5 planes que no puedes dejar de hacer durante tu visita a Fort Lauderdale

Me han preguntado mucho acerca del viaje que realicé a Fort Lauderdale hace algún tiempo, por ello he considerado oportuno escribir esta artículo y contaros lo mucho que disfruté esta ciudad al sur de Florida, en Estado Unidos.

Inicialmente el objetivo era viajar para conocer Miami y disfrutar de sus playas e ir a hacer compras, sin embargo, algunos amigos me llamaron y me recomendaron no ir directamente allí, sino comprar billetes hacia Fort Lauderdale (que se encuentra muy cerca de Miami), para que me saliera más barato el viaje.

Y tenían razón, pues siguiendo sus consejos ahorré una buena suma de dinero en los vuelos y tuve la oportunidad de invertir en el alquiler de un coche. Además, me divertí como nunca y por eso, a continuación, quiero presentaros 5 cosas que considero que no te puedes perder cuando visites esta ciudad.

Fort Lauderdale

1. Arriésgate a ir a la playa

Aunque parezca un plan elemental, no te puedes perder las bellas playas de Fort Lauderdale, ya que tienen muy poco que envidiar a las de Miami. Sus aguas también son cristalinas, su arena es muy limpia y, además, el clima siempre ayudará a encontrar tu tono de piel perfecto. Por otra parte, la diversión no se hace esperar, pues allí podrás encontrar buceadores, nadadores y aficionados del kayak que no pierden oportunidad para hacer del agua una herramienta de entretenimiento.

Playas de ensueño

2. Derrocha en compras y gastronomía

Puedes visitar Swap Shop, un mercado donde podrás comprar todo tipo de regalos o souvenires que quieras llevar a amigos y familiares, además, encontrarás locales con una amplia gama de comidas y todo tipo de bebidas. Si quieres algo más exquisito puedes dirigirte a “Las olas Boulevard”, un lugar que, además de famoso, es ideal para ir a probar nuevos sabores y deleitarse con diferentes platos.

Comida en la playa

3. Conquista sus parques

Conocer Flamingo Gardens debe ser un plan obligatorio, pues el paseo es bastante atractivo. Podrás ver especies nativas y deslumbrantes como panteras, flamingos, linces, caimanes y más de 250 aves. Quizás también quieras visitar el Parque recreativo Sawgrass, donde los turistas del Everglades van a poder hacer un recorrido en hidrodeslizador descubriendo la flora y la fauna del lugar, en especial, los magníficos cocodrilos.

Parque de Fort Lauderdale

4. Siéntete millonario y conoce las casas de los famosos

Otro atractivo imperdible de esta ciudad es la posibilidad de conocer las casas de los famosos haciendo un recorrido en taxi acuático, donde un grupo de conductores te guiarán por los puntos más importantes de la ciudad, incluido el barrio de las celebridades, donde te mostrarán además de sus casas, sus lujosos yates y te contarán muy buenas historias.

Casas de famosos

5. Pon a prueba los neumáticos de tu coche hasta Orlando y Miami

Las amplias avenidas y la facilidad para adquirir un vehículo en Estados Unidos permiten, por la cercanía entre ciudades, hacer un recorrido de menos de 30 minutos entre ellas. De esta manera, no te quedes con la ilusión de visitar Miami y Orlando para conocer sus playas y hacer alguna compra.

Así que, si eres amante del acelerador y del volante, no dudes en reservar un coche antes de tu viaje para que puedas disfrutar de las carreteras y los inigualables paisajes que brinda Florida. En Fort Lauderdale, principalmente, tuve la oportunidad de ver muchas personas que tenían coches alquilados de todas las categorías, pero por el ambiente de diversión y locura varios optaron por alquilar (aunque fuera por un día) un lujoso Ferrari o un Lamborghini. Lo básico para hacer este proceso es que seas mayor de 25 años, tengas permiso de conducir vigente y cuentes con una tarjeta de crédito con suficiente solvencia para respaldar el servicio. Así que no lo pienses dos veces, aventúrate en Fort Lauderdale.

Ferraris

5 razones para preferir a San Andrés como destino vacacional

San Andrés

No cabe duda de que cada destino turístico es un paraíso, pero si existe uno que debamos mencionar con gratitud y alegría, ese es la Isla de San Andrés. Recientemente, disfruté de unas maravillosas vacaciones en San Andrés con mi familia y quedé impresionada con el trato y la amabilidad de sus residentes.

¡Desde nuestra llegada al aeropuerto el cambio fue total! Sonrisas, cortesía y entusiasmo eran el común denominador en los rostros de estas personas que, en mi opinión, se alegraban por la llegada de los turistas a su tierra natal.

