembre de 1965, aquel extrarradio se convirtió en asentamiento de la I Feria Monográfica de Ganadería, fue luego refugio constante de mendigos, gentes sin techo, drogadictos, y acogió toda suerte de amores y desamores, turbulentas fogosidades, caricias y besos de parejas rijosas, que en aquella soledad apagaban sus ardentías. Sirvió también de evacuatorio perenne de gentes sin civilizar y testigo de otros menesteres, hasta el extremo de que las dos aberturas que constituyen la entrada principal y la secundaria tuvieron que enrejarse en evitación, a rajatabla, de semejantes desmanes.

Hoy es vecina del Centro de Investigación del Cáncer, en unos de cuyos peldaños de la escalinata de acceso por la puerta trasera, no pocos estudiantes, estudiosos e investigadores se sientan por turnos a fumar sus cigarrillos. Esos que aseguran ser mortales por sus cargas de nicotina, alquitrán, arsénico, benceno, cadmio, polonio y otro cuarto de millar, a lo que dicen, de sustancias carcinogénicas que contienen los malos humos del tabaco y que empodrece desde los pulmones hasta los tuétanos del alma…

En esa caverna malvivió y feneció la portadora de apodo tan misterioso como “La Múcheres”, derivado nadie sabe cómo ni por qué, o si con algún parentesco con mujer, muxer, mulier o mucher. Ocurrió su óbito en fecha imprecisa, a partir de la cual parece ser comenzaron a declinar los temores y respetos de la chiquillería salmantina, llegando al máximo las cuchufletas aquella tarde en que una criatura de las de entonces, al ser conminada como era costumbre por algún mayor -“¡Si no eres bueno, aviso a La Múcheres!”-, el mocosuelo exclamó con toda la desvergüenza del mundo: “¡La Múcheres esa toca al nene pilila!”

Histórico.

9 comentarios sobre “‘La Cueva de La Múcheres, por Ignacio Carnero

  1. Gratos recuerdos me traes a la memoria Ignacio, ya que como vecino cercano al antiguo estadio de fútbol «El Calvario» -que supongo lo llamarían así por lo que se sufría en el campo y por lo cerca que estaba del cementerio- la zona de la Zagalona y alrededores, como La Platina o la Laguna Roja, era territorio de incursiones por parte de nuestra pandilla infantil en busca de avenutras y descubrimientos.
    Como bien dices muy pocos salmantinos saben ni dónde ni quién fue La Múchares, aunque aún recuerdo a mi madre «asustarme» con la amenaza de que si no me portaba bien seguramente se acercaría a «saludarme».
    Me ha encantado tu relato con el que, a modo de flash back, he retrocedido en el tiempo.
    Abrazotes,
    Mario.

