5 razones para preferir a San Andrés como destino vacacional

San Andrés

No cabe duda de que cada destino turístico es un paraíso, pero si existe uno que debamos mencionar con gratitud y alegría, ese es la Isla de San Andrés. Recientemente, disfruté de unas maravillosas vacaciones en San Andrés con mi familia y quedé impresionada con el trato y la amabilidad de sus residentes.

¡Desde nuestra llegada al aeropuerto el cambio fue total! Sonrisas, cortesía y entusiasmo eran el común denominador en los rostros de estas personas que, en mi opinión, se alegraban por la llegada de los turistas a su tierra natal.

San Andrés es una isla tropical perteneciente a Colombia con un clima perfecto para obtener un buen bronceado y su principal actividad comercial es el turismo, de allí tanta hospitalidad. Te voy a dar 5 razones para visitar y enamorarse de esta isla colombiana:

5. Hospedaje

El sector hotelero es un punto significativo, ya que es el primer lugar al que debes llegar. Para esto, San Andrés ofrece a sus turistas una gran variedad de hoteles por toda la isla para que su elección sea la más apropiada. Yo reservé en el Hotel Portobelo, ubicado en North End, donde se encuentran localizados la mayoría de los establecimientos comerciales. Seguir leyendo “5 razones para preferir a San Andrés como destino vacacional”

Los postres navideños más tradicionales de Europa

Llega la Navidad y, con ella, los postres típicos de cada región adquieren mucha importancia en las comidas. Aquí podéis ver una pequeña selección de algunos de los que se pueden probar por toda Europa.

Alemania

En el país germano tienen una gran variedad de postres para la Navidad. El más destacado es el Christstollen, o Stollen, un bizcocho de mazapán que se puede rellenar con naranjas y limones confitados, almendras, vainilla, semillas de amapola, nueces o ron, y se recubre con polvo de azúcar. Tiene una larga tradición en la gastronomía alemana, apareciendo mencionado ya en el siglo XIV como regalo ofrecido a un obispo. El más famoso es el de Dresde, teniendo su propia denominación de origen, ya que sólo se puede elaborar en la capital de Sajonia.

Foto de Grongar (Flickr)

Otro postre alemán son los pastelitos de Navidad, más conocidos como Lebkuchen. Están hechos a base de jengibre, melaza, otras especias y, a menudo, van recubiertos de glaseado de limón o con diferentes formas. Son una variante más grande de las Plätzchen, galletas de Navidad, y se utilizan además para decorar los árboles. El más reconocido es el que viene de Nuremberg, con denominación de origen propia.

Foto de Ian Wilson (Flickr)

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‘La Cueva de La Múcheres, por Ignacio Carnero

Quizá y sin quizá; es decir: con absoluta seguridad, pueden contarse con los dedos de ambas manos los habitantes de la Ciudad del Tormes que saben a ciencia cierta dónde se ubica la cueva con nombre tan extraño que hoy ocupa estas líneas viajeras.

Si bien la citada gruta hace ya un buen puñado de años se encontraba bastante apartada del núcleo urbano, hoy por hoy, como consecuencia de la expansión propia del progreso, por sus proximidades y en jornadas lectivas transitan a diario cientos de estudiantes, camino de las aulas de sus respectivas Facultades. Pues referido rincón, resultante de algún cataclismo mientras se transformaba el caos primero del universo en el mundo más o menos principio del actual, por nadie sabe qué capricho geológico, se halla situado en el límite sur del recinto del campus Miguel de Unamuno, mirando al apacible Tormes, que se desliza a sus pies. Seguir leyendo “‘La Cueva de La Múcheres, por Ignacio Carnero”

‘Fuentes charras y coritas’, por Ignacio Carnero

Tal vez para verificar la certeza del adagio de Ovidio ¿Qué cosa más dura que la piedra? ¿Qué cosa más blanda que el agua? Con todo, las duras piedras se taladran con el agua blanda, el articulista se siente impulsado con relativa frecuencia, durante sus cotidianos deambuleos por toda la rosa de los vientos de la entrañable Salamanca, a acercarse hasta las fuentes más o menos ornamentales que existen en esta ciudad.

A bote pronto, el paseante recuerda la de La Alamedilla, con sus cisnes tontivanos y presuntuosos y sus simpáticos patos. La vetusta fontana del Caño Mamarón. La del paseo y jardines de Las Carmelitas, casi a la sombra del Niño del Avión. La antañona del franciscano Campo de San Francisco, así como la de más reciente creación en la plazuela del Oeste, y la también poco antigua de la Puerta de Zamora, ubicada sobre uno de los refugios antiaéreos que se usaron durante la Guerra (in)Civil española. Seguir leyendo “‘Fuentes charras y coritas’, por Ignacio Carnero”

‘Fuentes de Candelario’ (I), por Ignacio Carnero

“Siempre hay nieve en la sierra”… comienza diciendo Eugenio Noel en el maravilloso artículo Cuernos en Candelario, escrito en el primer tercio del pasado siglo, en plena efervescencia de sus campañas antiflamenca, antitaurina, anticlerical y anti todo, en busca de antídotos para tantos males como afligían entonces al país de nuestros pecados, bastante más que cuantos nos aquejan en estos días cada vez más inquietantes.