San Andrés es una isla tropical perteneciente a Colombia con un clima perfecto para obtener un buen bronceado y su principal actividad comercial es el turismo, de allí tanta hospitalidad. Te voy a dar 5 razones para visitar y enamorarse de esta isla colombiana:

5. Hospedaje

El sector hotelero es un punto significativo, ya que es el primer lugar al que debes llegar. Para esto, San Andrés ofrece a sus turistas una gran variedad de hoteles por toda la isla para que su elección sea la más apropiada. Yo reservé en el Hotel Portobelo, ubicado en North End, donde se encuentran localizados la mayoría de los establecimientos comerciales. Seguir leyendo “5 razones para preferir a San Andrés como destino vacacional”

Los postres navideños más tradicionales de Europa

Llega la Navidad y, con ella, los postres típicos de cada región adquieren mucha importancia en las comidas. Aquí podéis ver una pequeña selección de algunos de los que se pueden probar por toda Europa.

Alemania

En el país germano tienen una gran variedad de postres para la Navidad. El más destacado es el Christstollen, o Stollen, un bizcocho de mazapán que se puede rellenar con naranjas y limones confitados, almendras, vainilla, semillas de amapola, nueces o ron, y se recubre con polvo de azúcar. Tiene una larga tradición en la gastronomía alemana, apareciendo mencionado ya en el siglo XIV como regalo ofrecido a un obispo. El más famoso es el de Dresde, teniendo su propia denominación de origen, ya que sólo se puede elaborar en la capital de Sajonia.

Foto de Grongar (Flickr)

Otro postre alemán son los pastelitos de Navidad, más conocidos como Lebkuchen. Están hechos a base de jengibre, melaza, otras especias y, a menudo, van recubiertos de glaseado de limón o con diferentes formas. Son una variante más grande de las Plätzchen, galletas de Navidad, y se utilizan además para decorar los árboles. El más reconocido es el que viene de Nuremberg, con denominación de origen propia.

Foto de Ian Wilson (Flickr)

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‘La Cueva de La Múcheres, por Ignacio Carnero

Quizá y sin quizá; es decir: con absoluta seguridad, pueden contarse con los dedos de ambas manos los habitantes de la Ciudad del Tormes que saben a ciencia cierta dónde se ubica la cueva con nombre tan extraño que hoy ocupa estas líneas viajeras.

Si bien la citada gruta hace ya un buen puñado de años se encontraba bastante apartada del núcleo urbano, hoy por hoy, como consecuencia de la expansión propia del progreso, por sus proximidades y en jornadas lectivas transitan a diario cientos de estudiantes, camino de las aulas de sus respectivas Facultades. Pues referido rincón, resultante de algún cataclismo mientras se transformaba el caos primero del universo en el mundo más o menos principio del actual, por nadie sabe qué capricho geológico, se halla situado en el límite sur del recinto del campus Miguel de Unamuno, mirando al apacible Tormes, que se desliza a sus pies. Seguir leyendo “‘La Cueva de La Múcheres, por Ignacio Carnero”

‘Fuentes charras y coritas’ (II), por Ignacio Carnero

Tal vez para verificar la certeza del adagio de Ovidio ¿Qué cosa más dura que la piedra? ¿Qué cosa más blanda que el agua? Con todo, las duras piedras se taladran con el agua blanda, el articulista se siente impulsado con relativa frecuencia, durante sus cotidianos deambuleos por toda la rosa de los vientos de la entrañable Salamanca, a acercarse hasta las fuentes más o menos ornamentales que existen en esta ciudad.

A bote pronto, el paseante recuerda la de La Alamedilla, con sus cisnes tontivanos y presuntuosos y sus simpáticos patos. La vetusta fontana del Caño Mamarón. La del paseo y jardines de Las Carmelitas, casi a la sombra del Niño del Avión. La antañona del franciscano Campo de San Francisco, así como la de más reciente creación en la plazuela del Oeste, y la también poco antigua de la Puerta de Zamora, ubicada sobre uno de los refugios antiaéreos que se usaron durante la Guerra (in)Civil española.

La fuente de la recoleta plazuela de Los Sexmeros, esa que luce sendas placas de pizarra con dos muy severas inscripciones varias veces centenarias: Los q dan consejos ciertos a los vivos son los mvertos y AD 1792 Aqvi mataron a un homvre, rvegven a Dios por el. La ignorada por casi todo el común de los mortales no sólo forasteros, sino incluso habitantes de la Ciudad del Tormes, en un rincón único, ameno como pocos, fascinante y paradisiaco, novelesco y poético del Huerto de Calisto y Melibea. En el cual, durante las soledades crepusculares parece que aún transitan, redivivas, las sombras de los personajes de la tragicomedia por excelencia, nacidos a la Literatura por arte de Fernando de Rojas.

