Cuanto más cerca de casa tienes un restaurante, más cuesta ir. Al igual que nos sucedió con ‘La Manduca de Azagra’, a una calle de la nuestra, tardamos en visitar ‘La Panamericana’, en el número 27 de la calle Pelayo. Habíamos leído muchas críticas buenas sobre este lugar que se define como ‘cevichería y cocina del nuevo mundo’, y comprobamos que eran todas más que acertadas.

La Panamericana es un sistema colectivo de carreteras, de más de 25.000 kilómetros de largo, que une a casi todos los países del hemisferio occidental del continente americano, ya que se extiende desde Alaska hasta Buenos Aires. En su carta, pues, propuestas de diferentes países latinos.

Tras un aperitivo de Totopos de maíz con crema de queso, el juego comienza con ‘cardito express’, que se presenta en una cafetera  italiana donde se ha infusionado un caldo de mariscos -mejillones, chirlas, langostinos- y diversas verduras en juliana -cebolla, pimiento rojo y verde- que se comen al final. Original y divertido.

Seguimos con Falso chocolate con churros, en el que el chocolate es en realidad una crema de frijoles y los churros, unas falsas arepas rellenas de queso. Se presenta en una especie de fondue con forma de taza que mantiene caliente el contenido con la ayuda de una vela.

El espectáculo continúa con el Bloody Mary acapulqueño, preparado delante de los comensales coctelera en mano y compuesto por tomate natural triturado, vodka, tabasco y salsa Perrins. Primero se sirve el cóctel en un vaso de chupito y luego, en una copa, el ceviche que estaba en el recipiente, a base de langostinos macerados en lima, cebolla roja, jalapeños, tomate, pepino y aguacate. Una deliciosa mezcla de sabores y texturas.

El Tiradito de corvina, con aliño mexicano de tomatillo, lima y chile chipotle, se sirve con el original acompañamiento de un cuenco de palomitas de maíz que se vuelca en la salsa una vez terminado el pescado y se comen con palillos hasta dejar la fuente limpia, os lo aseguro. Magnífico.

Probamos también un Cucurucho de Ají de pollo, relleno de este guiso peruano y con un toque de cilantro, el plato menos llamativo pero no por ello menos sabroso, ya que el mordisco del ají con el crujiente del cucurucho de maíz es más que grato.

La oferta de vinos no es amplia ni barata -a partir de 18 euros-, y elegimos un  elegante y afrutado Waltraud, con uva Riesling.

El postre fue cortesía de la casa, Sweet sushi, unos nigiris de arroz con leche cubiertos de guayaba con su propio ritual: chupar el dedo impregnado con la sal gorda que decora el plato, mojar el niguiri en la mermelada de jalapeños y a la boca rápidamente para disfrutar de toda la gama de sabores. Entre bocado y bocado, un traguito de Palo Cortado.

Teniendo en cuenta que el precio medio es de unos 35 euros por persona y que se encuentra en el barrio de Chueca, es una de las ofertas más a tener en cuenta si visitáis la capital. No os dejará indiferentes.

Cuentan con otro establecimiento en la calle de Antonio Pérez, 26.

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