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¿El apellido? Alubias de La Bañeza, por @saborleon

Para intimar con La Bañeza unas alubias valen más que mil palabras. Fue fiesta en la ciudad. La Cofradía Gastronómica de la Alubia de La Bañeza celebraba su IV Capítulo: pasacalles, desfile, pendones, trajes vistosos, homenajes y alubieros de honor, dando que hablar como las alubias grandes cuando aparecen. La investidura y el juramento en el Teatro Municipal Pérez Alonso, precioso, resalta, aún más si cabe, que estamos en un acto importante y en un lugar de postín. Confraternidad entre las cofradías gastronómicas.

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‘Una cuchara en Los Arapiles’, por Ignacio Carnero

Pues parece mentira, aunque sea una verdad perogrullesca, incontestable a todas luces, que así como quien no quiere la cosa han transcurrido ya casi doscientos años desde el memorable 22 de julio de 1812, fecha aquella en la que se libró la célebre batalla entre los dos altozanos conocidos como Los Arapiles, el Grande y el Chico.

Resulta igualmente asombroso y punto menos que increíble, que, al cabo de estos dos siglos con incontables millares de curiosos explorando y husmeando por aquellos inhóspitos parajes en busca de tesoros históricos de cualquier tipo -como un relicario, una medalla, un hueso, una bala, un diente, una moneda, un botón, una insignia, un dije, una herradura, un amuleto, una sortija, etcétera-, haya sido el bitacorista, que de tarde en tarde se pierde sin mucho venir a cuento por aquellos andurriales, quien hallara como por ensalmo no hace tanto tiempo una antigua cuchara sopera, herrumbrosa tras tantos años de abandono bajo la cruda intemperie de soles despiadados, escarchas, tormentas, nieves, hielos, ventiscas esteparias y todos los cierzos desatados del universo…

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‘Buscando el Pimiento Morrón’, por @saborleon

“Aquel que quiera desentrañar la identidad del sur de León, debe seguir el curso del río Esla, aguas abajo de Palanquinos, donde la vega se ensancha y es más próvida”. La frase, con su punto vehemente y pasional, la habían escuchado los paseantes en el filandón de verano, coincidiendo con la fiesta de uno de los pueblos que riega el padre Astura, un territorio reconocible en los párrafos del libro Los caminos del Esla. ¡Pues hay que andarla! se dijeron. Si la queréis observar, cuando el sol sube,  poneros  en el puente de hierro de Palanquinos y mirad hacia el sur, hasta Villafer, les dice un paisano del lugar. O de puente de hierro a puente de hierro, les había comentado un amante de la ingeniería.

La Vega del Esla, lugar de riberas, juncos y chopos. Tierra agradecida por el agua que la riega: maíz y huerta. La limitan oteros y cuestos de color cambiante, barcillares y pagos de viña que dan nombre a vinos elegantes. Al fondo, campanarios de iglesias que avisan de pueblos con carácter propio. Más lejos, siluetas de castillos y palacios que conforman la historia de León. Esa fue la propuesta de los caminantes que, entre medias, necesitaron cambiar el paseo por la ruta ya que la distancia alcanzaba los 40 kilómetros y por tramos, debieran emplear el coche.

Palanquinos

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Millesime Madrid (1ª jornada)

Ya ha dado comienzo en el Pabellón de la Pipa la quinta edición de Millesime Madrid, una cita indispensable para los amantes de la gastronomía. Este año Euskadi es la Comunidad Autónoma invitada y para ello cuenta con la presencia de algunos de sus más reputados chefs, como Fernando Canales, de ‘Etxanobe’; Álvaro Garrido, de ‘Mina’ o Senén González, de ‘Sagartoki’, cuya excepcional tortilla de patatas, ganadora del Campeonato de España en 2010 y 2011, tuvimos la suerte de catar. A la inauguración acudió Martín Berasategui.

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‘Setas de Cilleros el Hondo’, por Ignacio Carnero

Confiesa sin rubor alguno el articulista que, desde que tuvo uso de razón, siempre sintió no ya sólo un miedo cerval, sino hasta pánico, por el simple hecho de imaginar la ingestión de una sola seta venenosa, de cuyas malignidades oyera contar horrores. Como que familias enteras murieron por comer un insignificante hongo en apariencia inofensivo, arrojando por la boca bofes e hígados, destrozados todos los miembros por un pizco de aquellas plantas, que debían de ser sin duda invención del propio diablo.

Hasta que cierto anochecer, el cual no se le olvidará al paseante aunque viva mil años, punto menos que de forma rocambolesca probó una chispa microscópica de turma de tierra, hongo carnoso subterráneo y que guisado es muy sabroso, especialidad de un establecimiento hostelero charro, acreditado por sus productos micológicos.

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‘Por el Valle del Tuéjar hasta la Virgen de la Velilla’, por @saborleon

Desde Cistierna la carretera, hoy de firme excelente y sin apenas trazos sinuosos, nos pone en un ‘plis plas’ en Puente Almuhey, el antiguo puente de Muhey con historia medieval y antes romana, donde el camino les acercará al Valle del Tuéjar, en León,  (hay un río Tuéjar, afluente del Turia). Después de 20 años los paseantes vuelven a una parte de sus raíces. No es nostalgia, es sentimiento.