Además de las fuentes cantarinas en las plazas de Santa Teresa, de Los Bandos, de La Libertad y en la Glorieta de Béjar, el paseante añora el manantial de La Zagalona -no Cagalona, según el vulgo-, venero hoy desaparecido de la faz de tierra, y que estaba ubicado como a un tiro de piedra de la embrujada Cueva de la Múcheres.

Pocas más, cuyo recuerdo se pierde entre los recovecos de la memoria, pudiendo contarse, pues, con los dedos de ambas manos dichas fontanas, y eso que la capital de la provincia, cuando menos, centuplica en extensión y habitantes a la pequeña población serrana de Candelario, que hoy nos ocupa.

Aparte las regateras que surcan el suelo casi siempre pino y empedrado del lugar, y las auténticas alfaguaras que brotan, reventonas y salvajes, en los montaraces alrededores, ¿cuántas fuentes corren y cantan en su reducido núcleo urbano?

También a bote pronto y a vuelapluma, sin orden ni concierto, bien es cierto, a la memoria del ‘bitacorista’ acude el nombre de la fuente en la cuesta de la Romana, casi a la misma sombra del sol recién estrenado del magnífico edificio del Ayuntamiento. Con sus dos caños cantando día y noche, relajadores, no fue así bautizada porque por esos pagos estuviera avecindada ninguna hija ilustre de la impar Ciudad Eterna, Roma, también conocida por alguno como Salamanca la Grande, sino porque se deseaba honrar con dicha denominación al clásico instrumento llamado romana, que servía para pesar, habiéndose utilizado tal herramienta principalmente cuando la industria chacinera era floreciente en la villa candelariense o corita, que también así es mentada.

La fuente de Las Ánimas, a los pies del cementerio local, con sus aguas risueñas y cantarinas cuando los deshielos primaverales, pese a la gravedad del melancólico recinto que le brinda la sombra de las sombras, de los decrépitos recuerdos y de los olvidos, de las cenizas y el polvo de los que fueron un día, de las cruces, de los rosales, de las siemprevivas y de los lúgubres cipreses y sus murmullos…

La de la Hormiga, en otro cruce de callejas, en honor del minúsculo insecto, cantado en el refranero con paremias como Imita a la hormiga si quieres vivir sin fatiga, Hasta una hormiga muerde si la hostigas, Hormigas con alas, tierra mojada, etc.

Las fuentes, todas rotuladas en bellos azulejos talaveranos, bautizadas con las gracias de Cruz de Piedra, Calle Mayor y la Carretera, sin echarle más imaginación a la cometa, como vulgarmente se dice, sin encerrar más malicia ni intríngulis alguno, son así conocidas por la enorme cruz pétrea que la preside, una; por estar ubicada en dicha vía pública, la segunda; y por encontrarse, a las afueras de la localidad, en la carretera que conduce a Béjar, la tercera.

La de Perales, no sombreada por estos hermosos árboles de la familia de las Rosáceas, productores de peras, como parecería lógico, sino por grandes ramos de hortensias; y la del Barranco, que medio agoniza desde hace bastante tiempo durante los otoños y los inviernos, mientras las nieves cubren la sierra, en la amena cuesta del mismo nombre, que desciende desde el Mirador.

Y por último, la más dilecta para el viajero, que no es otra sino la fuente del Parque, formando monumento al nunca bien pagado benefactor José Agustín Jáuregui. Quien, además de socorros sin cuento a la Asociación Salmantina contra la Mendicidad y alivios de cuantas miserias y dolores de las clases humildes llegaban a su conocimiento, costeó por su sola cuenta en el Cerrado de Pita o Corrito de las Eras, allí en Candelario, la construcción de un magnífico albergue para solaz veraniego de los niños más menesterosos de Salamanca, tanto de la capital como de la provincia, sin escatimar gastos para enseñanza y alimentación de aquéllos durante su permanencia de un mes en la colonia. El cual Jáuregui fue el ‘inspirador’ del Callejero Histórico Salmantino, libro nacido a consecuencia de residir el autor de éste, el firmante del presente, en la vía pública dedicada al prohombre, del que nadie, en absoluto, ni los más sabios y viejos de la Ciudad del Tormes, sabía dato alguno acerca de quien daba a aquella calle su nombre.

En pago, sin embargo, a tamaña munificencia, cierta noche de malos vinos unos vándalos beodos, de esos a los que había que concederles, si existieran, condecoraciones y medallas por imbéciles, por duplicado, porque una de ellas se les perdería, sin duda, de puro mentecatos y borrachos, destruyeron aquellas esculturas que tanto daño debían de hacer al pueblo… Restaurado no hace muchos años el grupo escultórico, cabe confiar que nuevos incivilizados o gamburros no tornen a las andadas en su empeño de echar por tierra la máxima de Ovidio citada al principio, pretendiendo que sus cabezas son más duras que las piedras y que su ignorancia hace más daño que las blandas aguas.