  2. Yo debo de ser uno de los pocos salmantinos que saben dónde está la Cueva de La Mucheres y que, además, puede dar alguna información sobre la misma. Hace cerca de cuarenta años que no vivo en Salamanca pero nací ahí. A veces bromeo con que no puede haber nadie más salmantino que yo. Y es que si los primeros pobladores de Salamanca vivieron en el Cerro de San Vicente y, por tanto, podemos decir que Salamanca nació en ese Teso, yo nací donde nació Salamanca. Concretamente en lo que entonces se llamaba Calle 1ª de San Vicente y ahora, creo, simplemente San Vicente.
    Mis juegos infantiles transcurrieron en esa calle y en el antiguo Colegio de Guadalupe, ya derruido como la casa donde yo nací. Más de una vez, jugando al fútbol en su campo de tierra y tras un formidable chut a puerta, se nos cayó el balón al Paseo de San Vicente y de allí, botando, a La Chopera. Los más audaces bajaban por una torrentera que había en un trozo derruido del lienzo de la muralla, justo en la curva del Paseo, los más miedosos dábamos toda la vuelta a la calle, doblábamos a la izquierda el Portillo de San Vicente y bajábamos por el Prado Rico, para recuperar el balón. Ah, íbamos corriendo porque mientras volvíamos el partido estaba interrumpido por falta de un balón de repuesto. Menudo peregrinaje por una mísera pelota de goma. Eran otros tiempos.
    A veces, ampliábamos nuestras correrías y, atravesando el antiguo colector que discurría al aire libre y olía como es de suponer, nos íbamos a La Chopera e, incluso, hasta la Cueva de la Mucheres. Por entonces, como te explico más abajo, estaba habitada y era frecuente que, desde el río, viéramos en lo alto salir el humo de la hoguera que sus inquilinos hacían a la entrada de la misma.
    Yo no conocí a La Mucheres, pero mi madre sí. Ella, que ahora tiene 93 años pero que conserva intacta su memoria, me ha contado algunas veces que esa mujer fue una indigente que tuvo varios hijos (uno fue limpiabotas y hasta hace pocos años ejerció su oficio en la cafetería Las Torres de la Plaza Mayor). Por lo visto, La Mucheres tenía la cara quemada y estaba casada con un borrachín. Ella, parece ser, que también le daba al vino. Según cuenta mi madre, en una ocasión vio como unos gamberros del Barrio de San Vicente la persiguieron totalmente desnuda mientras se mofaban de ella. Como ves, poesía había poca por aquel lugar.
    Yo a los que sí recuerdo muy bien es a los inquilinos que habitaban la cueva en mi infancia. Eran una pareja singular. Él, que por entonces podía tener unos 50 años, era un tipo mal encarado que pedía limosna por las calles del barrio. Ella, que andaría por los veintitantos, también mendigaba aunque no recuerdo que lo hiciera de puerta en puerta como lo hacía su pareja. Cuando mis amigos y yo nos aventurábamos cerca de la cueva, si los moradores estaban allí nos echaban a cajas destempladas. En el verano solían tener encendida una lumbre en la que hacían la comida en una pequeña explanada que había frente a la entrada, por la que atravesaba un camino que, por un lado, iba hasta el arroyo que nacía en la Fuente de la Zagalona y, por el otro, al llamado Prado Rico (donde están ahora el Clínico y el Ambulatorio).
    Cuando la cueva estaba vacía, nos asomábamos para ver el interior. Allí sólo había unos míseros jergones extendidos en el suelo. Tal como se ve en la foto, tanto las piedras del interior como las del exterior tenían un color rojizo ya que, según nos contaban los mayores, esas peñas contenían mineral de hierro. Recuerdo muy bien aquel lugar, el olor a miseria que salía de la cueva y el sabor del agua sosa que manaba abundante de la Fuente de la Cagalona (nosotros nunca oímos llamarla Zagalona).

    1. Querido Salmantino.
      No quisiera ser impertinente con tu narracion pero somos muchos los Salmantinos que si sabemos donde esta la cueva de la Mucheres ,tengo 61 años i puedo dar fe de, La tal Mucheres efectivamente pernocto en dicho lugar que yo, y muchos mas la vimos en alguas ocasiones,»pocas», nuestro barrio era tan humilde que no daba para pedigüeños, la pareja que describes nunca existió, la cueva era negra en su mayoría por el efecto de las hogueras que durante tantos años se hicieron, el olor era olor de humo intenso penetrante, la fuente de la Zagalona puede que este, a dos, o, tres mil metros, pasando, el regato, el agua era normal, el sabor que describes como sosa corresponde a la fuente la Platina que hasta hace muy poco tiempo se a comercializado indebidamente puesto que la tal fuente fue siempre publica ,podíamos seguir mucho i mas.Porcierto los primeros asentamientos fueron en la Rabal del puente mas o menos aunque, la peña fue o seria de lo primero que saldría deshielo por la altura sobre el nivel del Mar,por ultimo naci y me criaron en la Tercera de Sanvicente mi Madre era Juana Pierna Alonso y mi padre Julian Sanchez Calvo y mis abuelos les denominaban los Esquiliches Esquiladores de animales

      Atentamente, C.S P.

      1. hola salmantinos, yo conozco muchas cosas de las que contáis, pero no todas son ciertas, yo soy familiar directo de la mucheres, de hecho hoy por hoy a muestra familia se nos conocen como los mucheres, yaen plan aclaratorio la mucheres era una mujer muy muy hermosa que en un incendio se quemo la cara y por vergüenza se encerro en la cueva y no salio mas por vergüenza, pero allí ni se bailaba ni se hacia nada y mucho menos pernoctava ningún hombre por la noche.Solo era una aclaración me alegro que hay gente que sabe lo que es la cueva de la mucheres.

  3. Me agrada mucho descubrir que alguien revive mis recuerdos de la infancia,habría mucho que contar pero a mi personalmente y de momento solo me gustaría saber si todavía existe la susodicha cueva y su ubicación un saludo para todos y en especial para mi hermano.

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