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‘Crustáceos decápodos, vulgo cangrejos’, por Ignacio Carnero

El autor se deleitó

Quizá parezca una simpleza o perogrullada o, tal vez, sea una impresión equivocada. Pero en estos tiempos que corren, tan desfavorables para la cultura en general dado que en un porcentaje rayano en el cien por cien de los habitantes de países ‘civilizados’ casi todo se reduce a conocer e idolatrar a auténticos chisgarabises que están embolsándose millonadas de euros a base de balones, pelotas, ruedas (salvo las de los esforzados, heroicos y épicos ciclistas, por supuesto) y volantes de potentes bólidos -todo redondo-, conviene recordar e incluso hasta aclarar, pues acaso se trate de la primera vez en su vida que se encuentran con los dos vocablos primeros del título, que se llaman crustáceos ciertos animales artrópodos de respiración branquial, con dos pares de antenas, que tienen costra o caparazón generalmente calcificado, y decápodos, porque están dotados con diez patas, como, por ejemplo, los cangrejos de río.

Aclarada, pues, tan preocupante, vergonzosa e increíble cuestión, el ‘bitacorista’ se sorprende ante el gran cúmulo de remembranzas entrañables y preñadas de nostalgias que casi siempre reverdecen en el interior de su mente por estas fechas ya casi a finales del estío, cuando los mayores cangrejos van ocultándose en las entrañas de ríos, regatos, arroyos y riveras, quién sabe si para hibernar y reaparecer luego con fuerzas renovadas en la siguiente primavera, aún muy lejana.

Habrán transcurrido, a buen seguro, alrededor de cincuenta años, ¡se dice bien y pronto, confirmando la certeza de aquel viejo dicho, según el cual no hay caballo ni viento que corra más que el tiempo!, desde cuando este articulista se inició en la captura cangrejeril, aunque no en el manejo de los aparejos fundamentales y habituales para esa pesca, como pueden ser los reteles y las pértigas con su horquilla correspondiente.

Porque algún tiempo antes, todavía imberbe, y cuando el columnista cursaba sus estudios eclesiásticos en el seminario salesiano de Zuazo de Cuartango (Álava), durante bastantes tardes de asueto de los jueves veraniegos los estudiantes se dedicaban con frecuencia a la honesta distracción de ‘apresar’ cangrejos en tramos cristalinos y poco caudalosos del río Bayas, que discurre por aquel valle. Y conste que se ha escrito adrede apresar (asir, tomar o coger con la mano), pues dichos animales eran así capturados, con valentía, a golpe de yema de sus tiernos dedos introducidos como cebos por entre las oquedades o intersticios de las roquedas musgosas.

Y así, a cada doloroso pinzazo propinado por el cangrejo de turno, éste, ingenuo, engañado, salía de su hábitat natural, prendido a la piel del dedo de los valientes, yendo a engrosar una gran lata de las de queso americano, dentro de la cual, rebosante de agua del propio río y sólo con sal y buen fuego, los mismos sistemas que debieron de usar los trogloditas, en breves minutos se ponían colorados como demonios y servían de suculento y barato aperitivo, al aire libre del valle. Si bien, quien disfrutaba y saboreaba sin rubor alguno -‘cuando seáis padres comeréis huevos’-, la mayor y más carnosa parte de la cangrejada era el director del seminario, cuyo plato rebosaba por norma cada jueves, mientras el resto de los profesores, que tampoco había participado en la sufrida captura de aquellos crustáceos, pecaban de envidia y gula insatisfecha mirando al superior sibarita, del que alguien, que no era otro que el que hoy redacta estas líneas, no podía por menos de mascullar: ‘Quien quiera cangrejos que se moje el culo’…

Pero, en fin, corramos un tupido velo para no proseguir por unos derroteros acaso harto espinosos, y avancemos unos años en el tiempo, ya más modernizados y provistos, por tanto, de los pertinentes reteles y pértigas, al par que nos desplazamos hasta corrientes más próximas a los entornos charros, como los ríos Guareña, en viejas tierras conocidas del sur zamorano, donde nos sorprendieron muchos amaneceres cargados de heladores rocíos y relentes; y, sobre todo, en las aguas del Huebra, donde cierto día sucedió que un familiar aficionado a la pesca y quien suscribe estas historietas, poniéndose ambos el mundo por montera, consiguieron repletar un saco, tal vez con ochenta docenas, que fueron guisadas para todos los gustos, como era lógico, ante tamaña cantidad. Unos, sólo con sal, al objeto de degustar su auténtico sabor; y otros, además de la sal, pimientos verdes, bastantes ajos, un pizco de guindilla, pimentón, un chorro de aceite, unas hojas de laurel, es igual que éste esté o no bendecido el Domingo de Ramos, y a fuego lento, llegando el caldo desde las manos hasta los codos de los comensales, pues nadie ha intentado usar tenedor y cuchillo para estos menesteres.

Probablemente fueran de los llamados americanos (Procambarus clarkii), que por ser nocivos para los cangrejos autóctonos, carecían de límites en cuantías y largores, al objeto de conseguir su exterminación, objetivo éste que jamás se logró ni logrará.

Era ya la época en que se establecía una más estricta normativa, vigilancia y control en torno a la práctica de esta actividad, imperando siempre el número ocho: ocho reteles por barba; ocho docenas de animales, por jornada de sol a sol; ocho centímetros desde el extremo central de la cabeza hasta el de la cola, para cuya medición servía el tamaño de un cigarrillo de marca Ducados.