‘Fuentes de Candelario’ (I), por Ignacio Carnero

“Siempre hay nieve en la sierra”… comienza diciendo Eugenio Noel en el maravilloso artículo Cuernos en Candelario, escrito en el primer tercio del pasado siglo, en plena efervescencia de sus campañas antiflamenca, antitaurina, anticlerical y anti todo, en busca de antídotos para tantos males como afligían entonces al país de nuestros pecados, bastante más que cuantos nos aquejan en estos días cada vez más inquietantes.

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¿El apellido? Alubias de La Bañeza, por @saborleon

Para intimar con La Bañeza unas alubias valen más que mil palabras. Fue fiesta en la ciudad. La Cofradía Gastronómica de la Alubia de La Bañeza celebraba su IV Capítulo: pasacalles, desfile, pendones, trajes vistosos, homenajes y alubieros de honor, dando que hablar como las alubias grandes cuando aparecen. La investidura y el juramento en el Teatro Municipal Pérez Alonso, precioso, resalta, aún más si cabe, que estamos en un acto importante y en un lugar de postín. Confraternidad entre las cofradías gastronómicas.

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‘Una cuchara en Los Arapiles’, por Ignacio Carnero

Pues parece mentira, aunque sea una verdad perogrullesca, incontestable a todas luces, que así como quien no quiere la cosa han transcurrido ya casi doscientos años desde el memorable 22 de julio de 1812, fecha aquella en la que se libró la célebre batalla entre los dos altozanos conocidos como Los Arapiles, el Grande y el Chico.

Resulta igualmente asombroso y punto menos que increíble, que, al cabo de estos dos siglos con incontables millares de curiosos explorando y husmeando por aquellos inhóspitos parajes en busca de tesoros históricos de cualquier tipo -como un relicario, una medalla, un hueso, una bala, un diente, una moneda, un botón, una insignia, un dije, una herradura, un amuleto, una sortija, etcétera-, haya sido el bitacorista, que de tarde en tarde se pierde sin mucho venir a cuento por aquellos andurriales, quien hallara como por ensalmo no hace tanto tiempo una antigua cuchara sopera, herrumbrosa tras tantos años de abandono bajo la cruda intemperie de soles despiadados, escarchas, tormentas, nieves, hielos, ventiscas esteparias y todos los cierzos desatados del universo…

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‘Buscando el Pimiento Morrón’, por @saborleon

“Aquel que quiera desentrañar la identidad del sur de León, debe seguir el curso del río Esla, aguas abajo de Palanquinos, donde la vega se ensancha y es más próvida”. La frase, con su punto vehemente y pasional, la habían escuchado los paseantes en el filandón de verano, coincidiendo con la fiesta de uno de los pueblos que riega el padre Astura, un territorio reconocible en los párrafos del libro Los caminos del Esla. ¡Pues hay que andarla! se dijeron. Si la queréis observar, cuando el sol sube,  poneros  en el puente de hierro de Palanquinos y mirad hacia el sur, hasta Villafer, les dice un paisano del lugar. O de puente de hierro a puente de hierro, les había comentado un amante de la ingeniería.

La Vega del Esla, lugar de riberas, juncos y chopos. Tierra agradecida por el agua que la riega: maíz y huerta. La limitan oteros y cuestos de color cambiante, barcillares y pagos de viña que dan nombre a vinos elegantes. Al fondo, campanarios de iglesias que avisan de pueblos con carácter propio. Más lejos, siluetas de castillos y palacios que conforman la historia de León. Esa fue la propuesta de los caminantes que, entre medias, necesitaron cambiar el paseo por la ruta ya que la distancia alcanzaba los 40 kilómetros y por tramos, debieran emplear el coche.

Palanquinos

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‘Setas de Cilleros el Hondo’, por Ignacio Carnero

Confiesa sin rubor alguno el articulista que, desde que tuvo uso de razón, siempre sintió no ya sólo un miedo cerval, sino hasta pánico, por el simple hecho de imaginar la ingestión de una sola seta venenosa, de cuyas malignidades oyera contar horrores. Como que familias enteras murieron por comer un insignificante hongo en apariencia inofensivo, arrojando por la boca bofes e hígados, destrozados todos los miembros por un pizco de aquellas plantas, que debían de ser sin duda invención del propio diablo.

Hasta que cierto anochecer, el cual no se le olvidará al paseante aunque viva mil años, punto menos que de forma rocambolesca probó una chispa microscópica de turma de tierra, hongo carnoso subterráneo y que guisado es muy sabroso, especialidad de un establecimiento hostelero charro, acreditado por sus productos micológicos.

Durante toda la noche, ¡ay!, que se le hizo eterna, estuvo sin pegar el ojo, porque le parecía que aquel miserable pizco de seta ya estaba causando estragos en su organismo. Pues tan pronto parecía dolerle el bazo, como el espinazo, la oreja diestra, el dedo gordo del pie siniestro o las ingles, pensando que ya no conocería el venidero amanecer.

Mas he ahí que, como si tal cosa, comenzó poco a poco a clarear la noche, llevándose consigo las sombras nocturnas todos los torbellinos de temores, aprensiones, inquietudes y angustias que le atormentaron durante un puñado de horas, largas como Cuaresma sin pan y sólo deseables para los más odiados enemigos. ¡Había comido una seta, y él seguía vivito y coleando! ¡Y vive Dios si estaba exquisita la condenada!

A partir de entonces, pues, y luego de degustar mil variedades y guisos diferentes de aquellos hongos inocuos, los miedos y pánicos de antaño, como por arte de birlibirloque se trocaron en casi auténtica gula, como si tratara de recuperar aquel tiempo perdido.

Elaboradas con primor singular por la imaginación de los cocineros, son convertidas en suculentos manjares de dioses en la mayoría de los casos, llámense de cardo, perrechico o perrochico, lepista, blanquilla, de mayo, de primavera, de San Jorge, etc. Y es que, salvo la no sólo peligrosa, sino mortal -que se lo digan, si no, al emperador Claudio y al archiduque Carlos de Austria, que se permitieron catar la conocida como amanita faloide (por su forma fálica), la multitud de diversidades restantes, en su práctica totalidad, son comestibles, bien que nazcan en lugares tan dispares de la vieja piel de toro, como el Cuartango, Llanes, el bucólico valle de Lastur… o Cilleros el Hondo.

Porque en este apartado rincón charro, según los más selectos paladares, florecen unas de las setas más deliciosas del mundo. Y parece ser que fueron tres rezagados soldados de la francesada, que huían con las orejas gachas tras el descalabro sufrido en Los Arapiles, quienes descubrieron que unas que crecían por la ribera derecha del Zurguén, eran las más exquisitas que jamás habían probado en sus dilatadas correrías y batalleos a la sombra de Napoleón, al que habían acompañado desde Austerlitz hasta Jena.

Aunque hoy prácticamente desaparecido, según la noticia que registra el “Diccionario Geográfico…”, (1845-1850), de Pascual Madoz, el citado Cilleros era un “lugar con ayuntamiento en la provincia, partido judicial y diócesis de Salamanca, situado, como manifiesta su nombre, en una hondonada. Las casas ascienden a 36, entre las cuales se cuenta la del Ayuntamiento, que sirve para escuela a la que concurren doce niños bajo el cuidado de un maestro sin título que percibe 500 reales anuales de dotación. Tiene una iglesia parroquial (San Miguel) con cura propio y dos fuentes de excelente agua.”

En la actualidad, circulando por la carretera provincial que discurre desde Aldeatejada hacia Morille, hay que ir ojo avizor para no saltarse a la izquierda el diminuto indicador que señala donde está enclavado el lugar que hoy reclama nuestra atención. De aquellas 36 casas, así como del Ayuntamiento, no queda ni rastro, y sólo se mantienen en pie, aunque malamente, las cuatro paredes de la iglesia. Invaden su interior cardos silvestres, ortigas y jaramagos, por entre los cuales pardean, verdean y rojean en fantástica orgía de colores lagartijas sin cuento entre los escombros de la techumbre que se desplomó nadie recuerda cuántos años atrás, a la sombra de la espadaña.

En ésta, dominando aquellos paisajes, los más desolados, por su abandono, en muchas leguas a la redonda, se alza un descomunal nido de cigüeñas que, tal vez en muchos meses, no han avistado a persona alguna, salvo al articulista, que brujuleaba por aquellos parajes en busca de las delicias micológicas descubiertas hace doscientos años.

Así, pues, una espléndida mañana de octubre, el escritor, contento y feliz, atravesó el cada vez más decadente despoblado, en busca de la orilla derecha del Zurguén, al objeto de poder obsequiar en breve su estómago con un suculento festín de las tan elogiadas maravillas, dejando luego su vehículo en un infernal caminejo. Cuando al pronto, estando ya como a un tiro de piedra monte adentro, ¡horror de los horrores, que a punto estuvieron de desmandársele los grifos del pánico!, descubrió que un can gigantesco, de truculentas fauces, se aproximaba, en con rumbo hacia donde se encontraba el solitario.

Si bien afirman que el perro es el mejor amigo del hombre, el firmante, aun cuando no cuestiona el dicho, estima que no se trata sino de un animal irracional y, en consecuencia, se ignora cómo podrá reaccionar. Y aquél, por su grandor casi asnal, seguramente que agrandado por el miedo en aquellas soledades inhóspitas, le recordó al que, mientras devoraba las descripciones con que Conan Doyle pintaba al terrorífico sabueso de los Baskerville, le erizaba el vello de la piel y el cabello. Por cuanto, sin encomendarse a dios ni a diablo alguno emprendió una huida frenética, enloquecida, despavorida, como nunca jamás había corrido en su vida, para resguardarse de tan imprevisto animal en el interior de su automóvil, donde estaría a salvo del cánido.