Pues bien, en vista del éxito obtenido, la entonces larga familia del ‘bitacorista’, compuesta acaso por una veintena de miembros entre padres, hermanos, cuñados, nueras, nietos y sobrinos, organizó una comida campestre en Aldeávila de Revilla, a base de paella con abundantes y frescos cangrejos recién sacados del agua, y luego, por si alguien se quedaba aún con ganas, más y más cangrejos a discreción, hasta salir por las orejas.

Mas, ¡ay!, quizá hubiéramos descastado la vez anterior todas aquellas aguas, pues el hecho cierto fue que, tras varias horas depositando y levantando reteles, a las dos de aquella tórrida tarde de agosto volvió a hacerse bueno el refrán de que los días de mucho suelen ser vísperas de nada. Y entre el amarilleo burbujeante del arroz sólo lució su rojura un solo cangrejo, ¡uno!, más o menos testimonial, el cual, como era de justicia, fue a parar al estómago del padre, mientras a todos los demás se les hacía la boca agua.

Autor: Nacho Carnero

‘Caldereta de cordero’, por @saborleon

Las reuniones familiares suelen ser, con frecuencia, una excusa para evocar el arte culinario de nuestros mayores en un intento de volver a sentir el pasado feliz como algo actual, como si la hoja del calendario no se hubiese quedado atrás y de paso, recordar los acontecimientos, los lugares o las anécdotas vividas, por uno o por la mayoría de los presentes. Una ocasión que ni pintada para hacer turismo gastronómico en alianza con la evocación de emociones ya pasadas.

Casas en la montaña leonesa

Hoy toca ir a la cocina del tío Javier y con él, acercarse a los sabores de la Montaña Central Leonesa, la que los romanos llamaron Arbolio por lo abundante de sus frondas. ¿Qué significa? Volver a los sabores con los que identificamos fiesta, costumbre, familia y montaña que siguen estando en nuestra memoria, para ello, ¿qué mejor que comer una Caldereta de cordero? Nos sentimos en casa con un sentimiento de imaginar lo auténtico. El tío la había visto preparar muchas veces hasta que se decidió a cocinarla él mismo de la mano de un tal Valbuena, que a su vez había aprendido de El Manco.

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‘Un calderillo y una gran amistad’, por Ignacio Carnero

Fue el sábado 25 de mayo de 1968, y, por tanto, se ha cumplido ya la friolera de cuarenta y tres añazos, cuando el ‘bitacorista’ degustó por primera vez en su vida el nutritivo, sabroso y típico calderillo bejarano, al que tanto oyera siempre ponderar.

Aderezado a base de patatas, carne de aguja de ternera (puede que algún día escribamos en este espacio sobre la exquisita ‘ternera de Sorrento’, famosa desde tiempos inmemoriales, pues no en vano aparece ya citada, nada más y nada menos, que en El Quijote); patatas, pues, y carne de aguja de ternera, con el variopinto aditamento de cebolla, tomate, pimiento verde, pimiento morrón, guisantes, orégano, laurel, sal, pimentón, agua, aceite, harina y clavillo de guisar, siendo imprescindible de todo punto utilizar un caldero, de donde proviene su nombre, para cocinar este suculento guiso, originario, al parecer, de la zona bejarana.

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‘Hasta Cofiñal, donde todo es posible’, por @saborleon

¡Los ancestros de los Hermanos Pinzón eran de León! Qué pedazo de titular para cualquier día del mítico 1992, fruto de la mente calenturienta del jefe de cierre de un periódico leonés al desempolvar un antiguo atlas y si, además, las gentes de León tuviéramos un carácter todo lo contrario del que es. Y eso ¿por qué?, lo del titular. Pues porque en uno de los territorios de la Montaña Central Leonesa más emblemático hay un pico, un valle y un arroyo que se llaman Pinzón. ¿No es suficiente?

Los paseantes habían salido “por la fresca” dejando atrás los barrios de León, vacíos por la reciente fiesta, adentrándose en la Comarca del Condado, con olor a riego y a menta, atravesando Boñar para llegar al embalse, atrás quedaban los hermosos valles de Pardomino y Vegamián, pasando por delante de la Ermita de las Nieves a la entrada de  Puebla de Lillo  para llegar a Cofiñal e iniciar, a buena hora, una ruta que prometía.

Estamos en uno de los puntos finales del viaje que realizan los rebaños trashumantes, entre los puertos de San Isidro y de Las Señales, es la Cañada Real Leonesa Oriental, en plena Reserva del Mampodre, donde el Porma comienza a ser un aprendiz de río que no sabe de riadas. Lugar de leyendas, como la de la pena de “manos podadas” que daría el nombre a Mampodre,  sufrida por el pueblo astur una vez que fue sometido por los romanos, o la del peregrino y el lago de Isoba o la de Antón, el lugareño que se encontró con un oso y lo convenció para caminar juntos.

bosque en Cofiñal
Espacios verdes

En Cofiñal nos esperan el resto de los paseantes. Estos últimos han llegado al lugar por amor, convirtiéndolo en leyenda para los no iniciados. En versión romance podría ser la de haber seguido la llamada del Pico Toneo cuando ofrece, para disfrutar, el manto blanco que se extiende por sus laderas en invierno y cuyo eco, en verano, se esconde en las noches de luna llena en el cofre del tesoro que es Cofiñal para deleite de sus moradores, lugar donde han encontrado acogida y sosiego.