Mas cuando éste vio a un extraño que se dirigía como un loco furibundo en su misma dirección, el pobre animal, también sorprendido, enfrenó su rítmico y placentero correr para dar media vuelta y poner patas en polvorosa, huyendo de quien invadía sus dominios, perdiéndose en lontananza como alma que llevara el demonio, pues no parecía albergar buenas intenciones, no, aquel invasor de sus cortornos, quien, casi con absoluta seguridad, portaba una navaja setera para degollarlo sin venir a cuento…

¡Adiós, pues, a las setas maravillosas de Cilleros el Hondo, ya que el ‘bitacorista’ jamás ha vuelto a apearse por allí, por si acaso aparece el perro de marras, acompañado de alguna jauría a vengarse del susto morrocotudo que le propinó un mal día!

Autor: Nacho Carnero

‘Por el Valle del Tuéjar hasta la Virgen de la Velilla’, por @saborleon

Desde Cistierna la carretera, hoy de firme excelente y sin apenas trazos sinuosos, nos pone en un ‘plis plas’ en Puente Almuhey, el antiguo puente de Muhey con historia medieval y antes romana, donde el camino les acercará al Valle del Tuéjar, en León,  (hay un río Tuéjar, afluente del Turia). Después de 20 años los paseantes vuelven a una parte de sus raíces. No es nostalgia, es sentimiento.

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‘Crustáceos decápodos, vulgo cangrejos’, por Ignacio Carnero

El autor se deleitó

Quizá parezca una simpleza o perogrullada o, tal vez, sea una impresión equivocada. Pero en estos tiempos que corren, tan desfavorables para la cultura en general dado que en un porcentaje rayano en el cien por cien de los habitantes de países ‘civilizados’ casi todo se reduce a conocer e idolatrar a auténticos chisgarabises que están embolsándose millonadas de euros a base de balones, pelotas, ruedas (salvo las de los esforzados, heroicos y épicos ciclistas, por supuesto) y volantes de potentes bólidos -todo redondo-, conviene recordar e incluso hasta aclarar, pues acaso se trate de la primera vez en su vida que se encuentran con los dos vocablos primeros del título, que se llaman crustáceos ciertos animales artrópodos de respiración branquial, con dos pares de antenas, que tienen costra o caparazón generalmente calcificado, y decápodos, porque están dotados con diez patas, como, por ejemplo, los cangrejos de río.

Aclarada, pues, tan preocupante, vergonzosa e increíble cuestión, el ‘bitacorista’ se sorprende ante el gran cúmulo de remembranzas entrañables y preñadas de nostalgias que casi siempre reverdecen en el interior de su mente por estas fechas ya casi a finales del estío, cuando los mayores cangrejos van ocultándose en las entrañas de ríos, regatos, arroyos y riveras, quién sabe si para hibernar y reaparecer luego con fuerzas renovadas en la siguiente primavera, aún muy lejana.

Habrán transcurrido, a buen seguro, alrededor de cincuenta años, ¡se dice bien y pronto, confirmando la certeza de aquel viejo dicho, según el cual no hay caballo ni viento que corra más que el tiempo!, desde cuando este articulista se inició en la captura cangrejeril, aunque no en el manejo de los aparejos fundamentales y habituales para esa pesca, como pueden ser los reteles y las pértigas con su horquilla correspondiente.

Porque algún tiempo antes, todavía imberbe, y cuando el columnista cursaba sus estudios eclesiásticos en el seminario salesiano de Zuazo de Cuartango (Álava), durante bastantes tardes de asueto de los jueves veraniegos los estudiantes se dedicaban con frecuencia a la honesta distracción de ‘apresar’ cangrejos en tramos cristalinos y poco caudalosos del río Bayas, que discurre por aquel valle. Y conste que se ha escrito adrede apresar (asir, tomar o coger con la mano), pues dichos animales eran así capturados, con valentía, a golpe de yema de sus tiernos dedos introducidos como cebos por entre las oquedades o intersticios de las roquedas musgosas.

Y así, a cada doloroso pinzazo propinado por el cangrejo de turno, éste, ingenuo, engañado, salía de su hábitat natural, prendido a la piel del dedo de los valientes, yendo a engrosar una gran lata de las de queso americano, dentro de la cual, rebosante de agua del propio río y sólo con sal y buen fuego, los mismos sistemas que debieron de usar los trogloditas, en breves minutos se ponían colorados como demonios y servían de suculento y barato aperitivo, al aire libre del valle. Si bien, quien disfrutaba y saboreaba sin rubor alguno -‘cuando seáis padres comeréis huevos’-, la mayor y más carnosa parte de la cangrejada era el director del seminario, cuyo plato rebosaba por norma cada jueves, mientras el resto de los profesores, que tampoco había participado en la sufrida captura de aquellos crustáceos, pecaban de envidia y gula insatisfecha mirando al superior sibarita, del que alguien, que no era otro que el que hoy redacta estas líneas, no podía por menos de mascullar: ‘Quien quiera cangrejos que se moje el culo’…

Pero, en fin, corramos un tupido velo para no proseguir por unos derroteros acaso harto espinosos, y avancemos unos años en el tiempo, ya más modernizados y provistos, por tanto, de los pertinentes reteles y pértigas, al par que nos desplazamos hasta corrientes más próximas a los entornos charros, como los ríos Guareña, en viejas tierras conocidas del sur zamorano, donde nos sorprendieron muchos amaneceres cargados de heladores rocíos y relentes; y, sobre todo, en las aguas del Huebra, donde cierto día sucedió que un familiar aficionado a la pesca y quien suscribe estas historietas, poniéndose ambos el mundo por montera, consiguieron repletar un saco, tal vez con ochenta docenas, que fueron guisadas para todos los gustos, como era lógico, ante tamaña cantidad. Unos, sólo con sal, al objeto de degustar su auténtico sabor; y otros, además de la sal, pimientos verdes, bastantes ajos, un pizco de guindilla, pimentón, un chorro de aceite, unas hojas de laurel, es igual que éste esté o no bendecido el Domingo de Ramos, y a fuego lento, llegando el caldo desde las manos hasta los codos de los comensales, pues nadie ha intentado usar tenedor y cuchillo para estos menesteres.

Probablemente fueran de los llamados americanos (Procambarus clarkii), que por ser nocivos para los cangrejos autóctonos, carecían de límites en cuantías y largores, al objeto de conseguir su exterminación, objetivo éste que jamás se logró ni logrará.

Era ya la época en que se establecía una más estricta normativa, vigilancia y control en torno a la práctica de esta actividad, imperando siempre el número ocho: ocho reteles por barba; ocho docenas de animales, por jornada de sol a sol; ocho centímetros desde el extremo central de la cabeza hasta el de la cola, para cuya medición servía el tamaño de un cigarrillo de marca Ducados.

Pues bien, en vista del éxito obtenido, la entonces larga familia del ‘bitacorista’, compuesta acaso por una veintena de miembros entre padres, hermanos, cuñados, nueras, nietos y sobrinos, organizó una comida campestre en Aldeávila de Revilla, a base de paella con abundantes y frescos cangrejos recién sacados del agua, y luego, por si alguien se quedaba aún con ganas, más y más cangrejos a discreción, hasta salir por las orejas.

Mas, ¡ay!, quizá hubiéramos descastado la vez anterior todas aquellas aguas, pues el hecho cierto fue que, tras varias horas depositando y levantando reteles, a las dos de aquella tórrida tarde de agosto volvió a hacerse bueno el refrán de que los días de mucho suelen ser vísperas de nada. Y entre el amarilleo burbujeante del arroz sólo lució su rojura un solo cangrejo, ¡uno!, más o menos testimonial, el cual, como era de justicia, fue a parar al estómago del padre, mientras a todos los demás se les hacía la boca agua.

Autor: Nacho Carnero

‘Caldereta de cordero’, por @saborleon

Las reuniones familiares suelen ser, con frecuencia, una excusa para evocar el arte culinario de nuestros mayores en un intento de volver a sentir el pasado feliz como algo actual, como si la hoja del calendario no se hubiese quedado atrás y de paso, recordar los acontecimientos, los lugares o las anécdotas vividas, por uno o por la mayoría de los presentes. Una ocasión que ni pintada para hacer turismo gastronómico en alianza con la evocación de emociones ya pasadas.

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‘Un calderillo y una gran amistad’, por Ignacio Carnero

Fue el sábado 25 de mayo de 1968, y, por tanto, se ha cumplido ya la friolera de cuarenta y tres añazos, cuando el ‘bitacorista’ degustó por primera vez en su vida el nutritivo, sabroso y típico calderillo bejarano, al que tanto oyera siempre ponderar.

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‘Hasta Cofiñal, donde todo es posible’, por @saborleon

¡Los ancestros de los Hermanos Pinzón eran de León! Qué pedazo de titular para cualquier día del mítico 1992, fruto de la mente calenturienta del jefe de cierre de un periódico leonés al desempolvar un antiguo atlas y si, además, las gentes de León tuviéramos un carácter todo lo contrario del que es. Y eso ¿por qué?, lo del titular. Pues porque en uno de los territorios de la Montaña Central Leonesa más emblemático hay un pico, un valle y un arroyo que se llaman Pinzón. ¿No es suficiente?