Hoy serán los guías, su propuesta fue simple: caminar por el Valle de Pinzón hasta llegar a la cima del collado del mismo nombre, bajar a Isoba y regresar a Cofiñal por la senda de la hoz “Entrevaos” que dicen los lugareños o Entrevados según se indica en las rutas oficiales. Entretanto: ir dejando atrás los Forfogones, oír el agua de los ríos Porma e Isoba antes de ser pacificados, bañarse en el Pozo de la Leña o beber agua “milagrosa” de la fuente La Jerumbrosa. ¿Les apetece acompañar a los paseantes?  

El pueblo va quedando atrás. El camino bordea prados donde se hace patente la importancia de la siega en la montaña. Otro de los paseantes, echando atrás sus recuerdos, se sitúa en lugar de los segadores que ya a estas horas tienen avanzada la labor ayudados de la maquinaria, similar a la de hace 25 años. Un joven Porma pone la música de fondo sin el peligro de que aparezcan los de la SGAE. Asoman Los Forfogones vislumbrándose las tres cascadas donde el río ruge y muestra su ímpetu ¿por primera vez? El olor a pino está en el ambiente.

Nos acercamos a la base del pico San Justo, un gigante de roca de 1.995 metros, que domina el lugar para llegar al inicio del Valle de Pinzón desde donde se observa, casi sin querer, su perfil en forma de U. Un rebaño de jatas pardas nos da la bienvenida. Enfrente, una cabaña de pastores anuncia que el territorio es ganadero. A los bordes del camino hay abundante hierba, de la que gusta pisar. Por encima de nuestras cabezas matas de brezo nos saludan, la sombra del hayedo anuncia frescor. El camino se va empinando hasta alcanzar la cota más alta (1.525 m) desde la que admiramos el Pico el Pinzón (1.618 m) y el paisaje que nos rodea. A modo de bandera: azul y verde. Ruido de fondo:  silencio. Por dentro: sensación agradable, estamos a gusto.

Trashumancia
Los pastores, al fondo

Ahora toca descender hasta Isoba por un camino marcado por roderas y pisadas de animales. Es mediodía. No hay sombra. La pequeña laguna que viene marcada en los mapas está seca. A lo lejos, la mole del  pico Toneo, el circo de Salencias y la hendidura de Riopinos anuncian que el territorio es de nieve.

Ya estamos en Isoba. Más o menos coincide con la mitad del camino. Hacemos una parada que aprovecharemos para comer. Lo haremos guiándonos por el boca a boca en ‘Casa Federico, uno de los templos gastronómicos de León, que no tiene ninguna estrella Michelin pero que la calidez de sus platos lo aúpan a los primeros lugares del ranking de la buena comida, con platos llenos de sabor, que sorprende por la sencillez de lo que ofrece convirtiéndolo en cocina de autor. Descubrir a estas alturas la mano que tiene Paula, la cocinera, para arrancar lo mejor de los fogones no tiene gracia, pero como la mayoría de los paseantes son nuevos en las mesas de ‘Federico’, lo que hay es expectación por saborear el menú: chorizo y jamón que resultan ser auténticos de la montaña, sopa “guriguriguri”, cuidado no la pidas muy “guri” o tendrás que esperar para comerla y carne gobernada. ¿Qué es? Amigo, tienes que subir a Isoba, pedir mesa en ‘Casa Federico’ y comerla. Luego nos escribes y lo cuentas. No te la podemos retratar, pero aseguramos que para describirla por tu cabeza pasarán palabras como: suave, natural, original, saludable, deliciosa, sorprendente… Entre los paseantes, todos de buen yantar, comprenden el dicho de el que viene a mesa puesta no sabe lo que cuesta que cuelga de una de las paredes y que te recuerda Andrés. ¿Quién es Andrés? Otro actor que forma parte del reparto de la película que es ‘Casa Federico’. Puede enviarte al Vaticano o “comerte la oreja” con degustaciones que son “estilo fusión”.  Es de Madrid.  ¡Que tiemble la costa el día que decida “asentar sus reales” en ella!

Gastronomía Leonesa
Embutido para empezar

Es hora de comenzar el camino de vuelta. La senda se encuentra bien señalizada. Salvamos una cerca de madera para adentrarnos en la vega siguiendo el curso del río. Al fondo, la Hoz de Entrevaos nos espera, por una parte el Pico San Justo, por la otra el Pico Runción. El protagonista del camino es el Río Isoba, hoy limpio, sereno, cantarín. Una cascada, una poza; otra cascada, más pozas. Se aleja y se acerca de la senda. Nos adentramos en una zona de piedra para llegar al final de la quebrada donde la sombra de vegetación nos aplaca los calores.

A la derecha, un cartel anuncia: al Pozo de la Leña. No se puede pasar de largo ya que nos perderíamos la contemplación de uno de los lugares más bonitos de León, un “lugar 10”. A medida que nos acercamos, el ruido del río. En la bajada, complicidad en un lugar de misterio. De repente, un lugar hermoso donde el agua desborda la roca con chorro decidido que espera a los bañistas. Irresistible. Contraste de luz, ruido, naturaleza.  Para disfrutar.  Para compartir. Para recordar. Para reflexionar sobre de dónde venimos y qué tenemos.

Porma
¿Apetece un baño?

Enseguida llegamos a las praderías de Cofiñal, más adelante varios guindales ofrecen sus frutos rojos. Volvemos a encontrarnos con el Porma y Cofiñal, donde todo es posible.

Por @saborleon

‘¡Pobres nuestros ricos pepinos!’, por Ignacio Carnero

El autor de joven

Dicen ciertas lenguas ociosas y viperinas -aunque el ‘bitacorista’ o ‘bitacoristo’ se resiste a creer el caso comentado-, que la más ínclita de las actuales ministras, de cuyo nombre ya casi nadie quiere acordarse pues en breves meses será ‘ex’ de todo, la cual, de igual modo que el movimiento se demuestra andando, parece ser muy versada, muy erudita, en cuestiones lingüísticas, se refería hace escasas fechas al grave problema surgido recientemente en determinados puntos de Europa con nuestros pepinos y, agárrese, lector, que viene curva, ¡con nuestras pepinas!

Y es que con la necia manía de defender a ultranza un feminismo mal entendido y sin sentido de la ridiculez, tan en boga en estos malos tiempos que corren para el castellano, están alcanzándose cotas abrumadoras, insospechadas hasta no hace aún muchos años.

Como, verbigracia, barbaridades tales que ‘miembros’ y ‘miembras’, ‘mujeras’ y ‘mujeros’, ‘hombres’ y ‘hombras’, ‘hembras’ y ‘hembros’, entre otras muchas sandeces que circulan hoy, principalmente entre determinadas gentes que se consideran la crema, la flor y nata de la progresía. Merced a éstas no sería de extrañar que cualquier día, no bien se enteren de que por Candelario, localidad reputada por la gran mayoría de sus visitantes como la quintaesencia o como la octava maravilla de los pueblos de la provincia charra, discurre un humilde riachuelo llamado Cuerpo de Hombre, reivindicarán el cambio de su denominación, por la de Cuerpo de Mujer. Y, si no, demos tiempo al tiempo…

Sólo habrá que esperar a que el ilustre ‘pensador’ de Béjar invite en cualquier momento a conocer, por ejemplo, el embrujado Tranco del Diablo, o saborear el calderillo, suculento plato típico de la zona, a la pronosticadora de un acontecimiento interplanetario que nada tuvo luego de histórico, según era de esperar, quedándose todo en agua de borrajas. Y es que, en puridad, no hay derecho a bautizar a un río con semejante nombre, pues no se trata más que de un machismo puro y duro trasnochado.

Como igualmente una politicastra centroeuropea, ministra de Sanidad de cierto país dela UE, para curarse en salud y, por si acaso, lavándose las manos, tampoco tiene derecho a lanzar al buen tuntún, pero no ni siquiera como presunción, sino categóricamente, la especie de que una partida de pepinos españoles -más en concreto, procedentes de Almería y Málaga-, eran portadores de una bacteria que provoca algún peligroso desarreglo intestinal e, incluso, puede acarrear hasta la muerte, conociéndose aquélla con el nombre científico de síndrome urémico hemolítico.

Y como el miedo es libre, pues no en vano fallecieron cerca de una veintena de personas a consecuencia, resultó ser, de un virus desconocido, muchas de las hortalizas españolas sufrieron los efectos del pánico generado por las intolerables declaraciones de tamaña irresponsable, siendo aquéllas boicoteadas en numerosos mercados europeos.

Se cifran  en cientos de millones de euros las pérdidas causadas por el rechazo de productos de nuestras huertas, si bien los malpensados, que nunca faltan, tal vez por aquel viejo refrán, según el cual si piensas mal acertarás, estiman que a la hora del reparto de las indemnizaciones por el perjuicios ocasionados, éstas no serán, como debería ser, sólo para los damnificados, resarciéndose de sus pérdidas, trabajos y sinsabores. Sino que, como casi siempre ocurre, entrará en juego no solamente la picaresca y la villanía de los corruptos de turno, y alguien no afectado en modo alguno por el preocupante problema intentará y hasta conseguirá convertirse, ilícitamente, en millonario, importándole un pepino cualquier posible descalabro o ruina ajena.

Sin embargo, hay que reconocer, por otra parte, que la ocasión ha servido de recordatorio a muchas personas de la existencia de tan jugosa cucurbitácea, que aquí y ahora nos ocupa y preocupa, un tanto en el olvido otras primaveras y veranos, ya que en esta tierra de nuestros pecados su consumo se ha visto incrementado hasta extremos desconocidos, acaso en réplica indignada por el despropósito de la insensata politiquera hamburguesa, quizá para demostrarle así el error y la felonía de sus acusaciones.

En torno a la planta, se han rescatado dichos antiguos a cual más absurdo bien es cierto, que dormían el sueño de los justos, como “Sobre el pepino, vino”, “Sobre el pepino, agua y no vino”, por cuanto se advierte que no se ponen de acuerdo los paladares; “Arroz y merluza, melón y pepino, nacen en agua y mueren en vino”, “Lo que en el agua se cría, se come con vino: tales son el pez, el arroz y el pepino”; o aquel otro, cuyo autor debió de sufrir una seria indigestión ‘pepinesca’, pues no se cortó ni un ápice al afirmar que “Más vale un mal melón que un buen pepino”.