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‘¡Pobres nuestros ricos pepinos!’, por Ignacio Carnero

Dicen ciertas lenguas ociosas y viperinas -aunque el ‘bitacorista’ o ‘bitacoristo’ se resiste a creer el caso comentado-, que la más ínclita de las actuales ministras, de cuyo nombre ya casi nadie quiere acordarse pues en breves meses será ‘ex’ de todo, la cual, de igual modo que el movimiento se demuestra andando, parece ser muy versada, muy erudita, en cuestiones lingüísticas, se refería hace escasas fechas al grave problema surgido recientemente en determinados puntos de Europa con nuestros pepinos y, agárrese, lector, que viene curva, ¡con nuestras pepinas!

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‘Hornazo, un bocado viripotente’, por Ignacio Carnero

Desde varias centurias atrás -postrimerías del siglo XVI o albores del XVII- y hasta no hace tanto tiempo el mujerío y la chiquillería de la ciudad de Salamanca llamaban eufemísticamente padre Lucas al que, en realidad, era conocido como padre Putas. No en vano éste era el encargado de la protección de las rameras locales mientras permanecían desterradas de la casa de la mancebía, extramuros del casco urbano, durante las Cuaresmas. Largos periodos anuales en que, por imperativos eclesiales y municipales al unísono, descansaban en el innoble ejercicio de la medianamente bien remunerada profesión del puterío.

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‘Exquisitos peces del Tormes’, por Ignacio Carnero

Meterse en la boca del lobo es exponerse cualquier persona, sin necesidad alguna, a un peligro cierto, de la índole que sea. Es igual que cuando se dice, más o menos finamente, tentar a Dios, buscar pan de trastrigo, jugar con fuego o buscarle tres pies al gato. Pero cuando se quiere manifestar cualquier indignación en grado superlativo, el pueblo llano utiliza otras frases más subidas de tono, rotundas y crujientes. Como, por ejemplo, tocar las partes nobles o los epidídimos, por no decirlo de manera más populachera o chabacana, tal que tocar los cataplines, etcétera…

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‘Sabero: el Reino de las Bocaminas’, por @saborleon

Como antes ocurrió con la Ferrería de la Sociedad Palentino–Leonesa de Minas, la historia de Hulleras de Sabero y Anexas, a punto de cumplir 100 años, tocaba a su fin. Entonces la causa fue la falta de un ferrocarril. Hoy ha sido el Plan del Carbón.

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‘Por un plato de garbanzos (con bacalao)’, por @saborleon

En León, los ciruelos salvajes de La Condesa son los primeros en anunciar la primavera. Durante la semana, también la climatología había avisado de su llegada pero los del Telediario advertían que el domingo nevaría por encima de 1.400 metros. Este último dato abrió el debate entre los paseantes: ¿hacer o no hacer la ruta de los Puertos de Verano entre Valporquero y Villamanín? Ante la duda, paso adelante, no se puede perder la oportunidad de volver a caminar por la montaña, aunque el buen tiempo no esté asegurado. Seguir leyendo “‘Por un plato de garbanzos (con bacalao)’, por @saborleon”

‘Huevos, limones y…’, por Ignacio Carnero

Ha llovido mucho ya, ¡y ojalá siga haciéndolo por lo menos otro tanto tiempo igual!, pues, así como quien no quiere la cosa, han transcurrido cuarenta años desde aquella Navidad de 1971, cuando este ilusionado alevín de escritor, punto menos que recién estrenado entonces en las duras lides literarias, se vio vinculado con la salmantina villa de Ledesma al encomendársele la redacción del auto Siempre en diciembre.

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‘Tras el paseo, Botillo’, por @saborleon

Frío, frío, frío. La caminata resultó ser más dura de lo habitual, el viento helado había marcado a los paseantes en este domingo de febrero. Para mejorar la temperatura corporal deciden hacer un alto y comer. Hoy toca Botillo (del Bierzo, claro) también denominado Bolletus por los romanos cuya fórmula recoge Apicio en el capítulo V de la obra ‘De re coquinaria. ¿Lo conocen? Don Victoriano Crémer, buen paisano, leonés de adopción,  centenario y poeta  lo definía con el arte de sus versos así:

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‘Chanfaina de Tejares’, por Ignacio Carnero

Caminaba con calma y dando reposo al alma, en compañía de su impagable soledad, la más entrañable amiga hasta los tuétanos siempre, y se encontraba ya el paseante en las afueras del salmantino barrio de Tejares. Enlazadas unas a otras por la cintura, un puñado de rapazas, a grito pelado, desaforadamente, cantaba una disparatada, simpática, hoy semiolvidada, pero antaño popularísima cantilena, medio desgargantándose como para enterar a toda la vecindad de su presencia:

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