Se ha recordado, además, que se utiliza con frecuencia, casi mágicamente, para mantener la lozanía de la piel, así como en productos para combatir las antiestéticas ojeras y arrugas que nada tienen de bellas, pese a ciertos eslóganes estomagantes y aburridores.

Y se ha puesto de manifiesto que es sabroso comestible, que se presta a múltiples combinaciones nada exóticas, como se demuestra con los pepinos rellenos de atún del Norte, de anchoas de Motrico, de huevos cocidos, con miel de Valero, etcétera, si bien el plato favorito y refrescante por excelencia es el más sencillo, como puede ser el servido en finas rodajas, sólo aderezado con un pizco de sal y un chorro de aceite…

Existen, pues, multitud de razones que aconsejan su consumo, frente a la infundada sospecha de la bacteria Escherichia coli, engendro tan sólo posible en la sesera calenturienta de una politicuela que consiguió hacer la puñeta a cientos y cientos de españoles.

¡Ay! ¡Si cayera en manos de los miles de agricultores afectados por el infundio de la tal Cornelia Prüfer-Storcks, esa es la gracia y desgracia de la elementa que culpabilizó a nuestro país del dichoso SUH! ¡Seguro que la correrían no a gorrazo limpio, dicho vulgarmente, sino a cucurbitaceazos sin pelar, por donde dicen que dicen las lenguas ociosas y viperinas que más amargan los pepinos!

Autor: Nacho Carnero

‘Hornazo, un bocado viripotente’, por Ignacio Carnero

Desde varias centurias atrás -postrimerías del siglo XVI o albores del XVII- y hasta no hace tanto tiempo el mujerío y la chiquillería de la ciudad de Salamanca llamaban eufemísticamente padre Lucas al que, en realidad, era conocido como padre Putas. No en vano éste era el encargado de la protección de las rameras locales mientras permanecían desterradas de la casa de la mancebía, extramuros del casco urbano, durante las Cuaresmas. Largos periodos anuales en que, por imperativos eclesiales y municipales al unísono, descansaban en el innoble ejercicio de la medianamente bien remunerada profesión del puterío.

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‘Exquisitos peces del Tormes’, por Ignacio Carnero

Meterse en la boca del lobo es exponerse cualquier persona, sin necesidad alguna, a un peligro cierto, de la índole que sea. Es igual que cuando se dice, más o menos finamente, tentar a Dios, buscar pan de trastrigo, jugar con fuego o buscarle tres pies al gato. Pero cuando se quiere manifestar cualquier indignación en grado superlativo, el pueblo llano utiliza otras frases más subidas de tono, rotundas y crujientes. Como, por ejemplo, tocar las partes nobles o los epidídimos, por no decirlo de manera más populachera o chabacana, tal que tocar los cataplines, etcétera…

Y eso, ni más ni menos que tocar los cojones, algo que no se le ocurriría ni al que asó la manteca, fue cuanto se permitieron en la pacífica villa ducal de Alba de Tormes (Salamanca) el autoproclamado papa Gregorio XVII, fundador y pontífice máximo de la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz, ¡aten esa mosca por el rabo!, de El Palmar de Troya (Sevilla), Clemente Domínguez Gómez en el DNI, acompañado por ocho de sus obispos, en la tibia tarde del 17 de mayo de 1982.

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‘Sabero: el Reino de las Bocaminas’, por @saborleon

Como antes ocurrió con la Ferrería de la Sociedad Palentino–Leonesa de Minas, la historia de Hulleras de Sabero y Anexas, a punto de cumplir 100 años, tocaba a su fin. Entonces la causa fue la falta de un ferrocarril. Hoy ha sido el Plan del Carbón.

Las concentraciones de las gentes del Valle de Sabero no habían servido para nada. El calendario marcaba: 13 de diciembre de 1991, viernes. La sirena del Pozo La Herrera II, en Sotillos,  sonaba por última vez.  El sentimiento de “esto se acabó” inundaba toda la Comarca y trascendía más allá, hasta León y Valladolid. Un manto negro como el carbón, con sensación a derrota, se posaba sobre las peñas, hasta entonces estratégicas, cuyas entrañas sirvieron para forjar el futuro de las gentes de Sabero. Atrás quedaba la prosperidad del carbón que los proyectos de personajes legendarios en el Valle:  “El Inglés”, Botías, Izaguirre, Domingo López o los inversores del desaparecido Banco Industrial de León, ayudaron a crear la hoy reducida a una  cita en la página de la historia de la Economía Leonesa. Los recuerdos de la infancia, narrados magistralmente por Julio Llamazares en “Escenas de cine mudo”, no volverán. Tocaba sobrevivir.

Minas abandonadas en Sabero

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‘Por un plato de garbanzos (con bacalao)’, por @saborleon

En León, los ciruelos salvajes de La Condesa son los primeros en anunciar la primavera. Durante la semana, también la climatología había avisado de su llegada pero los del Telediario advertían que el domingo nevaría por encima de 1.400 metros. Este último dato abrió el debate entre los paseantes: ¿hacer o no hacer la ruta de los Puertos de Verano entre Valporquero y Villamanín?Ante la duda, paso adelante, no se puede perder la oportunidad de volver a caminar por la montaña, aunque el buen tiempo no esté asegurado.

Después de varias rotondas, el autocar ya rueda por la LE-311, carretera mítica que forma parte de la senda de los leoneses que salen de la capital para disfrutar del río y la montaña. Más allá de las cunetas, montes con robles y laderas peladas donde se refugian la fauna propia y las cigüeñas. Riberas con chopos, paleros y sebes que aún conservan la capa parda del invierno y que marcan los linderos de los hombres. Al norte, las peñas blanqueadas de Matallana o Correcillas van cerrando el valle hasta llegar a las Hoces de Vegacervera, angostura donde el agua del Torio, –del dios Thor, hijo de Odín y de Friga– blande su martillo entre las piedras que lo aprietan y nos salpica con la espuma.

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‘Huevos, limones y…’, por Ignacio Carnero

Ha llovido mucho ya, ¡y ojalá siga haciéndolo por lo menos otro tanto tiempo igual!, pues, así como quien no quiere la cosa, han transcurrido cuarenta años desde aquella Navidad de 1971, cuando este ilusionado alevín de escritor, punto menos que recién estrenado entonces en las duras lides literarias, se vio vinculado con la salmantina villa de Ledesma al encomendársele la redacción del auto Siempre en diciembre.

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‘Tras el paseo, Botillo’, por @saborleon

Frío, frío, frío. La caminata resultó ser más dura de lo habitual, el viento helado había marcado a los paseantes en este domingo de febrero. Para mejorar la temperatura corporal deciden hacer un alto y comer. Hoy toca Botillo (del Bierzo, claro) también denominado Bolletus por los romanos cuya fórmula recoge Apicio en el capítulo V de la obra ‘De re coquinaria. ¿Lo conocen? Don Victoriano Crémer, buen paisano, leonés de adopción,  centenario y poeta  lo definía con el arte de sus versos así:

Ni morcilla ni morcillo

ante el Botillo me humillo

tan fecundo, tan orondo,

tan misterioso y sencillo

tan redondo.

Sentados a la mesa, los comensales comienzan a percibir la proximidad del alimento por los olores que emanan de la gran perola. Aromas que son lanzados más allá de la cúpula de la cocina, trepando hasta la nariz de cada uno. ¿A qué huele el Botillo del Bierzo? A infancia, días de matanza, invierno, allá donde les quiera trasladar la memoria. Recuerdos que se mezclan con la  imagen del gaudeamus, entre original y familiar, confidencias que engatusan las miradas.

Botillo del Bierzo

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‘Chanfaina de Tejares’, por Ignacio Carnero

Caminaba con calma y dando reposo al alma, en compañía de su impagable soledad, la más entrañable amiga hasta los tuétanos siempre, y se encontraba ya el paseante en las afueras del salmantino barrio de Tejares. Enlazadas unas a otras por la cintura, un puñado de rapazas, a grito pelado, desaforadamente, cantaba una disparatada, simpática, hoy semiolvidada, pero antaño popularísima cantilena, medio desgargantándose como para enterar a toda la vecindad de su presencia:

“Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, ¡tralará!… /  Por el mar corren las liebres, ¡tralará!, por el monte las sardinas… /  Me encontré con un ciruelo, ¡tralará!, cargadito de manzanas… / Empecé a tirarle piedras, y cayeron avellanas ¡tralará!… / Con el ruido de las nueces salió el amo del peral… / Niño no tires más piedras, que no es mío el melonar, que es de una señora vieja, ¡tralará!… que habita en El Escorial…”

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‘León, la identidad de lo sabroso’ (2ª parte)

viene de la primera parte.

¿Cómo si no comprender que un árbol viejo como el castaño nos aporte un fruto tan útil y elegante como la castaña? Sale de un erizo, sabor a otoño; antes, alimento con el que se mitigaban hambrunas y ahora, convenientemente elaborada, materia cualificada de repostería y de alta gastronomía. Cruda, asada, cocida, confitada: la Castaña del Bierzo, deleite puro.

León es huerta rica. De la berciana llegan productos que la distinguen. Las del Sil, Boeza y Cúa nos dejan el Pimiento del Bierzo, asado, envasado en su propio jugo, redescubierto para los sentidos, ingrediente de honor de una gran variedad de platos y despensas. Lujo y privilegio. Desde antiguas huertas monacales o labriegas, con la inestimable ayuda del microclima de la Comarca, llegan bocados de fruta ofrecidas por las variedades del manzano reineto, árbol bravo, con su Manzana Reineta del Bierzo y las del peral con su Pera Conferencia del Bierzo. Jugosas y llenas de aromas. Tienen ángel.

La fruta de León

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‘El primer mar’, por Ignacio Carnero

Por primera vez en su vida, aunque bien es cierto que sin pesar alguno y huyendo del mundanal ruido, el articulista no vivirá en la Salamanca de sus amores las ferias y fiestas septembrinas, que están a la vuelta de la esquina. Disfrutará esos días en tierras norteñas, a la vera del primer mar real que, si bien demasiado tardíamente, pues ya contaba 19 añazos, maravilló su vista, sobrecogió y hasta paralizó sus sentidos durante unos instantes, por la emoción, y cautivó su espíritu desde entonces para siempre jamás.

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